El lirismo continuado en las formas de Ruth Asawa
Ayer se abrió al público en el Museo Guggenheim Bilbao la primera exposición retrospectiva de Ruth Asawa (Norwarlk, California, Estados Unidos, 1926- San Francisco, 2013) en nuestro país, que reúne más de 250 obras, entre esculturas, pinturas, dibujos y grabados que revelan una trayectoria personal definida por la innovación y la experimentación en materiales y disciplinas durante más de seis décadas. La ambiciosa exposición en el Guggenheim, fruto de la colaboración entre el San Francisco Museum of Modern Art, el MoMA y el propio museo vasco, permanecerá abierta hasta el 13 de septiembre y muy probablemente sea una de las sensaciones de la temporada expositiva. Posteriormente viajará a la Fundación Beyeler de Basilea.
En la presentación de la retrospectiva de Ruth Asawa, la directora general del Guggenheim Bilbao, Miren Arzalluz, subrayó que este proyecto tan ambicioso ha sido posible por la colaboración de museos tan importantes como el SFMOMA, el MoMA y el museo dirigido por ella en torno a una figura tan relevante en la segunda mitad del siglo XX y primera década del XXI como la norteamericana Ruth Asawa, una artista multidisciplinar que reveló una gran destreza en diferentes soportes. Y añadió que, inspirándose en la naturaleza, logró un difícil equilibrio entre la abstracción y la figuración. «Sus obras habitan el espacio pero no roban el aire».
Janet Bishop, curadora jefe del Thomas Weisel Family, del Museo de Arte Moderno de San Francisco y una de las tres comisarias de la retrospectiva de Asawa, dijo que es una ocasión única para ver su evolución de los años 40 hasta sus años de madurez de San Francisco, ciudad en la que vivió y trabajó gran parte de su vida. “La muestra nos revela cómo era Asawa, qué tipo de materiales trabajó y cómo extrajo de ellos nuevas posibilidades de expresión al tratar el alambre, el bronce o el hierro, entre otros”.
Cara Danes, comisaria y curadora asociada del departamento de Pintura y Escultura del MoMA, ahondó en lo comentado por Bishop sobre la conexión entre diferentes disciplinas y los materiales que usó. Y sobre todo dijo que en la obra de Asawa hay una invitación a que otras personas colaboraran en su proceso creativo porque para la artista estadounidense todo estaba conectado sin interrupción y en sus obras se observan tres características: la transparencia, la permeabilidad y un sentido holístico.
Por su parte, Geaninne Guetiérrez-Guimaraes, curator del Guggenheim Bilbao, esbozó la estructura del recorrido por las salas 103 y 105 y destacó que el Guggenheim Bilbao es un museo que ha apostado en su programación por presentar a mujeres artistas del siglo XX. Y mencionó el esfuerzo para conectar la arquitectura de Frank Gehry con las formas continuadas de Ruth Asawa, tanto en sus inequívocas formas con alambre y en otras en bronce, como en sus pinturas, dibujos y grabados.
La artista estadounidense, de origen japonés, tuvo una trayectoria extensa desde la década de los años 40 y hasta la primera década del siglo XXI. Este año se conmemora el primer centenario de su nacimiento. Su prestigio no ha dejado de crecer en los últimos años y sus esculturas han estado presentes en ferias tan importantes como TEFAF Nueva York porque los coleccionistas y los museos valoran mucho su aportación al arte después de la Segunda Guerra Mundial.
Conviene recordar que Ruth Asawa era hija de unos emigrantes japoneses que llegaron a Estados Unidos. Durante la Segunda Guerra Mundial, como muchos otros de origen japonés, fue recluida junto a su familia en campos de internamiento por el Gobierno estadounidense. En 1946, tras serle denegado por prejuicios antijaponeses un título universitario que la acreditaba para enseñar arte, Asawa se matriculó en el Black Mountain College, institución educativa progresista fundada por John A. Rice en 1933 y que contó entre sus profesores con Josef Albers, John Cage, Willem de Kooning, Gropius, Robert Motherwell y Merce Cunningham, entre otros.
En ese ambiente abierto y plural forjó una trayectoria creativa basada en la experimentación y el valor del trabajo duro. Desde su estancia en Black Mountain hasta el final de su vida en San Francisco, adonde se trasladó en 1949, Asawa desarrolló para su práctica artística unos parámetros que le permitieron investigar las ideas de transparencia, continuidad y espacio.
La retrospectiva que ya se exhibió con éxito en San Francisco y Nueva York permite que los visitantes del Museo Guggenheim Bilbao disfruten con la observación de una obra plena, ya sean sus esculturas colgantes de alambre en bucle, casi siempre inspiradas en la naturaleza como en los dibujos iniciales con los meandros griegos y cianotipos, pasando por los moldes de arcilla y bronce, sus tintas sobre papel, sus cuadernos de bocetos y sus litografías.

Todo ese conjunto de piezas reunidas en el Guggenheim invitan al espectador a desarrollar una percepción abierta de lo que Ruth Asawa nos muestra, porque ella intentó siempre transmitir emoción en sus obras con una clara vocación didáctica al servicio de la comunidad.
El montaje en las salas 103 y 105 está en armonía con las obras de Asawa y ese logro ayuda a que el recorrido permita también transcender la distinción entre abstracción y representación, figura y fondo, y espacio positivo y negativo. Su obra es un continuum, capaz de combinar materiales y formas heterogéneas, que apelan a que interactúen con las personas que las contemplan.
Una de las cosas que llama la atención en la primera parte de la exposición es sus primeros años, Aprender a ver. Son sus años en el Black Mountain College, durante algunos años de la segunda mitad de los años 1940. En pinturas como Danzantes, un óleo sobre papel de 1948-49; en Líneas curvas, una tinta sobre papel o en cestas de alambre de cobre, ya estaba explorando la continuidad, la transparencia y la intercambiabilidad de conceptos aparentemente contradictorios, como figura y fondo, o abstracción y representación.
Fueron años de continua experimentación y en esos años gracias a la experiencia de un profesor como Josef Albers aprendió a ver. Y de Merce Cunninghan y Elizabeth Schmitt fueron fuente de inspiración para Asawa en las clases que recibió de ellas.
En la década siguiente, años 50, Ruth Asawa asistió a clases de danza, diseño comercial, rotulación, serigrafía y pintura en el San Francisco State College (actualmente San Francisco State University). Durante aquellos años, su trabajo siguió teniendo visibilidad tanto a nivel local como nacional gracias a sus exposiciones en las salas de la compañía de diseño de interiores Laverne Originals en San Francisco y Nueva York, y a su aparición en publicaciones como Vogue.
La artista realizó una serie de diseños para productos comerciales, entre ellos paneles de plástico basados en sus piezas de papiroflexia, o estampados para papel pintado y tejidos que incorporaban motivos como formas de espirales logarítmicas, el sello de la lavandería del Black Mountain College (BMC) o las huellas de las pisadas de sus hijos pequeños. Aunque Laverne Originals invitó a Asawa a producir en serie sus cestas de alambre en bucle como objetos decorativos para el hogar, la artista declinó la propuesta, porque le interesaba seguir experimentando.

Una idea muy presente en la retrospectiva es que todo está conectado. En 1949, Ruth Asawa se mudó a San Francisco, ciudad que se convertiría en su residencia permanente. Tras la derogación en California de las leyes que prohibían los matrimonios interraciales, se casó con Albert Lanier, arquitecto y antiguo compañero de Black Mountain. Fueron unos años de experimentación constante tanto en la construcción de formas en el espacio, con sus esculturas en bucle, como en sus dibujos y grabados. Y así profundizó en lo que ella llamó la “forma continua dentro de otra forma”, en ese juego dentro y fuera. Buen ejemplo de esto es Forma continua colgante de seis lóbulos entrelazada dentro de otra forma, con esferas en los lóbulos primero y segundo , realizada en 1955 y más tarde en 1957.
Se continua en El vocabulario de mi escultura, un lugar para disfrutar de las variadas formas escultóricas de la década de los 50, donde con sus fuertes manos fue capaz de crear bucles infinitos, donde unas formas anidan en otras, se entrelazan y se van desplegando en un continuo devenir que delimitan el volumen sin dejar de ser permeables al espacio circundante. Cuando contemplamos estas formas sinuosas nos ofrecen la posibilidad de una obra abierta, donde nuestra percepción va variando en función del encuadre de observación y de la proximidad que tengamos con dichas obras. Todas ellas tienen volumen y en función de cómo se iluminan proyectan sombras en la pared, en el suelo, lo que realza el volumen proyectado.
Un aspecto menos conocido en su obra pero igualmente importante en su trayectoria son los grabados de Tamarind, a mediados de los años 60. El Guggenheim exhibe una serie de litografías, seleccionadas de las más de 50 estampas que hizo en 1965. En ellas experimentó representando flores, plátanos, sillas y algunas abstracciones. En esa sala pueden verse algunas obras que salieron de su mano como Amapola, una lírica representación de la delicada flor que simboliza el estado de California. Aunque no se dedicó mucho más a este medio artístico, sí que lo valoró porque ella pensaba que “una buena obra es importante independientemente de su categoría”.
La naturaleza fue una gran inspiración en su trayectoria como queda patente en las tres décadas que abordan desde los años 60 a los 90. Asawa era muy observadora y eso le hacía aprender con facilidad de los que encontraba en su entorno. Fuente que trasladaba a sus esculturas. Trabajó con haces y bobinas que manipulaba para crear ramas complejas y otras formas botánicas, como puede verse en Sin título ( Forma colgante de alambre atado con un solo tallo y múltiples ramas, inspirada en la naturaleza); en otras esculturas de “alambre atado”, porque a ella le gustaba esa transición de lo duro a lo blando.
Las piezas de alambre atado de Asawa solían partir de un centro floral, estrellado o geométrico, como puede verse en Sin título (Forma mural de alambre atado, con el centro abierto y seis ramas, inspirada en la naturaleza), 1985. Sus formas ya no son solo hacia dentro sino que se iban abriendo hacia afuera. Sus esculturas colgantes y murales revitalizaron asimismo su práctica del dibujo, con la que, al igual que en sus obras de alambre, descubrió nuevas posibilidades por medio de diseños geométricos, floraciones etéreas y ramificaciones arborescentes.
A lo largo de la década de 1970 y más adelante, Asawa continuó explorando “los límites de los materiales, el crecimiento y la forma creando esculturas con alambre”. A medida que ideaba nuevas variaciones de composiciones de alambre en bucle y atado — algunas cerradas y otras abiertas, unas suspendidas en lo alto y otras colgadas de la pared — profundizó también en su investigación de la resina como material y experimentó con el vidrio de colores.
Asawa mostró una preocupación social y defendió la función que el arte debía tener en la sociedad. Realizó trabajos colaborativos en San Francisco para que los pudiera disfrutar el público de la ciudad en que vivía. En Bilbao se puede observar un estudio preparatorio de una de las sirenas que formó parte de la fuente de bronce Andrea (1968).
En las dos últimas décadas, su jardín en San Francisco fue recurrente motivo de inspiración como se observa en sus cuadernos de dibujo, en los que dejó una huella delicada al representar una gran variedad de flores: lirios, hortensias, crisantemos. Le gustaba tomar apuntes del natural y eso en buena media definía su práctica artística.
El trabajo de Asawa tuvo un fuerte componente físico e intelectual. Por eso cuando le diagnosticaron lupus a mediados de los 80 hizo que se decantara más por el dibujo botánico. Son obras íntimas, cercanas, de gran lirismo, en las que combinó figuración y abstracción y también como un homenaje de memoria con sus seres queridos, familia y amigos.
La familia y su hogar fueron muy importantes para Ruth Asawa y en el recorrido encontramos moldes faciales de familiares y amigos en una especie de homenaje a las personas más cercanas de su entorno. Su casa para ella era su estudio y en una vitrina encontramos recuerdos en dibujos y otros objetos de su hogar en Noe Valley. Fue un espacio vivido en la que ella creo durante varias décadas en esa capacidad para reinventarse y servir de inspiración para que sus amigos también crearan y recordar siempre esas esculturas de alambre suspendidas desde el techo como en su hogar. Una fuente creativa inabordable hasta su fallecimiento en 2013. No se pierdan esta magnífica exposición.





