NUMERO 70, ABRIL-JUNIO 2026

35,00 

La colección de Joaquín Torrente; Hammershøi, el Vermeer danés; todos los estudios de Anselm Kiefer; Xavier Rey, director del Pompidou de París; Paralelos y Meridianos de una colección; un bodegón de Velázquez reaparecido; la pareja perdida de Arellano; un nuevo ‘San Miguel’ de Torcuato Ruiz del Peral; caóticos interiores del V&A East Storehouse; Lalique, vanguardista y elegante; El llamado Maestro de los Apóstoles es Luis Tristán en Roma.

Categoría: Revista

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EL MUNDO PERDIDO

Dice Joaquín Torrente en la entrevista sobre su colección algo que han repetido otros de sus predecesores en estas páginas. Que el arte quizá no sea la inversión más rentable pero que, seguramente, es la que más satisfacciones da. Viendo su casa no me queda ninguna duda de que así es.

Me venía esta consideración a raíz de la guerra de Irán que ha salpicado todo Oriente. Los países árabes no solo eran un mercado emergente desde hace años, con museos propios y coleccionistas importantes. Eran también ese paraíso donde se refugiaban comerciantes, proyectos culturales y urbanísticos, resorts de resorts de resorts lujo, exposiciones… todo un mundo que de repente se ha visto amenazado.

Desconozco cómo afectará esta guerra al mercado del arte y a la vida. Aunque sin duda afectará. Pero sobre todo querría saber cómo va a impactar en ese coleccionismo que dealers atraía a dealers de todo el mundo a los países dealers de todo el mundo a los países árabes. Viendo las imágenes de los aviones –comerciales y privados– que abandonaban los aeropuertos de aquellos lugares pensaba que aquel refugio, en el que se disfrutaban de los placeres más íntimos y espirituales, ha quedado tocado sin remedio.

Los artistas contarán lo que está pasando con su mirada. Y los museos querrán llenar salas contando su visión de bombardeos, misiles, explosiones y otros horrores. Todo es muy legítimo, y seguramente interesante; pero aquellas galerías y exposiciones que habíamos empezado a disfrutar en los países del Golfo van a desaparecer… al menos de momento. Un mundo perdido. Desgraciadamente perdido. Y ni siquiera el refugio personal servirá para paliar esa nostalgia. Solo nos queda un consuelo. Cuando todo acabe, que acabará, el arte, como la vida, se abrirá camino y –lo hemos visto después de tantas guerras– volveremos con más fuerza allá donde la destrucción fue más cruel. Lo veremos, espero que sea pronto.

Por Fernando Rayón

 

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