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CIEN MIL DRONES
Tiene lógica. En un mundo líquido donde todo cambia a toda velocidad, el mercado del arte no podía ser una excepción. Galerías que abren en París y al año siguiente se trasladan a Hong-Kong; museos que cierran sus puertas durante años y se dedican a exponer sus fondos allá donde más les pagan; colecciones históricas que se deshacen sin que nadie derrame una lágrima por ellas… y exposiciones que se convierten –ya lo eran– en un espectáculo lúdico-gastronómico donde las obras de arte son meras figurantes.
Pero esto es lo que hay. El nuevo museo de El Cairo lo ha mostrado claramente: espectáculo y oferta de experiencia única. Antes cuando algún artista te decía que su obra era un espectáculo te echabas a temblar. Ahora todo son experiencias.
A veces echo de menos en las galerías y museos ese encuentro íntimo con la obra de arte que permitía un momento casi mágico. Lo viví este verano visitando la Capilla de los Reyes Magos de Benozzo Gozzoli en el palacio Medici-Riccardi o las celdas de los dominicos de en San Marcos, pintadas por Fra Angelico también en Florencia.
Ahora para impresionar y perturbar nuestros sentidos, hay que llenar el cielo con cien mil drones. Pero ese espectáculo –que sin duda lo es– puede darse muy pocas veces en la vida, mientras que la contemplación artística es mucho más fácil y, seguramente, también más barata. Por eso hay que reivindicar el silencio y la tranquilidad en el arte. También en el mercado, que parece vivir de fuegos fatuos con muchos ceros. Debe ser que estoy leyendo las Memorias de un esteta de Harold Acton y que me cansan estos espectáculos navideños vacíos de contenido. Sin duda hay que volver a mirar hacia dentro para encontrar esos momentos de felicidad. Es mucho más fácil y reconfortante que encontrarla en el vuelo de cien mil drones.
Por Fernando Rayón
