Uno fue el escultor más grande de la Europa del Seicento; el otro, la figura más poderosa de toda la Cristiandad entre 1623-1644, y juntos crearon un movimiento artístico universal cuyo mejor legado descansa en Roma. Ahora el Palacio Barberini, la Basílica de San Pedro y Santa María la Mayor aúnan fuerzas para explorar esa relación entre el artista y su mecenas más fiel.
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