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María Josefa Huarte, la huella de una coleccionista en el Museo de Bilbao


Mañana el Museo de Bellas Artes de Bilbao abrirá sus salas a la Colección María Josefa Huarte, procedente del Museo Universidad de Navarra Bilduma, gracias a la generosidad de la familia Huarte cuando donó en 2008 su colección a la Universidad de Navarra. Su legado afirma una forma de coleccionar admirable por creer y apoyar a creadores españoles durante los años 50 y siguientes del siglo pasado como Jorge Oteiza, Palazuelo, Chillida, Ruiz Balerdi o Sistiaga, además de incluir a otros artistas tan relevantes como Mark Rothko, Kandinski o Picasso, entre otros.


La colección donada al Museo Universitario de Navarra reúne 47 obras, de las que 40 se exhiben ahora en Bilbao, con el patrocinio de Petronor. En la selección que se podrá admirar hasta el 12 de octubre en el museo bilbaíno, junto a piezas de los artistas mencionados, también se exhiben otras de Eduardo Chillida, Manuel Millares, Gerardo Rueda, César Manrique, Luis Feito, Manuel Mompó, Eusebio Sempere, Jean Ipoustéguy, Antoni Tàpies o Manu Muniategiandikoetxea. Los artistas más representados en la muestra son Pablo Palazuelo con 11 obras, Oteiza con seis y Tàpies con cinco, y su contemplación permite ver la evolución de su fuerza creadora porque fueron concebidas en períodos distintos de cada trayectoria plástica.

En el acto de presentación en Bilbao han estado presentes Emiliano López Atxurra, presidente de Petronor; Ángel Gómez Montoro, presidente del Patronato del Museo Universidad de Navarra; Jaime García del Barrio, director general del Museo Universidad de Navarra, Miguel Zugaza, director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, y Miriam Alzuri, técnico del Departamento de Exposiciones del museo, que al concluir la rueda de prensa guió a los asistentes por la exposición.

El Museo de la Universidad de Navarra abrió sus puertas en enero de 2015, en un edificio diseñado por Rafael Moneo (Tudela, Navarra, 1937). La donación hecha siete años antes, junto al gran fondo de fotografía con los que cuenta el museo de Pamplona, propició la creación y puesta en marcha de esa institución en la capital de Navarra.

María Josefa Huarte formaba parte de una familia de empresarios navarros que estaban afincados en Madrid pero que creían que el mecenazgo era muy útil para el desarrollo social de una comunidad. Ese modo de pensar y sentir les llevó  a impulsar propuestas muy renovadoras para el mundo del arte, tanto de la experimentación de Jorge Oteiza como de la puesta en marcha de la revista Nueva Forma, los Encuentros de Pamplona de comienzos de los 70 o la construcción de Torres Blancas en los años 60 y otros encargos que hicieron a Francisco Javier Sáenz de Oíza (Caneda, 1918-Madrid, 2000), como se puede ver en uno de los capítulos de la muestra Sáenz de Oíza. Artes y oficios, organizada por el Museo ICO/Fundación ICO en Madrid, que permanecerá abierta hasta el próximo 23 de agosto.

En ese contexto histórico, social y cultural se enmarca el modo de coleccionar de María Josefa Huarte Beaumont (Pamplona, 1927-2015), que inició sus adquisiciones y encargos a a comienzos de los años cincuenta, al tener muy en cuenta las tendencias abstractas geométricas e informalistas por las que se sintió inclinada. Tanto su padre como alguno de sus hermanos también coleccionaron, pero ella siguió un gusto personal y se decantó por algunos autores, interesándose por obras y estilos definidos, visitando galerías y acercándose a estudios de diferentes artistas.

A través de su colección y del montaje propuesto por el Museo de Bellas Artes de Bilbao podemos tener una visión panorámica de algunas de las propuestas estéticas que contribuyeron a la renovación del arte español de los años cincuenta y sesenta, como la abstracción geométrica, el informalismo, la pintura matérica y gestual o el arte cinético, así como su gusto por vanguardistas como Picasso o Kandinsky o la depuración por el color de Mark Rothko en esa composición de 1969.

En este sentido, María Josefa Huarte entendió la abstracción como un camino estético hacia la modernidad y, a su vez, como un itinerario interior y personal de espiritualidad. Esto explica su sintonía e incluso amistad con Pablo Palazuelo quien, siguiendo la estela de algunos de los primeros abstractos, como Kandinsky, reivindicó la capacidad del arte para generar imágenes y metáforas capaces de desvelar lo inefable, lo que está oculto a nuestros ojos.

En el recorrido por las 40 obras expuestas hay un conjunto de piezas que abarca desde el año 1941 con un dibujo de Kandinsky, inspirado en la zoología y la biología, atraviesan la segunda mitad del siglo XX y concluyen con Rodchenko en rojo, una pieza de 2004, hecha por Manu Muniategiandikoetxea. Entre ellas se pueden destacar las esculturas de Oteiza, desde su Mujer de Lot (1949) a Hierro móvil de pared(1958) pasando por Buhó (1955-56), Sólido abierto con módulos de luz (1956), Poliedro vacío (1957) y Estela para un pueblo pacífico que fue Guernica (1957), obras que muestran la aguda fase de experimentación sobre el vacío de los años 50 y que preludian mucho de lo que hizo posteriormente; las obras de Palazuelo y su aproximación a los números y la geometría, junto a su lirimo de Iris o Tiempo azul, ambos de 1958, y sus investigaciones con el color y la forma en Omphale I y Orizontis (oro en azafrán), de 1962 y 1967, respectivamente; y las cinco composiciones de Tàpies desde Espíritu catalán (1971), a Incendio creado 20 años después, más otras tres de los años 70 y 80.

Asimismo llaman la atención la Música de las esferas II (1963) de Chillida; un elegante óleo y carboncillo sobre arpillera de Manuel Millares; dos ruedas, Belén (1961) y Condición/Natural (1977); Gris vacío III (1964) de Ruiz Balerdi; la Ráfaga (1970) de Sistiaga; dos pinturas de Luis Feito; Jardinero regando (1969) de Mompó; la Torre de Babel (1969) de Sempere; Más allá de la ceniza (1977) de César Manrique; y La Hucha (1968) de Jean Ipoustéguy. Un friso por más de medio siglo de coleccionismo de un tiempo y de un país.

El Museo de Bellas Artes de Bilbao ha editado un catálogo, que además de reproducir todas las obras y descripciones de las mismas, incluye un texto de la historiadora del arte María Dolores Jiménez-Blanco, profesora de la Universidad Complutense de Madrid y autora de importantes estudios sobre el coleccionismo de arte en España, que analiza la labor coleccionista de María Josefa Huarte en relación con el arte y la cultura españolas de su tiempo. Julián H. Miranda

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