Whistler y sus polémicos lienzos nocturnos llegan a Londres
La muestra de la Tate Britain cuenta con 150 obras del artista estadounidense, que van de sus lienzos más famosos a trabajos inéditos hasta el momento. Entre las piezas más destacadas, se encuentran sus paisajes nocturnos del Támesis, que llegaron a valerle el destierro de la ciudad a la que ahora regresa con la mayor retrospectiva en 30 años.
Si hay una cualidad que destaque especialmente en la obra de James McNeil Whistler es su habilidad para crear atmósferas y sumergir a sus modelos en una especie de luz especial que le distingue del resto de pintores. El estadounidense fue, en este sentido, un artista experimental que se adelantó, en plena época victoriana, al arte posterior, aunque esto acabase costándole más de una desgracia.
Sin embargo, su talento no fue de esos que surgen de la nada. Desde temprana edad recibió formación como artista, además en distintos puntos del globo, lo que quizá le dotó del marcado carácter cosmopolita que puede apreciarse en toda su obra.
La exposición que le dedica la Tate Britain, que podrá visitarse hasta el próximo 26 de septiembre, ahonda precisamente en esta etapa inicial y hasta ahora inexplorada de su trayectoria.
Para ello, se exhiben por primera vez los cuadernos de dibujo que realizó en la Academia Imperial de las Artes de San Petersburgo. También en la Academia Militar de WestPoint, Estados Unidos, junto con algunos de los trabajos que realizó cuando, a los 21 años, se mudó a París en busca de la vida bohemia.
Allí se codeó con artistas como Degas y comenzó a mostrar interés por plasmar la clase trabajadora parisina. De esta época la muestra cuenta con grabados, pinturas al óleo en las que plasmaba a sus amigos y con el autorretrato Whislter Fumando, que no había vuelto a exponerse desde su fallecimiento.
De igual modo, pueden contemplarse muchos otros autorretratos suyos, pues fue uno de los géneros que más practicó. Entre ellos se encuentra El artista en su estudio, colgado en una sala en la que se ha recreado el propio lugar de trabajo del pintor.
En él se exponen sus dos imponentes figuras de cuerpo entero de la pintora Maud Franklin, así como algunas piezas de artes decorativas que el artista coleccionaba: cerámica de Asia Oriental, grabados japoneses e incluso muebles diseñados por él mismo, además de su caballete, paleta y pinceles, que le permitieron realizar las obras que pueblan ahora los pasillos del museo londinense.
Tampoco podía faltar su icónico Arreglo en gris y negro: retrato de la madre del pintor, que se expone junto a otro retrato de sí mismo y a un tercero de su hermano, en los que se aprecia una atmósfera íntima, construida sobre todo a base de la luz y la pincelada suelta, que ya va prefigurando lo que será el impresionismo.
Esta forma de pintar es también evidente en sus paisajes, otro de los principales géneros que cultivó Whistler, en los que se aprecia además su voluntad por captar el progreso y la modernidad, protagonistas de esos lienzos en los que muestra el Támesis industrializado.
Destacan sus escenas nocturnas, en las que la exposición ha hecho especial hincapié, mostrando la mayor colección que haya podido verse en 30 años, momento en el que se realizó la última gran monográfica dedicada al autor en Europa. Se trata de obras en las que predominan los tonos azules y grisáceos, de trazo sumamente libre y suelto, en las que se intuyen las orillas del Támesis con sus fábricas y jardines iluminados. En ocasiones incluso con fuegos artificiales coronando los cielos oscuros de las composiciones.
Estas piezas, que representaban para el artista un ideal muy personal de belleza y funcionaban como campo de experimentos, fueron muy polémicas en su momento, provocando acaloradas discusiones entre creadores, mecenas y expertos. De hecho, acabaron suponiendo su perdición, pues desencadenaron el litigio judicial que supuso su bancarrota y posterior exilio de la capital británica, a la que no volvió durante años.
Todo por culpa de su enfrentamiento con el crítico John Ruskin, que no aprobaba sus nocturnos desdibujados porque creía que la belleza venía de la mano de una representación fiel y concreta de la realidad.
De su Nocturno en negro y oro: el cohete que cae, el crítico llegó a decir que Whislter prácticamente había «arrojado un bote de pintura a la cara del público» y tenido la desfachatez de cobrar una gran cantidad de dinero por ello. No lo dijo precisamente con el tono con el que lo interpretaríamos hoy en día, cuando una obra así de un artista que murió en 1903 nos haría considerarle, cuanto menos, un visionario adelantado a su tiempo.
El pintor denunció al crítico por difamación, lo cual avivó el debate público sobre lo que es el arte y lo que debería ser, adelantándose también a la posterior llegada de la abstracción y otros movimientos alejados de la representación fiel.
Aunque Whistler ganó el juicio, se le ofreció como compensación una cantidad tan irrisoria que en ningún caso cubría los gastos que le había acarreado el proceso. Esto, sumado a otras deudas y complicaciones con su mecenas, lo llevaron a declararse en bancarrota y marcharse a Venecia, donde pintó algunas de las obras cumbre de su carrera.
Finalmente, el artista pasó sus dos últimas décadas entre Gran Bretaña, Europa y el Norte de África, volviéndose cada vez más experimental y exponiendo sus piezas en espacios con colores claros y mobiliario minimalista, adelantándose nuevamente a su tiempo y prefigurando el posterior concepto de cubo blanco, presente hoy en la mayoría de galerías del mundo.
Quizá, si Ruskin resucitase y contemplase el panorama artístico actual le reconocería a Whistler su carácter visionario. O tal vez le echaría parte de la culpa de que el arte sea como es ahora. Pero lo que en ningún caso podría negarle es que, a pesar de todo, el artista dedicó toda su vida a perseguir su concepto de belleza, a innovar, a dedicarse a la pintura en el que creía y que, tal y como la exposición de la Tate demuestra, más de cien años después de su muerte si ha obtenido su reconocimiento. Sofía Guardiola



