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Memoria reconstruida de la Colección Fernández-Valdés en el Museo de Bilbao


  • En la investigación sobre la Colección se ha encontrado una acuarela de Modigliani de primera época

Esta mañana se ha presentado en el Museo de Bellas Artes de Bilbao una exposición muy singular Obras maestras de la colección Valdés, fruto de la investigación y búsqueda de los dos comisarios: Pilar Silva Maroto, Jefa de Conservación del Museo del Prado hasta 2017: y Javier Novo, coordinador de Conservación e Investigación del Museo de Bellas Artes de Bilbao, que han rastreado en la colección que reunió el empresario y coleccionista bilbaíno Félix Fernández-Valdés (Bilbao, 1895-1976), que llegó a poseer una de los mejores conjuntos artísticos de su tiempo. En el número 48 de ARS Magazine (octubre, noviembre y diciembre) se publica un reportaje de Javier Novo.


Patrocinada por la BBK, la muestra incluye 79 obras, casi todas pinturas, muchas de ellas inéditas para el gran público, que abarcan desde el arte medieval hasta avanzado el siglo XX. Muchas de las piezas proceden de los herederos del coleccionista vasco, aunque también de colecciones particulares como las de Abelló, Arango o Botí, entre otras– o públicas como el Museo Nacional del Prado –que presta cuatro obras–, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Museo de Bellas Artes de Asturias, el Museo de Bellas Artes de Valencia o el Museu Nacional d’Art de Catalunya, por citar los más relevantes.

En el recorrido por esta personal historia del arte occidental encontramos ejemplos de la pintura gótica, obras de maestros clásicos como El Greco, Anton van Dyck, José de Ribera, Francisco de Zurbarán, Bartolomé Esteban Murilo, Juan de Valdés Leal, Francisco de Goya, y del siglo XIX ya avanzado y del XX pinturas de Eduardo Rosales, Mariano Fortuny, Darío de Regoyos, Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Julio Romero de Torres, Daniel Vázquez Díaz, José Gutiérrez Solana o Robert Delaunay, entre otras. También cabría mencionar dos tallas barrocas de Pedro de Mena, el Ecce Homo y la Dolorosa de Pedro de Mena; y dos paneles clasicistas en mármol de Mariano Benlliure.

En la rueda de prensa, Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao dijo que para los historiadores del arte resultaba todo un misterio cómo se forjó y qué contenía la Colección Fernández-Valdés, muy poco conocida durante su vida y algo más durante su dispersión. Y recordó su labor como patrono del Museo de Bilbao cuando promovió la Asociación de Amigos del Museo y agradeció el esfuerzo de los dos comisarios y la colaboración inestimable de María José Ruiz- Ozaita, del equipo de restauración y conservación del Museo; y  del nieto del coleccionista, Jaime Fernández-Valdés Zubiría.

Por su parte Jaime Fernández-Valdés comentó que la puesta en marcha del ambicioso proyecto expositivo y de investigación fue un cúmulo de casualidades. «Poco antes de que se inaugurara la exposición de Zuloaga, en mayo de 2019, Juantxo Egaña, fotógrafo del Museo de Bilbao reparó en una obra del pintor de Eibar que estaba en casa de mi madre. Lo comentó con Javier Novo y este a su vez con Miguel Zugaza, quien vio la oportunidad de poner en marcha esta muestra y que se ahondara en la investigación». En el catálogo se incluye un texto de Jaime con los recuerdos que tenía de su abuelo Félix, donde rememora  algunas cosas de su vida, la adquisición del retrato de la Marquesa de Santa Cruz y su amistad con Vázquez Díaz, quien le vendió algunas obras de artistas que coincidieron con el pintor onubense en París, en concreto Robert Delaunay y Modigliani.

Los dos comisarios, Pilar Silva y Javier Novo, fueron desgranando la selección de obras expuestas y algunas otras que no se exhiben en el Museo de Bilbao. La primera destacó la calidad de las pinturas expuestas y ahondó en el arco cronológico que va desde las pinturas góticas medievales a las del Siglo de Oro español, junto a otras de las escuelas flamencas y holandesas hasta el retrato de la Marquesa de Santa Cruz hoy en el Prado y que tal vez fuera la obra más destacada de las obras reunidas por Valdés. Javier Novo partiendo de Goya se centró en las piezas del siglo XIX y de las primeras décadas del XX con autores como Luis de Rosales, Mariano Fortuny, Martín Rico, Sorolla, Regoyos, pero también de Zuloaga, Nonell o Agustín Ibarrola, entre otros.

El recorrido de la exposición se articula en dos grandes bloques, el primero contiene 33 obras, 31 pinturas y dos esculturas, que abarcan desde la Edad Media hasta Goya. Comienza con Adoración de los pastores del taller de los hermanos Serra y continúa con el Tríptico de la Pasión de Cristo, una tabla del maestro del Tríptico de Quejana y otro tríptico más de Bernardo Serra, además de cuatro piezas de finales del siglo XV, sin olvidarnos de San Gregorio y San Benito de Fernando Gallego.

Del siglo XVI las composiciones de Benson e Isenbrandt, la devoción plástica de Luis de Morales, antes de llegar al núcleo de El Greco con Cristo crucificado, La Oración en el huerto de Getsemaní, la Adoración de los pastores, y ya en el siglo XVII esa Magdalena penitente del taller del pintor cretense. Una de las obras más representativas, hoy en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, quizá sea Lamentación sobre Cristo muerto de Anton van Dyck, una elegante composición de rica unidad tonal que evoca una atmósfera sugerente en sus años de madurez.

Francisco de Zurbarán fue uno de los pintores mejor representados en la colección Valdés y buena prueba de ello son las cuatro pinturas que cuelgan ahora en Bilbao: San Antonio Abad, Cristo muerto en la cruz, San Carlos Borromeo y San Francisco en oración, cercanos a otros de Maíno, Ribera, Valdés Leal y ese sutil San José con el niño de Murillo, sin dejar de referirme a las dos maderas policromadas de Pedro de Mena, enfrente del Van Dyck, antes de pasar a cuadros de Carreño de Miranda, de Vicente López y de Francisco de Goya.

Precisamente el Museo del Prado ha prestado una obra capital de Goya, La marquesa de Santa Cruz (1805), quizá la obra central entre el conjunto de obras que atesoró Fernández-Valdés, no solo por su gran calidad sino por las condiciones de su procedencia previa a la adquisición por parte de Valdés. Lo compró en 1947 por 1,5 millones de pesetas al gobierno de Franco, que lo había adquirido seis años antes con el objetivo, según la investigación llevada a cabo por los comisarios, de ofrecérselo como regalo a Adolf Hitler, algo que finalmente no ocurrió.

En la segunda parte se pueden admirar 46 obras, la mayoría pinturas y dos esculturas de Mariano Belliure. Además de retratos de Rafael Tegeo, Esquivel,  encontramos escenas costumbristas de Alenza y de Eugenio Lucas, paisajes de Fortuny también en el norte de Marruecos, la versatilidad de Eduardo Rosales, la finura de Martín Rico en sus vistas del Loira o en rincones de Toledo, y una escena galante de Raimundo Madrazo.

Del período finisecular llama la atención el interés que centró en dos pintores: Darío de Regoyos  y Joaquín Sorolla. Del primero cuelgan cinco óleos, desde su mujer cosiendo, Entreacto de hugonotes y Torre de Córdoba hasta el mercado de Durango y de una de sus calles. De Sorolla tres pinturas, Después del baño, 1902; Grupa valenciana, 1906; y Esperando la pesca. Valencia, 1915.

Y continúa con buenos ejemplos de Ignacio Zuloaga, Isidre Nonell, Iturrino, Aurelio Arteta, Julio Romero de Torres, José Gutiérrez Solana, Joaquín Mir, Hermen Anglada Camarasa, Benjamín Palencia, Daniel Vázquez Díaz y Agustín Ibarrola.

Con Daniel Vázquez Díaz como subraya su nieto Jaime Fernández-Valdés en el catálogo, mantuvo Valdés una relación de amistad, que le llevó a comprar una serie de dibujos y pinturas, entre otros una pequeña vista de la catedral de París de Robert Delaunay propiedad del pintor, hasta ahora inédita, y también una acuarela de Modigliani, que no se exhibe en la exposición, lo que revela la amplitud de miras de Félix Fernández-Valdés.

Precisamente Javier Novo en el catálogo escribe sobre esa acuarela temprana de Modigliani, pintada hacia 1906, que está relacionada con las escenas de la bohemia parisina cultivadas por Steinlen y sobre todo Henri Toulouse-Lautrec, que ejercieron una gran influencia en los artistas de toda Europa que llegaban a París atraídos por la efervescencia artística de la capital francesa. Según cita Javier Novo probablemente tanto la obra de Robert Delaunay con esa vista de la catedral de Notre Dame de Paris, que sí se exhibe en la muestra de Bilbao, junto a otra composición, como los tipos de París captados por el pintor de Livorno pasaron a manos de la Colección Valdés en los años 60 del siglo pasado.

Su personalidad como la de muchos otros coleccionistas tenía en la discreción y la reserva dos de sus señas de identidad. Félix Fernández-Valdés fue un hombre de negocios al que le interesaba el mundo del arte, por lo que se rodeó de algunos asesores, desde su buen amigo el marchante, copista y restaurador Luis Arbaiza, el historiador Enrique Lafuente Ferrari, el restaurador del Museo del Prado Jerónimo Seisdedos o Isabel Regoyos –hija y nuera, respectivamente, de los pintores Darío de Regoyos y Aureliano de Beruete–.

Su ejemplo dentro del coleccionismo privado de obras de arte constituyó un hito en un país como el nuestro, donde muchas veces esa buena y generosa práctica ha sido muy relevante para que muchos museos importantes se nutran tanto en sus orígenes y desarrollo de ese modo de coleccionar por lo que han supuesto para incorporar obras a sus colecciones.

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