En Actualidad

Manolo Valdés: «Cuando estoy fuera del taller, veo qué puedo tomar de otros autores y busco qué puedo robar”


Entusiasta, alegre y apasionado por un trabajo que le obsesiona tanto como le fascina. Así es Manolo Valdés (Valencia, 1942), un pintor y escultor que fundó junto a otros compañeros Estampa Popular de Valencia y Equipo Crónica en los 60, hizo las Américas a finales de los 80 y se ha convertido en uno de los artistas más internacionales de su generación. A sus 75 años, solo puede pensar en trabajar y no quiere oír hablar de jubilación. Su taller es su vida, y así seguirá siendo mientras le queden fuerzas (que le quedan).


 

Su nombre va inevitablemente asociado a las Meninas. No las de Velázquez, sino las que están diseminadas por las plazas de media España; pues cree en el arte público y en su capacidad para generar emociones en el espectador. Tras más de 25 años viviendo en Nueva York, el hijo pródigo de Valencia regresa al hogar para presentar una de sus mayores retrospectivas en la Fundación Bancaja. Allí charlamos de su trabajo, frente a las obras que también nos hablan de él.

-Una visión personal reúne gran parte de su producción, desde los años 80 hasta la actualidad. ¿Qué le parece ver este resumen de su carrera?  

-Estoy contento, porque he visto cierta coherencia, en el sentido de que cosas que hago ahora tienen que ver con las primeras que hice. Son muchos años manteniendo las mismas posiciones, y es que detrás de la materia siempre hay un dibujo muy preciso. Lo que antes era una raya sobre el lienzo es lo que ahora he traducido en alambre en las esculturas recientes. Me ha sorprendido gratamente comprobar cómo aquí todas las obras conviven con normalidad. También me he encontrado con cuadros que hacía tiempo que no veía.

*¿Y cómo ha sido ese encuentro?

-Pues confieso que ha sido una sensación agridulce. Por un lado estoy contento pero por el otro veo alguna obra que me gustaba menos. Pero mi visión es absolutamente subjetiva; afortunadamente la selección la hizo Kosme de Barañano, que conoce perfectamente mi trabajo, con lo cual su mirada es más que certera.

-Comenzó pintando pero después exploró las posibilidades de la escultura. ¿Cómo fue el paso a la tercera dimensión?

-Hay tantos artistas que pintan y hacen escultura, que uno también se siente con permiso de hacerlo. La verdad es que yo me siento muy cómodo en las dos disciplinas, es cierto que la escultura es más tardía pero ahora le estoy dedicando más tiempo que a la pintura. En el fondo, muchas de ellas son como dibujos en el aire, lo mismo que las pinturas: si les quitas la materia te queda el dibujo subyacente.

-Muchas de sus esculturas están colocadas al aire libre. ¿Es partidario de sacar el arte de los museos?  

-Tengo bastantes, sí. Las esculturas públicas son muy comunes en Nueva York, porque los barrios se ocupan de que haya exposiciones. Vivo en la Calle 72 y todos los días voy caminando a mi estudio de la Calle 16, en ese recorrido puedo disfrutar de muchas plazas y rincones donde se exhiben obras. Además me gusta mucho el sistema que utilizan los neoyorquinos, porque son piezas que no se quedan para siempre, duran aproximadamente un mes. Eso como productor te quita responsabilidad, porque si te equivocas, piensas que no es tan grave porque no va a estar ahí para siempre.

-Pero también supone someterse al público de manera más desnuda, ¿no cree?

– Siempre va a haber críticas y la gente está en su derecho. Lo curioso es comprobar cómo gente que tiene referencias culturales diversas al final siente el mismo agradecimiento. Recuerdo que una vez en Nueva York un sombrero que hacía referencia a Velázquez y Matisse me decían que parecía de Lady Gaga, y un caballo de Velázquez creían que era un espadachín enmascarado, ¡como el Zorro! Bueno, está en su cultura, pero poco importa si al final uno consigue sacar sus propias conclusiones. La escultura al aire libre es muy agradecida, sobre todo porque hay diferentes formas de verla. Por ejemplo, en la escultura que se va a quedar en Valencia [La pamela, elegida por votación popular para ocupar la Ciudad de las Artes y las Ciencias] nadie se ha puesto debajo porque está en el agua. Sin embargo, en las que tengo ahora mismo expuestas en Singapur todo el mundo posa, porque quiere hacerse una foto.

– He leído que una vez un ‘sintecho’ se resguardó de la lluvia bajo una pieza suya.

– Sí, se ponía debajo y pedía limosna. Ocurrió en una exposición que se organizó en Nueva York hace tiempo, ocupaba desde Central Park hasta la Calle 100, cruzando los distritos de Broadway, Harlem y Queens. Gente de todos los niveles sociales pudo verla y quedó muy agradecida.

-Su obra toma como referencia a Velázquez, Matisse, Picasso. ¿Cómo es ese ejercicio de interpretar a los clásicos?

 «Una vez en Nueva York un sombrero que hacía referencia a Velázquez y Matisse me decían que parecía de Lady Gaga, y un caballo de Velázquez creían que era un espadachín enmascarado, ¡como el Zorro!».

-Me gusta releer los cuadros y comentarlos desde la propia disciplina de la pintura. Hay obras que generan empatía, por ejemplo Las meninas: uno piensa en la cantidad de comentarios que ha generado desde la pintura y la literatura.

-¿Sigue dibujando sobre papel?

-Yo siempre he dibujado mucho y lo sigo haciendo. De hecho, incluso una vez puesta la materia, sigo dibujando sobre el trazo del pincel. Dibujo constantemente, es una obsesión.

-Veo que es perfeccionista.

-Es mi manera de trabajar: redibujar siempre.

-¿Cómo es el día a día en su taller?

-Mira, lo mejor de este trabajo es el acto de hacerlo. Naturalmente, uno también quiere que sus obras se vean, pero el hacerlas es un verdadero placer. Los fines de semana vamos a una casa que tengo en los Hampton y también allí también tengo un pequeño taller. A mí me gusta mucho pescar, pero recuerdo que cuando entré en el garaje lo primero que hice fue montar mi estudio. Mi mujer me dijo ‘¿pero no querías pescar?’, yo le dije ‘sí, pero me gusta pintar más que pescar’. Para mí pintar es como respirar. Cuando estoy fuera del taller estoy pensando en qué puedo tomar de otros autores, veo qué puedo robar. Es como una enfermedad, una pasión que no termina. Una vez Miró me dijo: ‘Mira, este cuadro se me ocurrió de noche’ y pensé, ‘vaya, otro que no duerme’. Picasso también pinta muchas bombillas, y años atrás Goya pinta un autorretrato con velas.

 

-También es coleccionista. ¿Qué es lo que compra?

-Me gusta todo. No soy de los que compra solo de un movimiento determinado. Tengo desde piezas griegas y romanas hasta obras absolutamente actuales. Todo lo que pasa delante de mis ojos y que puedo comprar, lo adquiero. Pero vamos, es una colección modesta.

-¿Alguna pieza a la que tenga especial cariño?

– Recuerdo cuando entré en la galería Maeght de Barcelona y fui a cobrar la liquidación de todo un año. En ese momento tenían una exposición espléndida de Tàpies. Llamé a Rosa para contárselo y le prometí que alguna vez tendríamos un tàpies. Ella me preguntó que cuánto costaba y yo respondí que todo el dinero que me iban a pagar. ‘Pues cómpralo’, dijo. No me lo repitió dos veces, me volví a casa con el tàpies.

-¡Menuda adquisición!

– Gasto más de lo que debería, pero no me importa. A veces me preguntan sobre los coleccionistas y creo que la gente que no lo es se extraña de cómo actúan o actuamos a veces. Hace poco compramos una pieza de Calder por la que pagamos todo lo que teníamos. Mi hija me dijo: ‘estás como al principio’ y tiene razón. Es una obsesión pero también un placer. Ya sé que si me quitas mi colección no me va a pasar nada pero, ¿le podrías quitar a un lector su lectura? Si pierdes eso, estás perdiendo algo que te da mejor vida.

-Le veo con energía para continuar muchos años más en esto. ¿No ha reducido su jornada laboral?

No, otra cosa es que no sea capaz de producir tantas obras como antes, pero el tiempo no lo he reducido. ¡Al revés, lo he aumentado! Sol G. Moreno

Recommended Posts
0

Start typing and press Enter to search