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Giacometti, un hombre camina por el Prado


 

Resulta emocionante ver la exposición Giacometti en el Museo del Prado 80 años después de que el pintor y escultor suizo admirara en Ginebra la gran exposición de Obras Maestras del Museo del Prado celebrada en 1939, antes de que regresaran a Madrid tras la conclusión de la Guerra Civil, porque este artista nunca visitó el Prado pero si admiró a muchos de los maestros representados como Velázquez, El Greco, Tintoretto, Zurbarán, Rafael, Tiziano o Goya. Esta singular exposición, comisariada por Carmen Giménez, cuyas piezas se exhiben en la Galería Central del Museo del Prado y en las salas de Velázquez, El Greco o Zurbarán, va a suponer un hito en la memoria de los visitantes que puedan contemplar esas 18 esculturas y dos pinturas porque constituye un paseo póstumo y sobre todo una nueva mirada de uno de los artistas más influyentes del siglo XX a algunos de los maestros clásicos que le inspiraron.

La muestra puede verse desde mañana y hasta el 7 de julio dentro de las actividades programadas con motivo del Bicentenario del Prado. Y ha contado con el patrocinio de la Comunidad de Madrid, la colaboración de la Fundación Beyeler y el apoyo de la Embajada de Suiza y el Grupo Mirabaud, banco privado suizo fundado hace 200 años,que lleva impulsando las artes desde hace muchos años y que fue fundador del Museo de Arte Contemporáneo de Ginebra, según comentó Lionel Eismann, socio gestor del grupo suizo.

En la presentación el director del Prado, Miguel Falomir, dijo que esta muestra está pensada como una de las actividades del Bicentenario, entre la primera dedicada a repasar los 200 años y la de Fra Angelico, como la presentamos pasada semana con el Fusilamiento de Torrijos de Antonio Gisbert, o el Gabinete de descanso que se presentará la semana próxima. Esta exposición dedicada a Giacometti entronca con el interés del Museo por el arte contemporáneo y en este caso ciñéndonos a uno que no visitó nunca este espacio. Y añadió que se han organizado muchas retrospectivas y antológicas de Giacometti, pero nunca se han podido contemplar en un espacio como la Galería Central, junto a sus admirados Velázquez, El Greco, Zurbarán, Tintoretto o Rubens. Por su parte, María Pardo, directora general de Promoción Cultural de la Comunidad de Madrid, subrayó su compromiso en patrocinar exposiciones de excelencia como esta y refirió una conversación que tuvo Chillida con Giacometti, cuando éste último le contestó al escultor vasco que prefería “hacer esculturas pequeñas porque así el espacio es más grande”.

Por último, Carmen Giménez, expresó que siempre ha estado muy unida a la figura de Giacometti, desde que fue nombrada curator del siglo XX en el Guggenheim de Nueva York hace 30 años. Luegoy fue explicando las conexiones artísticas de un artista que nació en un entorno favorable para la creación, con un padre pintor postimpresionista, las influencias del arte clásico, del movimiento cubista y surrealista de su época, así como su estrecha relación con el existencialismo y con Jean-Paul Sartre, quien calificó al creador de El hombre que camina como «el artista existencialista perfecto, a mitad de camino entre el ser y la nada».

Además la comisaria de la exposición resaltó que la selección de obras del artista suizo, al que también le influyeron escultores como Miguel Ángel, Brancusi o Lipchitz, gira en torno al modelo y la figura humana- casi todas las piezas abarcan el período de finales de los años 40 y hasta 1965-, en una interacción con ese gran cuadro de Tintoretto, El lavatorio, pintado más de cuatrocientos años antes que Giacometti innovara con su conocida serie de Mujeres de Venecia, sin olvidar el tránsito con Velázquez en la sala de Las meninas, o la conversación de otras esculturas y pinturas con Tiziano, Zurbarán, El Greco, Rubens o Goya.

Entre las veinte piezas que conforman la muestra, siete de ellas proceden de la Fundación Beyeler de Basilea, y el resto de la Alberto Giacometti-Stiftung Giacometti-Stiftung; el Kunstmuseum Basilea; el Louisiana Museum of Modern Art, Humlebaek, Dinamarca; la colección Alicia Koplowitz ( miembro del Real Patronato del Museo Nacional del Prado); la Fondation Marguerite et Aimé Maeght de Saint-Paul-de-Vence; la Hamburger Kunsthalle, Hamburgo, y el Museum of Fine Arts de Houston.

Como una obra abierta el recorrido de la exposición puede comenzar, bien por la sala de Las meninas o por la puerta alta de Goya y en ese largo espacio por la Galería Central encontramos instantes de plenitud plástica. Si escogemos la segunda opción lo primero que vemos son esas siete de las ocho figuras en bronce que componían su serie Mujeres de Venecia, que presentó Giacometti en el Pabellón de Francia, su país de adopción, para la Bienal de Venecia de 1956, y a su derecha El Lavatorio de Tintoretto, artista al que conocía bien de sus viajes a Venecia, y de frente Mujer grande II, terminada en 1960, y que es la escultura más alta realizada por Giacometti, que mira de frente a los visitantes cuando avanzan por la Galería Central del Museo.

Si por el contrario, elegimos el itinerario más lógico la revelación será aún mayor cuando lleguemos a la sala de Las meninas, donde la comisaria, Carmen Giménez, y el diseñador de la exposición Juan Ariño, han optado por un montaje limpio y sobre una base circular, que conforma La Piazza, sitúan  cuatro obras maestras de Giacometti: Mujer alta III, Mujer Alta IV, Cabeza grande y Hombre que camina, que fue concebido hace 61 años como un proyecto escultórico monumental para Nueva York pero que no llegó a materializarse en la Gran Manzana. Ahora las cuatro piezas son una mirada poliédrica con los juegos visuales del maestro del barroco, Velázquez. Allí se da una reflexión constante por el sentido de la escala y la importancia del espacio para Giacometti; la posición de sus figuras abarcan con su mirada conjunta los 360 grados de la sala, transmitiendo una sensación de quietud poética reflejando la iconografía mental del artista suizo que cohabita con la espiritualidad que desprenden las obras velazqueñas.

Y de ese espacio salimos a otro momento deslumbrante de la muestra, presidida por El carro, en el centro de la sala 27 y 28, frente a Carlos V en la batalla de Mühlberg de Tiziano, donde vemos a una mujer subida sobre dos ruedas gigantes, suspendida en ese equilibrio entre el movimiento y la quietud que caracteriza algunas composiciones de Giacometti, y en frente dos pinturas de Giacometti, una Cabeza de hombre I, en la que captó a su hermano y escultor, Diego, y la otra a su amigo Isaku Yanaihara, que posó para él en muchas ocasiones, y dos esculturas esenciales de Eli Lotar. Giacometti siempre quería elegir como modelos a sus seres cercanos, familiares y amigos. Detrás de Eli Lotar sentado hay una escultura Mujer grande I, que aunque está junto a algunos óleos de Rubens también son un guiño a los cuadros de Goya, que tanto gustaban a Giacometti.

Frente a Mujeres de Venecia accedemos a una de las salas de El Greco, donde se exhibe Mujer de pie, una figura alargada y filiforme de mujer, concebida en latón entre 1948 y 1949, que constituye esa estilización intensa de las formas fememinas en relación con los personajes que pintaba El Greco, por su verticalidad y sentido del espacio. Y la exposición concluye con La pierna, en la sala 10 A, expuesta junto a siete óleos de Francisco de Zurbarán de su serie de Hércules, que quizá por su dramatismo con ese miembro desnudo y austerio evoque una realidad fragmentada tras la Segunda Guerra Mundial, porque como le pasó a Samuel Beckett también Giacometti fue depurando sus esculturas hasta reducirlas a una mirada mínima del tiempo convulso que le tocó vivir.

Hay en esta exposición necesaria una esencialidad en las diferentes composiciones y una determinada capacidad de innovación de un artista que dominó como pocos en el siglo XX la investigación sobre la escala en la figura humana y una gran versatilidad a la hora de pintar o esculpir a sus modelos, casi siempre de frente, en ese flujo discontinuo entre lo que está en movimiento  y lo que está en quietud perturbadora para que el espectador cómplice de su obra pueda recorrer con emoción lo trascendente que el arte nos depara. Julián H. Miranda

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