Rothko y Florencia, en sintonía

Rothko y Florencia, en sintonía

El Palazzo Strozzi acoge una gran retrospectiva del artista estadounidense que pone el foco en su relación con la pintura y la arquitectura florentinas.

Vista de sala de la exposición en el Palazzo Strozzi.

La nueva exposición de Mark Rothko en el Palazzo Strozzi comisariada por Christopher Rothko –hijo del artista– junto a Elena Geuna reúne más de 70 obras procedentes de pinacotecas de todo el mundo, como el Museum of Modern Art (MoMA) o el Centre Pompidou.

Podrá visitarse hasta el 26 de agosto y supone un recorrido por toda la trayectoria del pintor, desde sus primeras obras más figurativas hasta sus famosísimos color fields. La selección permite ver con claridad cómo fue simplificando las formas para centrarse en la relación entre color, luz y espacio.

Pero la propuesta no se queda solo en el museo-palacio, porque el proyecto se extiende también a la ciudad de Florencia mediante dos intervenciones en instituciones especialmente significativas para el artista. Una de ellas, tiene lugar en el Museo di San Marco, donde se presentan cinco piezas de Rothko en las celdas del convento, en diálogo con los frescos de Fra Angelico.

Rothko conoció este conjunto en su viaje de 1950 a Italia junto a su esposa Mell, una visita en la que quedó profundamente impresionado por la pintura del convento. En una ocasión, afirmó que lo que más le interesaba de los Grandes Maestros era su “credibilidad del drama”, una idea que conecta con la intensidad contenida de los frescos del italiano, pero también con su propia manera de construir campos de color, obras de una gran carga espiritual.

Vista de sala de la exposición en el Museo de San Marcos.
Sin título. Mark Rothko. 1946.

Ambos compartían la voluntad de evocar una sensación de trascendencia, dimensión a la vez distante y cercana. Mientras Fra Angelico lo lograba a través de la carga emocional de figuras sagradas en relación con lo cotidiano, Rothko construyó campos de verdes y rojos capaces de acompañar al espectador hacia distintos niveles de percepción emocional, desafiando las nociones establecidas sobre la abstracción y la teoría del color.

La segunda intervención se sitúa en la Biblioteca Medicea Laurenziana, en el vestíbulo diseñado por Miguel Ángel. Rothko también conoció este espacio en aquel mismo viaje de mediados del siglo pasado y lo describió como un lugar en el que “hace que los espectadores sientan que están atrapados… de modo que todo lo que hacen es golpearse la cabeza contra la pared para siempre”.

Esa experiencia espacial, marcada por la tensión y la sensación de contención, tuvo un eco directo en su obra posterior, especialmente en los Seagram Murals de finales de los años cincuenta. Posteriormente, volvió a visitar la biblioteca en su segundo viaje a Florencia, en 1966, y ahora sus pinturas pueden contemplarse ahí, rodeadas de la asfixiante sensación que el artista percibía en aquel espacio que llegó a marcarle tanto. Sofía Guardiola