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La belleza de la pintura americana en el Thyssen


Hoy se ha presentado en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza Arte americano en la colección Thyssen, última muestra de la conmemoración del centenario del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza (1921-2002) en torno a una de sus últimas pasiones como coleccionista. Actualmente la Colección de Arte Americano del Thyssen es referencia europea, tanto por la calidad de las obras como por el largo período que abarca, enriquecido en la muestra con obras de la familia Thyssen y de Carmen Thyssen-Bornemisza. La exhibición, que permanecerá abierta hasta el 26 de junio de 2022, cuenta con el apoyo de Terra Foundation for American Art y la colaboración de la Comunidad de Madrid.


Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen, destacó que comenzaron la celebración del año del barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza con una exposición del expresionismo alemán y lo cierran con el ciclo de nuevas adquisiciones de arte americano presentes en la muestra porque «el interés del barón abarcó desde lo más contemporáneo a lo más antiguo» y añadió que la beca concedida por Terra Foundation for American Art ha hecho posible un trabajo de investigación y de puesta al día del arte americano de los dos últimos siglos.

Por su parte, Marta Rivera de la Cruz, consejera de Cultura, Turismo y Deporte de la Comunidad de Madrid, dijo que este tipo de proyectos demuestran que los museos están vivos y que la contemplación de este conjunto de obras permitirá al público descubrir obras que quizá habían pasado inadvertidas o bien conocer otras inéditas que proceden de la familia Thyssen.

Paloma Alarcó, jefa del Área de Pintura Moderna del Museo Thyssen y una de las comisarias de la exposición, afirmó que las obras presentes en la muestra suponen un conjunto difícil de ver en otros museos europeos y que después de la investigación realizada se puede hacer una nueva lectura del arte americano: «hemos pasado de una visión estilística y cronológica a una de carácter temático. Los grandes temas son la naturaleza, las personas y las cosas» y subrayó que hay un espíritu común desde la creación del país a finales del siglo XVIII, que siguió en el XIX y pervivió en el siglo XX.

La otra comisaria es Alba Campo, Fellow de Arte Americano de la Terra Foundation, que desgranó cómo se ha estructurado el recorrido y la disposición de las 140 obras entre las salas 55 a 46 de la planta primera, organizadas en cuatro secciones temáticas: Naturaleza, Cruce de culturas, Espacio urbano y Cultura material, a su vez subdivididas en diferentes apartados, que ayudan a establecer un diálogo entre pinturas de diferentes épocas, al combinar transversalmente el arte de los siglos XIX y XX.

El paisaje es un tema central en el arte americano como se desprende del  recorrido propuesto por las comisarias. El concepto de Naturaleza resultó esencial en el proceso de creación de la joven nación y además estuvo muy vinculado con la historia y la conciencia política estadounidense. Y ese reflejo del mundo natural sirvió para reafirmar ese espíritu nacional. A comienzos del siglo XIX muchos de los pintores americanos siguieron el canon de la pintura europea pero sabiendo que estaban representando una tierra de grandes dimensiones. Desde la adaptación romántica a plasmar un mundo exuberante como el de los Estados Unidos. Y así en las primeras salas vemos composiciones de Thomas Cole junto a paisajes de Georgia O’Keeffe, la poesía de George Inness en Amanecer o esa especie de capilla, desde un banco diseñado por Rafael Moneo para contemplar lentamente una obra maestra de Mark Rothko de 1961, que posee un halo sublime, flanqueada a su derecha por una composición de Clyfford Still de 1965, ambas en la senda de la abstracción, y a su izquierda un óleo de Frederich Church, Bote abandonado, pintado en 1850.

En ese lento discurrir de la pintura americana hubo varios artistas atraídos por la corriente naturalista y fijaron cómo se transformaba permanentemente la naturaleza y lo hicieron con un realismo minucioso, casi científico, en el caso de Asher B. Durant, John Frederick Kensett y James McDougal Hart o el modo inquietante de captar la luz del norte de William Bradford en Pescadores en la costa de Labrador que contrasta con las Columnas de Hércules, un cuadro de Morris Louis de 1960, en las que extrajo veladuras derramadas a base de naranjas, verdes, amarillos y azules sobre un fondo blanco manchado; y a su derecha un par de obras en pequeño formato de Jackson Pollock y esos Ritmos de la Tierra de Mark Tobey.

Como última parte de Naturaleza la sala dedicada al Impacto humano. Los grandes filósofos norteamericanos como Thoreau, Emerson y el poeta Walt Whitman contribuyeron a que penetrara en el arte norteamericano la conciencia medioambiental y la preservación. Al igual que esos escritores muchos paisajistas norteamericanos del siglo XIX se fueron a vivir al campo y eso quedó representado en sus obras, otros exploraron el paso del tiempo y cómo la actividad humana influía poderosamente en la transformación del paisaje. Hay bellas composiciones de John William Hill como esa Vista de Nueva York desde Brooklyn Heights (hacia 1836), la marina de Francis Silva, Kingston Point, río Hudson (hacia 1873), la imagen del yate Dream de Robert Salmon, la acuarela de Hopper o La señal de peligro, de Winslow Homer, que refleja la confrontación del hombre con la naturaleza, que contrasta con la visión que tuvo Charles Sheeler en Viento, mar y vela, pura vanguardia de siglo XX.

La segunda sección, Cruce de Culturas, está subdividida en tres apartados. El primero se centra en los escenarios en los que se ha desarrollado la compleja historia de los Estados Unidos. Hay toda una serie de narrativas que esbozan la presencia euroamericana frente a la indígena o la afroamericana, el lugar en que se conquistaban las tierras salvajes, visible en pinturas de Charles Wilson Peale, de Charles Wimar o de Joseph Henri Sharp, antes de dar paso a Hemisferio, que alude a la expansión territorial, política y económica de los Estados Unidos, primero hacia el oeste y luego hacia el sur, incluso fuera de su territorio nacional.

Llama la atención dos formas de ver Las cataratas de san Antonio, bien por Georges Catlin y por Henri Lewis o los paisajes latinoamericanos de Frederich Church, Bierstadt o Martin JohnsoHeade como exploradores de mundos exóticos, algo que también cultivaron en la segunda mitad del siglo XIX Winslow Homer o ya en el siglo pasado Andrew Wyeth.

En Interacciones se incluyen representaciones de las diferentes comunidades que habitan en los Estados Unidos, desde los esclavos a la clase obrera, pasando por los judíos migrantes, afroamericanos, asiáticos y grupos humanos procedentes de otros países y cómo eran sus interconexiones, desde la alianza hasta el conflicto. Encontramos expuestos una serie de grabados de Karl Bodmer sobre poblaciones indígenas, retratos de colonos de Copley, un elegante retrato de una dama de la alta sociedad realizado por John Singer Sargent o el modo de captar la vida cotidiana de los afroamericanos de la mano de Romare Bearden o Ben Shahn.

La tercera sección tiene como eje el Espacio urbano, dividido entre la ciudad, el sujeto moderno, y el ocio y arte urbano. La cultura moderna norteamericana estuvo muy influida en su desarrollo cultural por el crecimiento del espacio urbano y los nuevos escenarios de la nueva sociedad. La masiva migración afroamericana junto a la gran inmigración europea propició que las urbes fueran lugares de encuentro de diferentes culturas. El paisaje cambió por el desarrollo industrial, los transportes, el urbanismo con grandes avenidas y rascacielos comenzaron a inspirar a numerosos artistas, algo visible en composiciones de Sheeler y de Ralston Crawford en Autopista de ultramar (1939), en los paisajes urbanos de Richard Estes, los peatones que transitan las calles o los centros comerciales de Lindner.

Las personas como sujetos modernos fueron representados por Winslow Homer en el siglo XIX y por Edward Hopper en el siglo pasado, con esa visión tan personal de la soledad del hombre y la mujer contemporáneos, sin olvidar artistas Arshile Gorky y Willem de Kooning, cuya obra desborda vitalidad. El ocio y el arte urbano cambia con la revolución industrial como reflejan John Sloan o William Merrit Chase, pero más tarde Ben Shahn retrata los parques de atracciones, los grupos de jazz, un tipo de música que atrajo la atención de Stuart Davis o de Arthur Dove.

Por último, la Cultura material, desde la celebración de la vida y los sentidos con esa obra de Paul Lacroix, Abundancia del verano, a esa obra plena de color de Lee Krasner o la sutileza de Georgia O’Keeffe, junto a las manifestaciones del arte pop en las obras de Tom Wesselmann, Roy Lichtenstein y James Rosenquist. Por otro lado, la alusión al paso del tiempo y a lo efímero representado en una naturaleza muerta de William Michael Harnett y en  otra de John F. Peto o la sensación de la mortalidad en esas dos cajas de Joseph Cornell, donde incorpora animales y elementos diversos como esas burbujas de jabón, o la serie de rituales de la mano de Karl Bomer, y en una pintura y dos esculturas en bronce de Frederic Remington, que retrata a comienzos del siglo XX una visión romántica del Oeste y sus pobladores.

Además de la edición de un catálogo que cuenta con textos de las comisarias y de otras dos conservadoras del Museo Thyssen, Marta Ruiz del Árbol y Clara Marcillán, así como varios especialistas de arte americano, el museo madrileño ha organizado un simposio internacional en junio de 2022, y un ciclo de conferencias impartido por Guillermo Solana y los conservadores del Thyssen, que comenzará el 26 de enero y concluirá el 26 de marzo.

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