El sendero de las mujeres prerrafaelitas en la Fundación Mapfre
Las salas de la Fundación Mapfre en Madrid acoge hasta el 10 de enero Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850-1914), una exposición que propone una nueva lectura de un movimiento artístico que surgió en Gran Bretaña a mediados del siglo XIX. Supuso un soplo de aire fresco frente al academicismo imperante en el Reino Unido. Y lo hace poniendo el foco en la aportación que hicieron las mujeres al prerrafaelismo cuando se fueron incorporando progresivamente al ámbito artístico para transformarlo desde dentro, aunque la historia del arte haya concedido todo el protagonismo a los artistas que crearon el movimiento, liderado por John Everett Millis, Dante Gabriel Rosetti y William H. Hunt, entre otros.
En la presentación de Prerrafaelismo. Itinerarios femeninos (1850-1914), la directora del Área de Cultura de la Fundación Mapfre, Nadia Arroyo, dijo que la muestra completa el relato y la visión del movimiento prerrafaelita y el rol que desarrollaron las mujeres en un momento de difícil acceso para incorporarse al mundo del arte.
Por su parte, la comisaria Pamela Gerrish Nunn destacó que tanto el prerrafaelismo como los itinerarios femeninos sirvieron para refrescar el arte, con “ideas genuinas”, dejando de lado lo convencional de los años victorianos y ver cómo las mujeres a pesar de tener dificultad para su formación artística supieron acceder a “su propio viaje” y desarrollaron su creatividad por ese deseo de cambio. Y añadió que “el arte no solo habla en palabras sino también en imágenes”.
La ambiciosa muestra, organizada en colaboración con La Piscine-Musée d’Art et d’Industrie André Dilgent de Roubaix, reúne en la primera planta de la Fundación Mapfre de Madrid alrededor de 130 obras, procedentes de 65 colecciones públicas y particulares de más de 40 artistas. Incluye pinturas, acuarelas, grabados, fotografías, textiles, cerámicas y vidrieras del período 1850-1914.
Todas las creadoras presentes en la exposición contribuyeron a definir, expandir y dejar un legado con una mirada diferente y cautivadora del movimiento prerrafaelita. Entre ellas cabría destacar a Anna Alma-Tadema, Anna Blunden, Joanna Boyce, Rosa Brett, Julia Margaret-Cameron, Evelyn De Morgan, Eleanor Fortescue -Brickdale, May Morris, Elizabeth Siddal, Marie Spartali Stillman o Marianne Stokes, entre otras.
La comisaria Paula Gerrish Nunn ha articulado la exposición en nueve secciones temáticas y en orden cronológico dentro de cada uno de los apartados, abarcando desde la vida cotidiana a las esperanzas y los sueños, pasando por las realidades imaginadas, la belleza y verdad de la naturaleza, la mirada sobre el mundo, personajes reales y ficticios, la inocencia decorativa, lo útil y lo bello, y el medievalismo.
Las ideas de John Ruskin y de William Morris contribuyeron a superar las limitaciones de acceso a la formación y a los espacios de exhibición pública, en una progresiva conquista de oportunidades de aprendizaje, reconocimiento y autonomía creativa que permitió a un número cada vez mayor de ellas desarrollar una voz propia y acometer proyectos de mayor ambición artística e intelectual a finales del siglo XIX.
El auge de las clases medias a mediados del siglo XIX propició un tipo de arte centrado en la reflexión de la vida cotidiana trasladado con un lenguaje pictórico sencillo como se observa en Vista desde la ventana de Balcony House de Alice Boyd, mientras vemos cómo captaban a los campesinos Joanna Boyce y Jemima Blackburn. Muchas de estas artistas fijaron en sus composiciones a familiares, trabajadores o personajes anónimos de su entorno pero de algún modo arquetipos de la vida moderna. Una observación directa de su realidad de un modo cercano y sentido con aquello que las rodeaba.
El segundo capítulo, Realidades imaginadas, está dedicado a composiciones inspiradas en fuentes literarias, históricas y religiosas, dotándolas de sensibilidad romántica dibujando o pintando lo que veían o habían leído como observamos en La dama de Shalott, un dibujo de Elizabeth Siddal; dibujo como La muerte y la doncella que ilustró un libro de Tennyson, realizado por Eleanor Vere Boyle; una xilografía de Jemima Blackburn, pero también obras de Anna M. Howitt y acuarelas de Jessie King, con interpretaciones personales de historias conocidas o no tanto.
En Belleza y verdad en la naturaleza se concentran la mayor parte de piezas del género paisajístico, uno de los temas principales entre los pintores/as por considerar su fuerte sesgo simbólico. Y ahí sorprenden una acuarela de Rosa Brett, Desde Bluebell Hill (1851) y su óleo El jardín de la artista, Detling (1860-1861); y El Gótico de Dios (1858) y Paisaje costero italiano (1870), ambos de Anna Blunden, llenos de sensibilidad y lirismo.
El afán investigador de la época victoriana despertó la fascinación por el mundo natural, flora y fauna y eso fue un motivo recurrente de representación plástica, descubriendo lo extraordinario en los animales y plantas que les rodeaban. Y así Emily Hunt captó a un perro tumbado; Rosa Brett a un gato en un pajar, diferentes tipos de pájaros fijados por Jemima Blackburn, y los delicados ejemplos de Charlotte Murray de hojas y bayas o tallos de flor y los estudios de concha y coral de Ann Seaton.
En el quinto ámbito, Personajes de la realidad y de la ficción, cuelgan numerosos retratos de personalidades o de personajes de la literatura, alternándose modelos reales y ficticios. Y la fotografía irrumpe con fuerza como se ve en esa serie magnifica de Julia Margaret Cameron, que captó la fuerza de William Michael Rossetti, Tennyson y la levedad romántica en Alethea (1872), mientras que en los óleos de Mary Severn, de Cathy Brown y de Emma Sandys hay una gran fuerza cromática, sin olvidar las aguadas de Edith Martineau.
El mundo de la infancia también fue en esa época una inspiración habitual en la representación plástica de las mujeres prerrafaelitas, desde esas jóvenes señoritas de Kate Greenaway a esa joven que sostiene un jarrón chino de Marie Spartali Stilman o La infancia de Santa Cecilia de la misma pintora y el fotograbado de Christine Angus con esa composición coral de varios bebés.
Lo útil y lo bello es un ámbito que sigue una máxima de William Morris, uno de los fundadores de Arts and Crafts, una apuesta por las artes aplicadas. Y ahí admiramos la destreza en los bordados, la pintura sobre porcelana y toda la apuesta por el trabajo artesanal. Desde las telas de Kate Faulkner y de May Morris; las sombrías y elegantes estancias en las acuarelas de Anna Alma-Tadema; los rincones de flores de Jessica Hayllar; y el cuenco de cerámica esmaltada de Fanny Bunn.
El retorno al medievo también fue fundamental en el prerrafaelismo y gran motivo en muchas de las composiciones con el ideal caballeresco del rey Arturo y el mundo cortesano, los santos y el ciclo de las estaciones. Algunos de las mejores obras fueron realizadas por Eleanor Fortescue-Brick como El pálido semblante del amor verdadero (1899); Rosamunda (1903); los vidrios coloreados de Mary Newill; y el diseño para una vidriera en papel recortado de Dante y Beatriz de Florence Camm.
Y por último Esperanzas y sueños donde el esfuerzo por su consideración de artistas hizo que muchas creadoras a finales del siglo XIX y los primeros años del XX abordaran composiciones más complejas y monumentales. Hay algunas acuarelas de Marie Spartali Stillman que muestran a mujeres ensimismadas; sentadas con un paisaje al fondo como en In Memoriam (1898) de Evelyn de Morgan, junto a mujeres idealizadas y suspendidas de la misma artista; y algo más clásicas como ese óleo de Santa Isabel de Hungría hilando lana para los pobres (1895) y el tapiz de lana y seda, Honrad a las mujeres (1912), ambos de Marianne Stokes.






