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Un diálogo fértil en la nueva relectura de la Colección del Reina Sofía


El viernes se presentó La Colección. Vasos comunicantes 1881-2021 una nueva relectura, en este caso integral, del sentido de una colección como la del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que dirige Manuel Borja-Villel desde hace casi 14 años. Abarca desde el origen de la modernidad a finales del siglo XIX hasta el arte más reciente. Un proyecto ambicioso compuesto por casi 2.000 obras, dispuestas en más de 15.000 m2 y distribuidas en seis plantas, fruto de un trabajo riguroso de investigación durante una década, que ha sido ejecutado durante casi un año. Alrededor del 70% de las obras se exhiben por primera vez en el museo, fruto de donaciones, compras y depósitos en los últimos años. El arte latinoamericano, tan presente en el recorrido, cuenta con el apoyo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación y está patrocinado por Inditex.


Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía, agradeció a todas las personas y departamentos que conforman el equipo del museo su profesionalidad y dedicación para hacer posible este trabajo colectivo y transversal y apuntó que en esta relectura laten varias ideas fuerzas: la historia como algo dinámico que nos hace repensar el pasado para entender mejor el presente; la transversalidad de los movimientos y de artistas a lo largo del tiempo; la tensión del presente sobre el pasado como en el caso del exilio, la descolonización; la situación del arte desde un lugar determinado: la ciudad, la plaza, los museos; y la crisis.

Por su parte, Rosario Peiró, jefa de Colecciones del Reina Sofía, desgranó cómo  han desarrollado el discurso expositivo y la disposición de las obras en las diferentes plantas de los dos edificios, que no responden a una línea cronológica rigurosa sino más bien a líneas temáticas durante casi siglo y medio de la historia reciente y su reflejo en el arte, ya que «a partir de las obras creamos las historias. Hemos construido esta nueva colección intentando destacar algunas obras nuevas y haciendo lecturas diferentes de otras que ya estaban en las salas».

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Miquel Barceló. Desnudo subiendo una escalera, 1981. Pintura plástica y óleo sobre lienzo. Colección Estrany- de la Mota, Barcelona

El recorrido como en la novela Rayuela, de Julio Cortázar, se puede comenzar en cualquiera de las cuatro plantas del Reina Sofía. Todos ellas tienen una unidad que puede valorarse por sí misma, bien por cronología o por los temas abordados en cada uno de los amplios espacios. Si seguimos un criterio temporal podríamos empezar por la segunda planta del edificio Sabatini, donde se concentran los momentos álgidos de la consolidación de la ciudad a finales del siglo XIX, como impulsora de los diferentes cambios culturales y sociales, pero que también fueron origen de las vanguardias artísticas de las primeras décadas del siglo XX.

Desde la bohemia simbolizada en ciudades como Madrid, París o Barcelona hasta las ciudades como Nueva York, modelo de ciudad vertical con su nueva arquitectura y de una nueva fotografía social en las imágenes de Lewis Wickes Hine y de Paul Strand, del que también se puede ver la película que produjo junto a Charles Sheeler; la importancia de la arquitectura en el caso de Ildefonso Cerdá y su famoso Eixample en Barcelona, junto a la preocupación social que mostraron pintores como Ramón Casas, López Mezquita o Gutiérrez Solana; el Madrid castizo y moderno de Ramón Gómez de la Serna; mujeres en la vanguardia como Sonia Delaunay, María Blanchard, entre otras, y las salas del cubismo, principal referencia de la vanguardia artística con obras de Juan Gris, Gleizes y Picasso.

En esa planta continúa destacando la importancia que tuvo el surrealismo, con las diferentes percepciones encarnadas por Bataille y André Breton; el mundo de Buñuel en su película La Edad de oro (1930); los postulados de Eduardo Westerdahl, editor de Gaceta del Arte, revista que reunió obras de Duchamp. Giacometti, Óscar Domínguez o Maruja Mallo, una personalidad fascinante que recorre gran parte del siglo XX, desde su irrupción en la década de los años  20 y 30, más tarde en el exilio y también en los años 80, sin olvidar por esencial la figura de Federico García Lorca y La Barraca, teatro universitario itinerante que intentó una educación popular durante la República, algo compartido por la Residencia de Estudiantes.

Y cómo no el reflejo de las tensiones europeas en los años 30 y también en España con la Guerra Civil, que hizo que la comunidad artística internacional fijara su ojos en nuestro país. Fue el gran momento del cartelismo y de las revistas ilustradas. Un período de gran libertad creativa que tuvo su momento álgido en el Pabellón de España en la Exposición Internacional de París de 1937, en el que se mostró por primera vez Guernica, de Pablo Picasso, junto a otras obras fundamentales de Joan Miró, Alberto, Julio González y Calder.

En la cuarta planta de Sabatini se exhiben un conjunto de obras que, por un lado, ilustran el contexto histórico cultural que vivieron quienes se quedaron en España, y por otro, el de aquellos que se vieron forzados al exilio debido a nuestra Guerra Civil. Campo Cerrado incluye numerosas piezas desde el año 1939 a los años 50, con proyectos de arquitectos como Vázquez de Castro y José Antonio Coderch, cuya familia donó al museo hace tres años su archivo particular; la España silenciada en obras de Aurelio Suárez o Godofredo Ortega, que contrastan con los rasgos de modernidad de Dalí, posteriormente de Palazuelo, Cuixart, Tàpies y nuevamente Joan Miró, que coexisten con las fotos de Santos Yubero.

El drama del exilio, con el título de Pensamiento perdido, está representado por las fotografías de Robert Capa, los trabajos de Josep Renau o del arquitecto José Luis Sert, y de importantes surrealistas como Remedios Varó y Diego Rivera, que estuvieron presentes en la exposición organizada por Breton en México, mientras dos pintores como José Guerrero y Esteban Vicente optaron por irse a Estados Unidos en busca de otras experiencias artísticas.

En esa misma línea se exhibe un interesante capítulo, Doble exposición: el arte y guerra fría, que refleja cómo después de la Segunda Guerra Mundial la cultura estadounidense se consolidó como la primera potencia mundial, no solo en lo económico y militar, sino también en lo cultural, intentando propagar el estilo imperante en la sociedad norteamericana, tanto del expresionismo abstracto personificado en las composiciones de Gottlieb, Motherwell o Morris Louis. De Europa se exponen obras de Richard Hamilton y de Constant, y de América Latina piezas de Lygia Page, Oiticica y Lygia Clark. Dando un salto hasta 1960 podemos contemplar las obras de los grupos El Paso y Dau al Set con ejemplos de Antonio Saura, Tàpies, Manuel Millares, Juana Francés o del escultor Eduardo Chillida; o bien en 1964 con las obras que hicieron arquitectos como Fernando Higueras, fotógrafos como Miserachs, Masats, Ontañón o Maspons, pintores como Eduardo Arroyo y representantes del feminismo a finales de esa década como Eulàlia Grau, Maria Chordá, Isabel Oliver.

Una de las novedades del recorrido está en la planta 1 del edificio Nouvel, donde se presenta Los enemigos de la poesía: Resistencias en América Latina, parte centrada en el arte producido entre mediados de los 60 y 1987 en esa geografía y su relación con España, desde el arte correo, la apropiación de los nuevos medios y de las tecnologías de comunicación de masas, el uso del cuerpo como herramienta expresiva, el cuestionamiento del sistema del arte y de las instituciones y qué nuevo lugar debe tener el espectador en su relación con el arte contemporáneo. Muchas de las piezas proceden de las donaciones realizadas por Patricia Phelps de Cisneros y de Jorge Pérez, entre otros, con ejemplos procedentes de Brasil, otras de Venezuela como las de Jesús Soto o de Chile con Luis Camnitzer, por citar algunos creadores. Los fotolibros latinoamericanos de Gasparini, Bostelmann y Fernell Franco también ayudan a entender mejor la realidad cultural de ese continente.

Ya en la planta O del mismo edificio nos adentramos en un lugar especial, Un barco ebrio: eclecticismo, institucionalidad y desobendiencia en los ochenta, que parafraseando al conocido poema de Rimbaud parte de la Documenta 7 de Kassel de 1982 en la que aparecieron muchas de las figuras claves de esa década que transitó hacia un cierto eclecticismo, en unos años de graves desigualdades sociales, económicas y políticas, junto a la irrupción del sida. En estas salas hay piezas de Franz Erhard Walther, video de Dara Birbaum, una monumental escultura de Bruce Nauman y una pintura de Miquel Barceló. Y más adelante una sala que sintetiza el esfuerzo que hizo El Centro Nacional de Exposiciones desde 1984 a 1989, dirigido por Carmen Giménez, que promovió grandes exposiciones internacionales dentro y fuera de España: Chillida, Saura, Tàpies, José Guerrero y Esteban Vicente, entre otros, como exponentes de un momento álgido para disfrutar del arte contemporáneo, junto a la actividad de un galerista como Fernando Vijande, en cuya memoria hay una sala con obras de Carmen  Calvo, Susana Solano, Juan Muñoz, sin dejar de mencionar a Alexanco, Gordillo o Zush.

En este espacio también cabe la música con la recreación de carteles y fotografías de la mítica sala de Madrid Rock-Ola, que aglutinó a diferentes tribus urbanas retratadas por Miguel Trillo. Así como el momento que tuvo la fotografía en esos años 80 con el nacimiento de la revista Photovisión, donde publicaron fotógrafos como Manuel Laguillo, Cristina García-Rodero, Joan Fontcuberta, Ouka-Lele o Marta Sentís.

De vuelta a la planta 0 del edificio Sabatini y bajo el título Dispositivo 92 ¿Puede la historia ser rebobinada?, centrada en los años 90 y que parte de la Expo 92, que fue criticada por colectivos donde se cuestionaban los problemas derivados del colonialismo, pero a su vez se introducían nuevos temas en el imaginario colectivo de artistas preocupados por la ecología, el urbanismo, el feminismo y la crítica institucional tanto en Latinoamérica como en España y en varios países europeos.

Y por último en la planta 1 del mismo edificio, Éxodo y vida en común, que enlaza de algún modo con lo anterior, y que recoge la reacción del mundo del arte a las vicisitudes que hemos vivido en el nuevo siglo, desde la catástrofe ecológica del Prestige en las costas gallegas en 2002, la guerra de Irak, la crisis financiera global de 2008, las movilizaciones del 15M en 2011, la desigualdad social, el feminismo como fenómeno global y el cambio climático, y ahora la pandemia de la Covid 19.

En estas salas destacan las propuestas de Rogelio López Cuenca, de María Ruido, de Ignasi Aballí con su denuncia sobre la inmigración, de Asier Mendizábal, de Bleda y Rosa con dos fotografías de su serie Campos de Batalla, junto a propuestas de Daniel García Andújar, Miriam Cahn, audiovisuales de Dora García, Rosa Barba y Angela Melitopoulos; el conflicto en Oriente Medio con la mirada de Walid Raad; la reivindicación ecologista de Joan Jonas; y los paisajes últimos de Carmen Laffon, titulados La Sal, gracias a las donaciones realizadas por Helga de Alvear y la Colección Mario Losantos.

Y en la planta tercera del Sabatini se muestra la obra Küba (2004) de Kutlug Ataman, donada por Francesca Thyssen-Bornemisza y la TBA Collection, en la que podemos observar cómo es la vida en este humilde barrio de Estambul, donde lo vecinos se organizan para protegerse de ataques violentos y en la que se cuentan diferentes historias en numerosos monitores de televisión antiguos para que cada uno podamos sentarnos y contemplarlo individualmente.

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