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Un viaje en el tiempo por las Poesías de Tiziano

Junto a Rafael, Tiziano fue otro de los grandes nombres del renacimiento italiano. Al primero lo abordamos la semana pasada al hilo de la conmemoración del quinto centenario de su muerte en Roma en 1520. Ahora le toca el turno al veneciano, al que la National Gallery de Londres dedica una gran exposición en torno a las Poesías pintadas para Felipe II y que después itinerará al Museo del Prado. Ocultas tras los muros del Alcázar de Madrid durante más de un siglo y medio, tres de ellas fueron regaladas por Felipe V en 1704 y abandonaron nuestro país. En las próximas líneas nos acercaremos a ellas.


Felipe IV, también conocido en su época como «Felipe el Grande» o el «Rey Planeta», no sólo poseyó la colección de pinturas de Rafael más importante fuera de Italia. Si hubo un pintor que le fascinó por encima de todos los demás, ese fue Tiziano. Y lo demostró con creces, emulando a su abuelo, Felipe II, al reunir, al final de su reinado, el mayor conjunto de cuadros del veneciano jamás visto. Retratos, pinturas devocionales y mitológicas, adornaron los principales edificios de la monarquía hispánica, el Alcázar y el monasterio de El Escorial. De entre todas ellas, un selecto grupo fue el que mayor interés despertó en el monarca, hasta el punto de dar nombre a una de las estancias más famosas y a la vez desconocidas de su palacio madrileño, las famosas «Bóvedas del Tiziano». Nos referimos, claramente, a las Poesías.

El relato de esta fascinante historia se remonta a 1548 y tiene como protagonistas a un príncipe, un pintor y una ciudad. El 2 de octubre de dicho año, el aún príncipe Felipe – futuro Felipe II– iniciaba el conocido como «felicísimo viaje», un periplo que le llevaría a los Países Bajos, pasando por Italia, para conocer a sus futuros súbditos. En diciembre, Felipe visitó Milán y allí conoció en persona a Tiziano, quien parece que le acompañó durante parte de su camino hacia Habsburgo. Acababa de fraguarse una de las alianzas artísticas más importantes de la historia del arte occidental, que llevó al encargo y la realización, desde 1553 hasta 1562, de una serie de pinturas mitológicas inspiradas en las Metamorfosis de Ovidio: las Poesías.

Desde Venecia, el pintor fue remitiendo, primero al Príncipe y, a partir de 1558, al nuevo rey, un total de seis pinturas (1). Sólo una de ellas, Venus y Adonis (P422), permanece en el Museo del Prado. De Perseo y Andrómeda (Londres, Wallace Collection) poco se sabe, pues los inventarios antiguos sitúan, al menos desde principios del XVII, una copia en las colecciones reales, esta también conservada en el Prado (P3871). Dánae (Londres, colección Wellington) fue robada por José Bonaparte durante la Guerra de la Independencia (1808-1814). De las otras tres, a saber, Diana y Calisto y Diana y Acteón (Edimburgo, National Gallery of Scotland), y el Rapto de Europa (Boston, Isabella Stewart Gardner Museum), nos ocuparemos a continuación.

Se sabe muy poco de las pinturas en España durante el reinado del Rey Prudente, más allá de su colocación, a partir de 1585, en unas «bóvedas» en sus aposentos privados del Alcázar de Madrid. Situada en la Torre Dorada en la fachada principal del edificio, junto al Jardín de los Emperadores, este espacio de acceso restringido al monarca acabaría configurándose, décadas más tarde y a instancias de Velázquez, en lo que hoy conocemos como las «Bóvedas del Tiziano».

Pero antes de establecerlas ahí, el joven Felipe IV las había trasladado a otro lugar, también remoto e inaccesible, de su palacio: el Cuarto Bajo de Verano. Este aposento estival de la familia real en el Alcázar se situaba, en dos niveles en sentido descendente, en la cara noroeste del edificio. Allí alcanzaron a ver las Poesías, primero, Cassiano del Pozzo en 1626 y dos años más tarde Rubens, quien tuvo el privilegio de poder copiarlas. El documento más preciso de este conjunto es el Inventario del Alcázar de Madrid de 1636, gracias al cual sabemos que los cuadros se encontraban exactamente en la llamada «Pieza última de las bóvedas que tiene ventana al jardín de levante, en que Su Majestad se retira después de comer» (2).

Poco antes de la marcha de Velázquez a Italia en 1649, el rey y su pintor debieron tomar la decisión de trasladar el conjunto, notablemente ampliado con nuevas compras y con la inclusión de pinturas de Rubens, Veronés y Tintoretto, al lugar donde originalmente habían estado dispuestas en tiempos de Felipe II. La documentación hallada en los últimos años ha permitido conocer con detalle el transcurso de las obras desde mayo de 1650 hasta abril de 1652 (3).

Los muros de este espacio se recubrieron de piedra, adornados con frisos y cornisas. Los testeros de las salas se adornaron también con fachadas fingidas labradas igualmente en piedra. En este fastuoso espacio, donde las pinturas se alternaban con los vaciados en yeso traídos por Velázquez de Italia, Felipe IV pudo gozar de uno de los conjuntos artísticos más famosos y enigmáticos. Para acceder hasta allí se construyó una escalera que descendía desde la Pieza Ochavada, en el corazón ceremonial del palacio, hasta el Cuarto del Príncipe. Desde allí, pasando por la puerta que José Nieto acababa de abrir en Las meninas, se llegaba a este recóndito espacio.

Pero como siempre ocurre, poco o nada permanece unido para siempre, y esta no iba a ser una excepción. Entre las consecuencias de la Guerra de Sucesión, que llevaron al trono español al candidato francés Felipe V, no sólo hubo bajas personales. También sufrió el patrimonio real. Además del saqueo de El Pardo, el nuevo monarca quiso agradecer a los suyos la ayuda recibida. Y nada mejor que regalar algunas de sus pinturas más célebres. Así es como fueron sacadas de las  «Bóvedas del Tizianos», por orden expresa del rey, Diana y Calisto, Diana y Acteón y el Rapto de Europa, que en noviembre de 1704 fueron entregadas al embajador francés en Madrid, Antoine V, IV duque de Gramont (1671-1725).

Antes de su muerte, los tres cuadros estaban ya en poder de Felipe de Orleans (1674-1723), regente de Francia durante la minoría de edad de Luis XV (4). Permanecieron en poder de sus herederos hasta la venta de la colección en Londres en 1798. Comenzaba así su definitiva diáspora. Diana y Calisto y Diana y Acteón fueron adquiridos por el duque de Bridgewater. Posteriormente, recalarían en manos del duque de Sutherland hasta que, hace unos pocos años, se han integrado en las colecciones estatales británicas. Por su parte, el Rapto de Europa fue adquirido, primero, por el duque de Bridgewater. En 1804 se puso de nuevo a la venta y, tras pasar por varios propietarios, fue adquirido en 1896 por Isabella Sewart Gardner, adelantándose a los museos estatales berlineses, para su museo privado en Boston. Hoy es una de sus joyas más preciadas.

Este brillante conjunto podrá volver a verse unido cuando la National Gallery de Londres reabra sus puertas. Mientras tanto, os dejamos con un enlace a un vídeo que el museo británico ha subido a su canal de Youtube.


 

(1). Falomir, Miguel. «Poesías para Felipe II». En Idem (dir.). «Dánae y Venus y Adonis, las primeras poesías de Tiziano para Felipe II». Boletín del Museo del Prado, número extraordinario, 2014, pp. 7-15.

(2). Martínez Leiva, Gloria y Rodríguez Rebollo, Ángel. Quadros y otras cosas que tiene Su Magestad en este Alcázar de Madrid. Año de 1636. Madrid: Fundación Universitaria Española, 2007, pp. 181-184.

(3). Martínez Leiva, Gloria y Rodríguez Rebollo, Ángel. El inventario del Alcázar de Madrid de 1666. Felipe IV y su colección artística. Madrid: Polifemo, 2015, pp. 109-121.

(4). Gaya Nuño, Juan Antonio. Pintura europea perdida por España. De Van Eyck a Tiépolo. Madrid: Espasa-Calpe, 1964, pp. 80-81, nº cat. 256-258. Véase también Martínez Leiva y Rodríguez Rebollo, 2015, Op.cit., pp. 600-603, nº cat. 940-942.

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