Simonetta Vespucci, la mujer tras el rostro de la ‘Venus’ de Botticelli
Considerada “reina de la belleza” por los Medici y musa inmortal de pintores y poetas del Quattrocento, esta joven genovesa protagonizó algunos de los cuadros más célebres de su época; especialmente de Botticelli, que la retrató hasta la saciedad. Pero su historia no fue tan perfecta como sus rasgos, cuenta Germán Arciniegas en el libro El mundo de la bella Simonetta.
En un momento en el que cada vez importa más la intrahistoria del relato y la realidad más allá de la anécdota, resulta increíble que no hubiésemos descubierto aún la de Simonetta Cattaneo Vespucci, una de las más famosas damas del Renacimiento italiano. Musa y modelo, diosa y mujer, poseyó una belleza que ha llegado hasta nuestros días con tintes legendarios, gracias a los versos, apuntes y pinturas de Leonardo, Botticelli, Ghirlandaio, Pulci y Poliziano.
¿Pero quién fue realmente? ¿Cómo vivió y con quién se relacionó? Eso es lo que trata de responder el historiador y ensayista colombiano Germán Arciniegas (fallecido en 1999) en El mundo de la bella Simonetta. La joven que deslumbró a Botticelli, un libro de 208 páginas editado por Rosita y Amparo.
SI DE TODA ESTA ÉPOCA NO HUBIERA QUEDADO SINO ESA IMAGEN, CON ELLA SOLA SE PODRÍA DECIR QUE HUBO EN EL MUNDO UN RENACIMIENTO”
Por supuesto, el autor se permite ciertas licencias novelescas. Pero el relato está tan bien armado, que se convierte en la mejor crónica histórica, social y cultural de la segunda mitad del Quattrocento, donde no faltan figuras memorables como los Sforza o los Borgia, Savonarola e incluso Cristóbal Colón.
Conjuras, asesinatos, ahorcamientos y acusaciones de herejía completan esta historia coral, que tiene como hilo conductor a uno de los personajes secundarios más fascinantes de la Italia del siglo XV. Hasta ahora solo sabíamos que tuvo la “elocuencia muda” del Renacimiento, pues inspiró escenas inmortales de la Historia del Arte como El nacimiento de Venus de Botticelli, el Retrato de mujer como Cleopatra de Piero di Cossimo o la Madonna de la Misericordia de Ghirlandaio.
Una figura magnética, atractiva y refinada que levantó auténticas pasiones en vida. También después de su muerte, ocurrida de forma prematura en 1476. Simonetta nació en 1453 en Génova, en el seno de una familia acomodada (su padre era banquero). Entonces la vida sonreía a los Cattaneo, pues uno de los hermanastros de nuestra protagonista ostentaba el cargo de Dogo de la ciudad. Pero el poder fue efímero, ya que luchas intestinas e intrigas de la época condenaron a la familia al ostracismo y la obligaron a huir. La joven de belleza incomparable pasó así de virtuosa a bandida, de afortunada a apestada.
Nada de ello se vislumbra en el rostro sereno que aparece en el Nacimiento de Venus; una cara poética que encarna la ansiada perfección de las formas humanas. Tampoco se adivina ninguna de sus penas en la mencionada Madonna de Girlandahio. Pero así es la vida, el arte idealiza lo que la realidad nos quita.
Lo cierto es que la fortuna volvió a acompañarla cuando llegó a la poderosa Florencia, de la mano de su marido Marco Vespucci. Entonces la ciudad del Arno estaba dominada por los Medici, que cayeron rendidos ante ella –como el resto de la corte–. Hay quien dice que fue amante de Giuliano de Medici.
Tuvo muchos pretendientes y admiradores, pero de entre todos ellos destacó Botticelli, por ser el más fiel y devoto. También “el más cobarde, tímido y callado”, según el autor del libro. El pintor llegó a pedir enterrarse a los pies del sepulcro de la joven, cerca de la capilla de la Iglesia de Ognissanti en Florencia.
Si lo suyo fue un amor platónico, enfermizo o imposible es algo que nunca sabremos, pero la suerte ha querido que los restos del artista descansen por la eternidad “a menos de 20 pasos” de su enamorada. Y es que lo que el florentino sintió por la bella genovesa fue absoluta veneración. Una pasión obsesiva que nos lleva a verla en casi todos los rostros femeninos del pintor, que la retrató en numerosas ocasiones: como dama sofisticada, como Virgen María y como diosa del Amor o de la Sabiduría.
Aparece incluso en uno de los frescos que pintó para la Capilla Sixtina –Las pruebas de Moisés– y mucho antes en La Primavera, escena festiva que recrea libremente aquel baile organizado por Lorenzo el Magnífico en 1473 para recibir a Eleonora de Aragón.
Ese afecto incondicional encuentra su punto álgido en la figura de la Venus naciente, que elevó a Simonetta Vespucci al Olimpo de las más bellas del mundo. Ademas, fue el mejor homenaje que Botticelli pudo hacer al recuerdo de aquella belleza perdida.
“Era la suma poética de cuanto el pintor amó y amaron todos los florentinos. Una figura de mujer que escapa a todos los triunfos de la muerte y que, viviendo, sabe hasta dónde es efímera la vida de una rosa. Si de toda esta época no hubiera quedado sino esa imagen, con ella sola se podría decir que hubo, en el mundo, un Renacimiento”, escribe Arciniegas.
¡Que mejor epitafio para una joven que tuvo que huir de su ciudad natal, conoció la gloria pero también la desdicha, y murió con solo 23 años de tisis! Sol G. Moreno




