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Un viaje a través de la mirada de los pintores 

En este Jueves Santo tan atípico y hogareño queremos proponer una excursión por algunos de los paisajes que más cautivaron a pintores de todas las épocas, desde las animadas escenas campestres de Brueghel el Viejo, a las vistas urbanas de Delft, las luminosas playas de Fortuny y Sorolla o los Alpes nevados de Beruete. Burlamos virtualmente el confinamiento gracias a este recorrido al aire libre por campos, montañas y pueblos pintorescos, bajo el cielo estrellado de Van Gogh o entre los jardines floridos de Monet.


Hoy no habrá paseo por la Ciudadela de Jaca. Tampoco la visita de rigor a la catedral para contemplar, por enésima vez, su célebre crismón o las escenas bíblicas de Bagüés, joya del románico que descansa en su Museo Diocesano. Después de 34 años, no habrá jornada esquiadora, pero sí habrá Pirineos. Sorolla, el pintor de la luz, no solo colmó de blancos las playas de Valencia, también cubrió de nieve las montañas pirenaicas, el Valle de Ansó e incluso la ciudad altoaragonesa. Un detalle que he agradecido recordar en estos días de confinamiento, tras superar la barrera de los 28 días, cuando todos llegamos a la Semana Santa con decenas de viajes, escapadas y planes truncados. Si el cuerpo no puede moverse más que los escasos metros cuadrados de nuestra casa, ¿por qué no intentar desplazarse con la mirada y la ayuda de los pintores? Nos ponemos la gabardina de El viajero de Úrculo para iniciar un original viaje. Eso sí, sin maleta.

Empezamos el periplo en Jaca, donde Joaquín Sorolla (1863-1923) se instaló con su familia en 1914. Allí pasaría unos meses, mientras preparaba el gran lienzo Aragón. La Jota, uno de los cuadros que integran su serie Visiones de España de la Hispanic Society of America.

Le impresionaron tanto estas montañas, que realizó varios estudios de paisajes y creó notas de color sobre la orografía del terreno, antes de afrontar el lienzo definitivo que entregaría a Archer Milton Huntington. Muchos de estos estudios y recuerdos del pintor se conservan en el Museo Sorolla, para deleite de los enamorados de esas tierras altoaragonesas. Sobre esta serie existe además un cuadro que ha permanecido en la familia durante décadas; Vista de Jaca, regalo personal de Joaquín a su hija, tras casarse ese mismo año en la catedral jaquesa con el también pintor Francisco Pons Arnau.

Lo cierto es que las escenas más célebres de Sorolla huelen más a salitre que a nieve, por eso nos trasladamos hasta Valencia y las playas mediterráneas para rememorar aquellas imágenes que hoy tanto añoramos: los niños jugando y chapoteando en el agua, las mujeres paseando en la arena, las olas arañando la orilla, la llegada de la pesca… Nadie como él para captar de manera magistral esa luz cegadora que se refleja en el mar con un sinfín de matices, esas telas vaporosas moviéndose al son de la brisa marina o esos cuerpos brillantes aún mojados.

Aunque, para ser honestos, otro pintor ­se le había adelantado en eso de elevar las escenas de playa a casi la categoría de género. Años antes, el gran maestro español del siglo XIX Mariano Fortuny (1838-1874) había sabido traducir al lienzo la riqueza cromática del paisaje marítimo en Portici –quién pudiese viajar a Italia–, donde residió sus últimos años en Villa Arata, antes de ir a morir a Roma, aquejado por la malaria.

Los desnudos de niños de espaldas conservados en el Museo del Prado son un ejemplo de la pincelada preciosista y minuciosa de este autor que inspiró a Sorolla. Sin embargo, es en Playa de Portici (1874), su último cuadro inacabado, donde realmente dejó su legado en esta materia. La obra, ahora en el Meadows Museum, resulta un alarde de tonos blancos que varían de más a menos intensidad según se aplique sobre las nubes, la espuma del mar, los vestidos femeninos, la tapia o la arquitectura derruida del fondo.

Fortuny fue un viajante empedernido y sus obras sirven para conocer muchos lugares. En 1857 obtuvo una pensión para estudiar en Italia. Tres años más tarde, el encargo fallido de la Diputación de Barcelona para pintar las campañas militares españolas en el norte de África le brindó la oportunidad de visitar Marruecos, país al que regresaría por segunda vez en 1862 y que inmortalizaría con todo su exotismo, en una especie de fantasía orientalista que ahora nos seduce más que nunca. Por último, viajó por Europa y residió en París. Fue allí donde conoció a Martin Rico, uno de los iniciadores del paisajismo moderno español, junto a Carlos de Haes.

Con Rico (1833-1908) podemos recorrer muchas de las ciudades europeas sin salir de casa, simplemente con la mirada. Este artista madrileño fue un paisajista que retrató con aires románticos al inicio y precisión cartográfica después centenares de lugares. Estuvo en Suiza y Gran Bretaña, hizo frecuentes viajes a Venecia junto a Fortuny, pintó la Alhambra de Granada, diferentes vistas de Madrid, paisajes de la sierra de Guadarrama e incluso la desembocadura del Bidasoa. ¡Un sinfín de opciones, algunas de ellas en el Prado, para dejar volar nuestra imaginación viajera!

El otro gran precursor del paisajismo moderno en nuestro país, como decíamos, fue Carlos de Haes (1826-1898). Nacido en Bélgica y asentado en Málaga desde 1835, con viajes intermitentes a su país natal, aprendió de los grandes maestros flamencos. Se formó junto a Joseph Quinaux, con quien practicó la pintura al aire libre. Este descubrimiento resultó fundamental no solo para su propia producción, sino también para las enseñanzas que trasmitió a toda una generación posterior de pintores desde la cátedra de Paisaje en la Escuela de BBAA de San Fernando (que dirigió desde 1857). De Haes sacó el caballete a la calle, en la montaña –por los Picos de Europa– y en la playa ­–por Hendaya–, atrapando con su pincelada enérgica y empastada muchas escenas de la naturaleza a las que hoy regresamos para respirar –virtualmente– aire puro.

Aunque para llenar los pulmones, nada mejor que escalar los Alpes suizos de la mano de Aureliano Beruete (1845-1912), que los recorrió con fervor casi enfermizo durante todas las horas del día, en las cuatro estaciones del año. Su pasión por la pintura al aire libre fue tal, que llegó a coger dos pulmonías por pasar tantas horas en la montaña sin el debido abrigo.

Quizá para nosotros sea un consuelo poder disfrutar de estos paisajes desde la comodidad del hogar, en manga corta y sentados en el sofá. Precisamente algunos de los cuadros de esta serie alpina se exhiben ahora en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, junto a otros paisajes de discípulos también de Haes, como Francisco Gimeno o Darío de Regoyos, cuyos cuadros nos trasladan de los bosques catalanes a la Ría de Bilbao.

Para viajar FUERA DE ESPAÑA, tal vez podríamos pedirle a Caronte su barca para que nos pasease por los vergeles de la Laguna Estigia pintados por Patinir; pero se nos antojan más divertidas cualquiera de las escenas campestres y festivas de Pieter Brueghel (ya se sabe, en tiempos de distanciamiento social, soñamos con lo contrario: las grandes aglomeraciones). ¡Y qué mejor ocasión que esta para invitar a los más pequeños a participar en esos Juegos infantiles que Brueghel el Viejo propuso con cierta ironía en 1560!

Después del jaleo, podríamos buscar la serenidad de las calles de Delft que tan magistralmente pintó Vermeer o ver caer el sol junto a Van Gogh, mientras la inmensa luna llena de Jueves Santo y la noche estrellada del pintor neerlandés caen sobre nosotros. Justo un segundo antes de enclaustrarnos, de nuevo, en nuestro hogar, como hizo Monet en su casa de Giverny, que al final de su vida se rodeó de nenúfares. Sol G. Moreno

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