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Tàpies, invitado de excepción en el Chillida Leku

El museo que acoge el legado del escultor vasco reúne casi una veintena de trabajos de Antoni Tàpies que muestran las similitudes en cuanto a materiales e intereses con su gran amigo Eduardo Chillida. Es el primer artista invitado que protagoniza una exposición temporal en el caserío Zabalaga.


Nunca antes se había expuesto en Zabalaga a un autor que no fuese Eduardo Chillida, dueño, rehabilitador y protagonista indiscutible de este edificio del siglo XVI. Pero quien ocupa ahora las salas de la planta superior no es un autor cualquiera, sino su querido y admirado Antoni Tàpies. “No podía ser otro”, confiesa Mireia Massagué, directora del Chillida Leku. “Sin duda, la obra y la figura de este pintor son perfectas para entablar un diálogo con el legado histórico del escultor donostiarra”.

Se conocieron en la Bienal de Venecia de 1958 y desde entonces coincidieron en varias ocasiones. En la década de los sesenta compartieron la misma galería –Maeght– y trabajaron en los mismos hornos del ceramista Hans Spinner. En 1985 expusieron juntos en Europalia y ambos mantuvieron una misma predilección por la obra gráfica, los libros de artista y las colaboraciones con poetas.

Además de esos intereses comunes, Chillida y Tàpies tuvieron trayectorias paralelas. Los dos estudiaron carreras que luego abandonaron –el primero Arquitectura, el segundo Derecho– y gozaron del apoyo por parte de la crítica desde bien temprano. De igual modo, representan como pocos la esencia de su tierra: País Vasco y Cataluña respectivamente, de donde prácticamente apenas salieron.

Ahora la exposición Tàpies en Zabalaga rememora parte de esa relación a través de 17 obras del autor catalán fechadas entre 1968 y 2002, la mayoría procedentes de la Fundación que lleva su nombre. Se trata de la primera colaboración del Chillida Leku con una institución cultural desde su reapertura hace dos años y es posible que sea la primera de más exposiciones temporales organizadas en el caserón adquirido por el propio Eduardo y su mujer Pilar el siglo pasado.

“Sin duda, la obra y la figura de Tàpies son perfectas para entablar un diálogo con el legado histórico del escultor donostiarra”, Mireia Massagué.

El recorrido de la muestra tiene como hilo conductor la materia, esa que tanto se deja sentir en las obras gestuales de Tàpies. Una enorme zapatilla esculpida en tierra chamota –material que también utilizó el donostiarra– da la bienvenida al visitante, que enseguida se ve rodeado de objetos que remiten al ámbito cotidiano como un botijo, un escritorio o un libro.

La exposición acoge nueve esculturas de mediano formato, a las que se suman tres pinturas y dos murales (uno de ellos, hecho en lava, es la primera vez que sale de la Fundación Antoni Tàpies). Todos dejan constancia de la huella que dejan los objetos sobre las composiciones del catalán, aunque luego estos desaparezcan físicamente.

En Huella de cesta sobre ropa, por ejemplo, destaca el vacío dejado por esa bolsa con asas que en origen presidió la escena y cuyo rastro todavía se percibe en el centro de la obra. Esta pieza fue un regalo del pintor a su amigo vasco, de hecho presidió el salón de la familia Chillida durante años.

Tàpies en Zabalaga, que podrá verse hasta el 10 de enero de 2022, se completa con varias láminas pertenecientes a tres libros de artista realizados en colaboración con Rafael Alberti –quien le dedica uno de sus poemas–, Joan Brossa –Poems from the Catalan–y Jacques Dupin (La nuit grandissante).

En la planta baja del caserío, Chillida recupera su protagonismo y muestra, entre otras piezas, tres esculturas realizadas en esa misma tierra chamota que tanto sedujo a su compañero. Feliz reencuentro, por tanto, de maestros y legados que no hacen sino confirmar el respeto que ambos sentían por la materia. Sol G. Moreno

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