La ensoñación de Calder en la Fundación Vuitton de Gehry
Como ya ocurrió hace 23 años en el Museo Guggenheim Bilbao y posteriormente presentada en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, la interacción entre los espacios diseñados por Frank Gehry y las esculturas de Alexander Calder son un encuentro nutriente para los amantes del arte porque las formas de uno y otro se enriquecen mutuamente. Ahora la Fundación Louis Vuitton de París, también concebida por el arquitecto canadiense, acoge una de las mayores retrospectivas dedicadas al artista multidisciplinar norteamericano, que reúne más de tres centenares de piezas, entre esculturas, dibujos, pinturas y joyas diseñadas por Calder.

La retrospectiva Calder. Soñar en equilibrio que estará abierta en la Fundación Vuitton hasta el 16 de agosto de 2026 supone un paso más en un mejor reconocimiento de la figura de Alexander Calder (Lawnton, Pensilvania, 1898- Nueva York, 1976) y visualizar todas sus facetas como creador, ahora que se conmemora el 50 aniversario de su fallecimiento y un siglo desde que llegara a París en 1926.
Comisariada por Suzanne Pagé, directora artística de la Fundación Louis Vuitton y comisaria principal que ha contado con la colaboración de Dieter Buchhart y Anna Karina Hofbauer, comisarios invitados, Soñar en equilibrio reúne alrededor de 300 piezas, que permiten explorar todas las disciplinas que cultivó a lo largo de más de cinco décadas- desde la década de los 20 del siglo pasado y hasta los años 70-, aunque hayan sido las esculturas monumentales y sus mobiles y stabiles, las facetas más conocidas de su obra, porque como escribió Marcel Duchamp: “el arte de Calder es la sublimación de un árbol en el viento”.
La Fundación Vuitton de París, edificio concebido por Frank Gehry, y donde ahora las esculturas de Calder parecen danzar en esa interacción con el arquitecto canadiense, ha sido posible por la colaboración con la Fundación Calder y el Whitney Museum of American Art, pero también de los préstamos de los principales museos internacionales y coleccionistas privados, donde se pueden admirar junto a sus mobiles y stabiles, esculturas en gran formato, figuras de madera tallada, pinturas, dibujos y joyas que concibió Calder como esculturas únicas.
A lo largo de un recorrido, casi siempre cronológico, de más de 3.000 m², que ocupa todos los espacios de la Fundación Louis Vuitton, los comisarios han puesto el énfasis en muchas de las preocupaciones artísticas fundamentales de Calder: el movimiento, pero también la luz, el reflejo, los materiales humildes, el sonido, lo efímero, la gravedad, la performance y el juego entre el espacio positivo y negativo. Y muchas de las obras que actualmente se exhiben en París interaccionan con los volúmenes y arquitectura de Frank Gehry.
Con el fin de dotarle de contexto artístico los responsables del proyecto han querido que, junto a sus obras, se haya enriquecido la retrospectiva con piezas de sus amigos como Jean Arp, Barbara Hepworth, Jean Hélion y Piet Mondrian, así como de Paul Klee y Pablo Picasso, que ayudan a situar la innovación de Calder en el contexto del movimiento de vanguardia. Y como documentación visual se pueden contemplar 34 fotografías tomadas por algunos de los fotógrafos más importantes del siglo XX —Henri Cartier-Bresson, André Kertész, Gordon Parks, Man Ray, Irving Penn y Agnès Varda, entre otros—, que nos revelan a un artista como Calder, que caminaba en la cuerda floja entre el arte y la vida.

La comisaria y directora de la Fundación Vuitton, Suzanne Pagé, escribe en el catálogo: “Basta mencionar ‘Calder’ para que el niño que todos llevamos dentro sonría, el espacio cobre vida y todo se anime. Poco después de la llegada del artista a París en 1926, se dio a conocer con las presentaciones de su Cirque; los círculos de vanguardia de Montparnasse quedaron fascinados por la veracidad y el espíritu de sus figuras articuladas de alambre, por su capacidad de observación y su humor revitalizante, que rivalizaban con la maestría del ingeniero”.
En su devenir plástico dentro de esa atmósfera que encontró en París, hubo un hecho que le marcaría en 1930, la visita al estudio de Mondrian que le impresionó por la instalación ambiental y supuso un giro hacia la abstracción, primero en la pintura y después en la escultura. Fue precisamente Marcel Duchamp quien propuso el término mobile en 1931 para las composiciones abstractas cinéticas de Calder, que el artista presentó en 1932 en la Galerie Vignon de París. Inicialmente impulsadas de forma mecánica y posteriormente movidas por la más leve brisa. Esas obras de Calder obtenían “su vida de la vida indistinta de la atmósfera”, como escribió Jean-Paul Sartre en 1946. Como respuesta a la terminología de Duchamp, Jean Arp propuso el término stabile para los objetos estáticos de Calder de principios de los años treinta.
En 1933 Calder regresó a Estados Unidos pero continuó viajando a Europa, participando especialmente en el Pabellón de la República Española en 1937 junto a Miró y Picasso. Volvió a Francia después de la guerra y estableció un taller en la aldea de Saché, en el valle del Loira, en 1953. Con un pie en cada país, Calder amplió la propia definición de la escultura hasta su muerte en 1976.
A través del movimiento, pero también mediante un vocabulario dinámico desplegado en todas las escalas —desde delicados ensamblajes metálicos animados por el más leve soplo hasta construcciones monumentales—, creó esculturas no figurativas que existían en paralelo con la naturaleza. Como señalan Dieter Buchhart y Anna Karina Hofbauer, comisarios invitados de la exposición: “El enfoque innovador de Calder amplió las dimensiones de la escultura para incluir el tiempo como una cuarta dimensión esencial”.

El montaje dispuesto en la Fundación Vuitton, que preside Bernard Arnault, está concebido con precisión y libertad. En el vestíbulo hay una obra como Rouge triomphant (Rojo triunfante), un mobile de 1963, que evoca la vegetación y define muchas de las virtudes de la obra de Calder: la luz, el aire, la sombra y el espacio, con una inestabilidad que late por la ligereza de los materiales que utilizaba en una danza suave y armónica.
También durante el recorrido se pueden observar pinturas tridimensionales en movimiento que preceden las investigaciones de Calder para lo que sería una de sus obras maestras, Mercury Fountain (Fuente de mercurio), encargada para el Pabellón Español de la Exposición Internacional de París de 1937, y que se presenta en la exposición en forma de maqueta, aunque permite que se vea fluir el mercurio. A partir de ahí vemos una serie de obras abstractas desde los años treinta hasta los cincuenta, cuyas formas y movimientos existen en paralelo al mundo vegetal y animal: Four Leaves and Three Petals (Cuatro hojas y tres pétalos) de 1939; Eucalyptus (1940) y Buganvilla (1947).
Otro de los aspectos reveladores de la retrospectiva son las joyas, concebidas como esculturas portables que siguen el movimiento del cuerpo y en las que Calder combinó latón, cobre, acero, oro y alambre de plata o incluso vidrio para dejarnos una huella única en broches, collares, pendientes o anillos. Y qué decir de sus Constelaciones, a base de madera pintada y ensamblajes de elementos de color para dejarnos esos pequeños cosmos.
Los comisarios no siempre han querido ceñirse a la cronología y por eso deslumbran los mobiles de gran formato del escultor norteamericano, entre ellos Black Clouds (c. 1939), Red Maze III (1954) y Quatre Systèmes rouges (1960), cuyo potencial se despliega en un espacio completamente abierto. La Grande vitesse (maqueta intermedia 1:5, 1969) desempeña un papel estabilizador, y constituye una introducción a las esculturas monumentales al aire libre a las que Calder se dedicaría posteriormente y que pueden admirarse en los jardines de la Fundación Louis Vuitton para seguir enriqueciendo nuestra mirada con la altura de dos genios de los siglos XX y XXI: Calder y Gehry en esa relación fructífera.



