Simone y Bowie en la memoria de Steve McQueen
El Museo Guggenheim Bilbao presenta hasta el 21 de febrero una ambiciosa instalación sonora del cineasta y fotógrafo británico Steve McQueen, bajo el título 66 –76 –26 , que reúne dos inspiradoras grabaciones para él de Wild is the Wind, primero la interpretación de la gran cantante Nina Simone (1933-2003) en 1966 del tema de Dimitri Tiomkin y Ned Washington; y la versión de David Bowie (1947-2016) de 1976, ambas desprovistas de toda instrumentación y presentadas a capella en una sala a oscuras, gracias a dos voces inigualables, que se van superponiendo y alternando, en las décadas de los años 60 y 70, conectadas por el tiempo. La muestra está comisariada por Lekha Hileman, conservadora del Guggenheim Bilbao y patrocinada por la aseguradora Occident.
Un creador transversal como Steve McQueen, que ha transitado de un modo libre por el cine y la fotografía, muy influido por la música, entre otras disciplinas, ahora permite que los aficionados puedan disfrutar de una instalación sonora y a oscuras, que parte de la fascinación que Will is the Wind (salvaje es el viento) suscitó en él. McQueen escuchó primero la grabación de David Bowie a mediados de los 90, fechada en 1976, y con afán retrospectivo la de Nina Simone que data de 1966, regresando una y otra vez a la complejidad emocional acentuada por el paso del tiempo. Una propuesta para escuchar y sentir en torno a la letra de una canción de amor sin música pero con la fuerza de la palabra.
Como ha señalado el propio MᶜQueen, la canción nunca termina de encajar en un único género: en parte canción de amor, en parte elegía, y en parte grito de nostalgia, nunca deja de suscitar nuevas emociones, desde la voz suave y atenuada de Nina Simone prolongando las notas de los registros potentes y desgarrados de David Bowie.
El título responde al año que grabó la canción Nina Simone (1966); el año que la grabó Bowie diez años después (1976); y 2026, cincuenta años después por ser el año de presentación en el Museo Guggenheim Bilbao.
Para McQueen lo más esencial de ambas grabaciones quizá sean los matices de la voz humana. Por un lado, en la sala la voz de Nina Simone emerge y se superpone o continúa desde una lado de esa misma sala a oscuras y oor otro la de David Bowie interpelándola desde el otro extremo, estableciendo una interacción de dos voces que interpela a los visitantes sentados en unos bancos o en el suelo . Dentro de un espacio escultórico y en negro para quedarnos en la soledad que ayuda a que esas dos voces inconfundibles habiten ese lugar a través del tiempo y el espacio, lo que permite superar la distancia en el tiempo.
La obra invita a reflexionar no solo sobre el perdurable hechizo de la canción, sino también sobre las condiciones sociales y políticas por las que han transitado estas dos grabaciones: creadas en periodos convulsos, marcados por la agitación, la incertidumbre y la transformación, desde el movimiento por los derechos civiles, la guerra del Vietnam o el Watergate, entre otros, las interpretaciones que conectan ciertamente con algunos del momento actual.
La instalación de Steve McQueen en el Guggenheim Bilbao, que se abre al público mañana, transforma la galería de la planta baja del museo, tenuemente iluminada, concebida para potenciar la experiencia acústica. Privados de distracciones visuales, más allá de la fuente del sonido, los aficionados son profundamente conscientes del sonido, el silencio, la respiración y el transcurso del tiempo. Tal y como la describe el creador inglés, la pieza se basa en la concepción del silencio como material activo: una idea que él asocia con el interés de Miles Davis por los espacios entre las notas, donde el significado surge no solo de lo que está presente, sino también de lo que se omite. Ese principio conforma la estructura de 66 –76 –26, donde las pausas, las respiraciones, la expectación y los intervalos se vuelven tan importantes como las propias voces.
Esa reducción no es un ejercicio minimalista, sino una intención de llegar a lo más importante. McQueen ha dicho que su deseo era eliminar el ruido y centrarse en lo fundamental: preguntarse qué queda cuando se retira todo lo superfluo y si lo que queda se sostiene.
En esta obra, el centro de esa pregunta lo ocupan dos voces que se entrelazan y la intensidad que transmiten los versos desnudos que definen la canción. “El amor es lo único por lo que vale la pena vivir y también morir”, ha dicho McQueen sobre el anhelo que destilan ambas actuaciones. “Con todo lo que estaba sucediendo en el mundo, todo se reduce a eso. Es lo único”.
En obras recientes como Bass (Bajo , 2024), Atlas (2026) y Sin título (2025), Mc Queen se ha adentrado cada vez más en el sonido, la luz y la percepción como materiales primarios. En lugar de construir relatos por medio de imágenes en movimiento, estas piezas exploran cómo los fenómenos inmateriales pueden moldear la experiencia corporal y la atención colectiva. En 66 –76 –26 profundiza en esa línea, ampliando la investigación que viene desarrollando el creador inglés sobre el modo en que las obras de arte pueden operar más allá del marco.
La exposición está acompañada de un catálogo ilustrado, obra de la reconocida diseñadora gráfica holandesa Irma Boom. La publicación, concebida como una prolongación de la instalación, más que como mera documentación, reúne material fotográfico y de archivo relacionado con Nina Simone y David Bowie, junto con textos escritos expresamente para la ocasión.
El libro además incluye una conversación entre McQueen y la comisaria Lekha Hileman que abarca desde la génesis de la obra y el eterno encanto de la canción hasta la trayectoria de una labor artística que siempre ha explorado los límites de lo que el arte puede exigir a su espectador, pasando por un ensayo reciente de la historiadora del arte y artista Cora Gilroy -Ware, que analiza el legado cultural y artístico de Simone y Bowie.
El catálogo propone un continuum de la exposición, un diálogo entre imagen y sonido, presencia y ausencia, intimidad e interpretación, y se pregunta por qué estos dos artistas tan singulares siguen resonando a través de varias generaciones. Parece que la música une sin que importe el paso del tiempo.
Como una actividad complementaria, el Guggenheim Bilbao ha programado un ciclo de cine dedicado a la producción cinematográfica de McQueen, que ofrecerá al público la oportunidad de reflexionar sobre la relación entre su trabajo en el celuloide y en la galería, que subraya la influencia que la música ha tenido y tiene en su obra. Si bien las películas de M ᶜQueen han cosechado un enorme éxito internacional entre ellas 12 años de esclavitud, que consiguió tres Óscar en 2013, hubo otras cuatro largometrajes anteriores y posteriores como Hunger (2008), Shame (2011), Viudas (2018) y Blitz (2024), también han merecido el reconocimiento internacional en Cannes y otros festivales.
Tanto en su instalación actual 66 –76 –26 como en otros documentales y series McQueen pone en el centro los temas que inspiran su torrente creativo: la percepción, la plasmación, la memoria, la duración y la capacidad del arte para crear espacios de reflexión y encuentro.
A lo largo de su extensa trayectoria ha expuesto individualmente en el Art Institute of Chicago (2012); en el Schaulager de Basilea (2013); en la Whitworth Art Gallery de Mánchester (2017); y en el Institute of Contemporary Art de Boston (2017). Ha representado a Gran Bretaña en la 53ª Bienal de Venecia en 2009, ha recibido el Premio Turner en 1999 y el Premio Rolf Schock de Artes Plásticas en 2024. Actualmente vive entre Londres y Ámsterdam y fue nombrado Oficial de la Orden del Imperio Británico (OBE) en 2002 y Comandante de la Orden del Imperio Británico (CBE) en 2011. Fue investido caballero en la lista de honores de Año Nuevo de 2020.



