La elegancia del grabado japonés en la Real Academia de San Fernando

La elegancia del grabado japonés en la Real Academia de San Fernando

La exposición Bellezas del mundo flotante, concebida por la Calcografía Nacional, ha sido organizada conjuntamente por la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y el Ayuntamiento de Madrid, con la colaboración de la Diputación Provincial de Zaragoza. Hoy ha abierto sus puertas al público una muestra refinada con alrededor de 80 piezas de la Colección Pasamar-Onila, que ha atesorado en algo más de 12 años un singularísimo conjunto que no solo destaca por su cantidad sino por la calidad y diversidad de las estampas del género bijin-ga (imágenes de mujeres bellas) extraídas por la pericia y el talento de los hombres artistas durante el siglo XVIII y XIX, que tanta fascinación despertaron en Occidente desde el impresionismo y luego con las vanguardias. La muestra permanecerá abierta en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando hasta el 31 de mayo.

Bellezas del mundo flotante. Bijin-ga en la edad de oro del ukiyo-e. Colección Pasamar-Onila, reúne alrededor de 80 piezas en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y ha sido comisariada por Ricardo Centellas, gerente del Consorcio Goya Fuendetodos, Diputación de Zaragoza; y por Daniel Sastre Vega, gran especialista en la cultura japonesa y del Centro de Estudios de Asia Oriental en la UAM.  En paralelo a la iconografía de actores de kabuki, la representación de la mujer, bijin-ga, fue el género más popular del ukiyo-e. La exposición reúne una elaborada síntesis de manifestaciones de bijin-ga en los maestros clásicos de la edad de oro del grabado japonés, entre el último tercio del siglo XVIII y la primera mitad del XIX.

Además de preciosas estampas en formato ōban, el más común de la época, también se exhibe un grupo de insólitas hashira-e, ‘imágenes de pilar o columna’, dípticos verticales o kakemonos, sofisticados trípticos y un excepcional políptico de seis hojas, además de un admirable conjunto temático, capaz de cautivar por su luminosidad, sensualidad y elegancia.

En la presentación estuvieron presentes el director de la Real Academia, Tomás Marco; el director general de Bibliotecas, Archivos y Museos del Ayuntamiento de Madrid, Emilio del Río; el embajador de Japón, Yamauchi Hiroshi; el coleccionista Víctor Pasamar, visiblemente emocionado al hablar de su pareja Marian Emil Onila, con la que compartió su pasión y que falleció hace cinco años.

Isoda Koryūsai (1735-1790).[La cortesana] Miyato de [la Casa] Kado Tamaya. Serie ‘Modelos de moda: diseños de Año Nuevo tan frescos como hojas tiernas’, c. 1778-1780. Nishiki-e, ōban, 380 x 255 mm. Bijin-ga Colección Pasamar-Onila
Kitagawa Utamaro (c. 1753-1806). Pesca en Iwaya, en la isla de Enoshima, c. 1790 Nishiki-e, ōban, tríptico, 385 x 244 mm c.u. Bijin-ga. Colección Pasamar-Onila

Ricardo Centellas subrayó la generosidad de Víctor Pasaban que, en poco más de una década, ha conseguido reunir más de un millar de piezas, de las que casi 300 las ha donado al Museo de Zaragoza y ahora con esta muestra de los mejores artistas de la tradición del grabado japonés refuerza su profesionalidad y rigor en la búsqueda de obras maestras japonesas. El otro comisario, Daniel Sastre de la Vega, añadió que la belleza femenina es un hilo conductor en el recorrido y en la selección de las piezas del período Edo, mujeres representadas por hombres, que supieron reflejar seres humanos bellos, rectos y alfabetizados, en una superficie capaz de registrar infinidad de detalles en ese juego de ficción que representan, en formatos verticales, horizontales o cuadrados, que desprenden una rica narrativa.

Javier de Blas, subdelegado de Calcografía Nacional, dijo que el título refleja uno de los aspectos más tradicionales del arte japonés, que tanto fascinó a impresionistas y primeras vanguardias: la pasión por el vivo colorido, el buen gusto y sofisticación que desprende sensualidad en un período de paz que duró 250 años y que fue tan fructífera en lo artístico.  Además explicó con detalle la diferencia entre las xilografías y el grabado a la fibra que caracterizó a estos artesanos y artistas japoneses, poseedores de una técnica que les permitió alcanzar un virtuosismo, tanto en la utilización de tacos como en la degradación del color.

Utagawa Kuniyoshi (1798-1861) Refrescándose al atardecer en Ryōgoku, 1847-1848. Nishiki-e, ōban, tríptico, 346 x 234 mm c.u. Bijin-ga Colección Pasamar-Onila

Aunque el ukiyo-e ya dio buenos ejemplos cuando la capital era Kioto, fue más adelante al trasladarse el sogunado Tokugawa en Edo, hoy Tokio, cuando las ‘imágenes del mundo flotante’ alcanzaron su máximo esplendor. Durante el período Edo (1615-1868), el fenómeno se desarrolló en las ciudades, particularmente en la capital.

La esencia del ukiyo-e giró en torno al ideal de sofisticación, iki, como modelo de comportamiento y expresión formal. Desde esa construcción teórica, las escenas y sus protagonistas, así como las propias estructuras compositivas, responden a una concepción idealizada de lo real que se traduce en el empleo de estereotipos y sistemas de representación canónicos.

En el género bijin-ga las imágenes remiten preferentemente a las cortesanas de alto rango de los barrios del placer, en particular las oiran del distrito de Yoshiwara en Edo, representadas solas o en compañía de sus jóvenes kamuro. Ahora bien, los artistas ukiyo-e no sólo prestaron atención a las refinadas geishas de Yoshiwara, además, apreciaron la belleza femenina en las escenas de género, captando la dignidad de la mujer ocupada en sus actividades cotidianas o en la privacidad de su hogar, leyendo o escribiendo poesía, y también viajando por los lugares famosos de Edo, el monte Fuji, el río Sumida, la isla Enoshima.

En las casi 80 piezas que conforman la exposición hay ejemplos valiosos de los maestros clásicos de la edad de oro del grabado japonés, entre el tercio final del siglo XVIII y la primera mitad del XIX. El recorrido comienza son cinco estampas de Suzuki Harunobu (1724-1770) impulsor de la técnica nishiki-e para crear composiciones en policromía con las que superar la práctica de iluminar a mano los diseños monocromos.

La languidez formal de Harunobu fue asimilada por las delicadas figuras de Isoda Koryūsai (1735-1790), luego impugnada con la corpulencia femenina de las representaciones de Torii Kiyonaga (1752-1815), hijo de un vendedor de libros, y el estilo preciosista de Kitao Masanobu (1761-1816), pseudónimo del afamado poeta y dramaturgo Santō Kyōden.

Notables e inusuales estampas, entre ellas las insólitas hashira-e, ‘imagen de pilar o columna’, creadas por Koryūsai, Kiyonaga, Katsukawa Shunchō (c. 1750-1821), Katsukawa Shun’ei (1762-1819), Tamagawa Shūchō (activo entre 1789 y 1804) y Utagawa Kuninao (1793-1854), dan continuidad a la muestra y ponen de relieve el rigor y exigencia de Víctor Pasamar para formar una colección en búsqueda de piezas de gran rareza, dada la dificultad para encontrar hashira-e por ser escasas las que han pervivido en un aceptable estado de conservación debido a su función y uso en espacios exteriores.

Utagawa Hiroshige (1797-1858). [La ciudad de] Ejiri. La bahía de Miho. La historia del pino de Hagoromo. Serie ‘Emparejamientos a lo largo de las 53 Estaciones del Tōkaidō’, c. 1845. Nishiki-e, ōban, 340 x 245 mm. Bijin-ga, fukei-ga, meisho-e Colección Pasamar-Onila
Utagawa Kunisada (1786-1865). La casa de baños de Akashi, 1847-1852 Nishiki-e, ōban, políptico de seis hojas, 344 x 243 mm c.u.Bijin-ga, genji-e Colección Pasamar-Onila

Entre todos los artistas japoneses que cultivaron la especialidad bijin-ga, un salto cualitativo lo protagonizó el maestro Kitagawa Utamaro (c. 1753-1806). Un virtuoso capaz de extraer delicados matices  de los estados emocionales al encontrar la expresión facial de la belleza femenina en retratos de busto, ōkubi-e. En la Colección Pasamar-Onila hay buenos grabados de Utamaro,  con nueve estampas de la mejor época de este grabador, entre las que destaca una escena de género resuelta en forma de tríptico, Pesca en Iwaya, en la isla de Enoshima, de hacia 1790. Su influencia se observa en dos hojas de un tríptico de Kitagawa Tsukimaro (c. 1794-1836), con esa silueta del monte Fuji; y  en dos estampas de Kitagawa Utamaro II (1789-1830), capaz de fijar a cortesanas acompañadas por sus sirvientas y adornadas con impresionantes arreglos en moños de más de diez agujas.

Otro ejemplo interesante fue Kikugawa Eizan (1787-1867) y su seguidor, Keisai Eisen (1790-1848), descendiente de una casta samurái. Las cuatro estampas de sus respectivas autorías ilustran bien la duradera secuela del refinamiento de Utamaro y, simultáneamente, la pulsión al exceso ornamental de las vestimentas y al amaneramiento del estilo cuando se superó el primer cuarto del siglo XIX.

Sin embargo no debemos olvidar en la escuela de ukiyo-e a la  Utagawa, cuyas imágenes llenaron el panorama del arte gráfico japonés en la etapa final del período Edo. La hegemonía de esa escuela durante el siglo XIX se explica en gran medida por sus numerosas ramificaciones y por la transmisión de conocimientos a lo largo de generaciones sucesivas de maestros de maestros: Toyohiro tuvo como discípulo a Hiroshige, y Toyokuni a Kuniyoshi y Kunisada, sin citar a muchos otros grandes artistas, incluidos sus respectivos discípulos. De Utagawa Hiroshige (1797-1858), el célebre cultivador del paisajismo japonés, se han escogido diez estampas reunidas en las series Imitaciones de cien poemas y Emparejamientos a lo largo de las cincuenta y tres estaciones del Tōkaidō.

Otras diez obras llevan la firma de Utagawa Kuniyoshi (1798-1861), entre ellas tres valiosos trípticos en los que se manifiesta el progresivo agotamiento de las imágenes de cortesanas de los barrios del placer y una preferencia cada vez más acusada por los relatos sociales propios de la temática fūzoku-ga. Superando en fama a los dos anteriores, Utagawa Kunisada (1786-1865) fue uno de los más prolíficos maestros del ukiyo-e y del género bijin-ga. Antes de irrumpir la nueva sensibilidad de la era Meiji, Kunisada puso fin a la nómina de los grandes referentes de la estampa japonesa.

La exposición permite deleitarse con dos conjuntos suyos alusivos a una de las publicaciones imprescindibles de las letras niponas, Genji monogatari, La historia del príncipe Genji, considerada la primera novela de la literatura universal. Fue escrita en torno al año 1000 por una culta mujer de la corte imperial, Murasaki Shikibu (c. 978-1025), y constituyó una fuente iconográfica habitual del ukiyo-e.

Y un capítulo sobresaliente lo protagoniza el magnífico catálogo que acompaña a la muestra y que aporta conocimiento de la Edad de Oro del grabado japonés. La exquisita edición, además de una cuidada fotomecánica y gusto por los detalles, incluidos algunos desplegables, reúne un texto introductorio de Tomás Marco, director de la Academia; y dos ensayos de los comisarios: una serie de conversaciones de Ricardo Centellas con Victor Pasamar y la pasión por el coleccionismo; y otro de Daniel Sastre acerca de los arquetipos de belleza fememina en la estampa japonesa del período Edo. Todo coordinado por Javier Blas y con diseño de Isolina Dosal, siempre atentos al virtuosismo de las composiciones de estos maestros.

Utagawa Sadahide (1807-1873). Cortesanas de la Casa Tamaya sita en Edo-machi icchome. Serie 'Aposentos temporales de Shin Yoshiwara, 1843-1847, Nihiski-e, oban, tríptico, 370 x 264 mm c.u. Bijin-ga. Colección Pasamar-Onila