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La libertad creadora de Goenaga en la sala Kubo de San Sebastián


El pasado viernes abrió sus puertas la Sala Kubo/Kutxa de San Sebastián con una gran retrospectiva dedicada al pintor donostiarra Juan Luis Goenaga (1950), con obras procedentes de instituciones públicas como la Diputación Foral de Guipúzcoa, Artium, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Museo San Telmo y de más de veinte colecciones privadas. La selección de este conjunto de obras la ha realizado el comisario de la exposición, Mikel Lertxundi, que el pasado año, junto a Javier Novo del Museo de Bilbao, también comisarió la relevante muestra dedicada a Ignacio Zuloaga en Bilbao. La muestra permanecerá abierta hasta el 10 de enero de 2021.

A través de las casi 130 obras presentes en esta retrospectiva se puede seguir la evolución de su trayectoria plástica. Goenaga, de formación autodidacta, desde su infancia y adolescencia mostró una clara propensión al expresionismo, aunque con el paso del tiempo tuvo numerosos matices. En la década de los años sesenta le interesó lo que planteaban los grupos Ur- fundado en 1965 por cuatro pintores: Arocena, Bizcarrondo, Gracenea y Tapia- y Gaur- impulsado por Jorge Oteiza en 1966 y en el que estuvieron siete artistas vascos como Chillida, Ruiz Balerdi, Zumeta y otros. Estos dos movimientos fueron  muy relevantes para una generación de artistas porque ambos querían proponer una nueva actividad estética y política, romper con los moldes establecidos del arte que se hacía en ese período y conferir una nueva modernidad conectada con la realidad existencial que se vivía en el País Vasco. Al final de esa década se asentó en Alkiza, y a partir de ese momento su expresión adquirió una naturaleza propia y singular dentro del panorama del arte contemporáneo vasco, que le ha hecho reconocible a pesar de sus ligeras variaciones.

En su obra encontramos una serie de referencias, donde se entremezclan su relación directa con el paisaje, las diferentes localizaciones y la historia que subyace en ellas, así como las lecturas científicas y de ficción, sus vivencias personales y cómo todo ello ha conformado un personal acervo cultural y artístico. Ha sabido incorporar a artistas del pasado, ha asimilado conceptos y habilidades que ha adaptado a su modo de sentir el arte, y siempre lo ha hecho con un profundo sentido de la libertad. Para él como para otros artistas el tránsito entre la figuración y la abstracción ha sido una constante, quizá porque el límite sea algo muy difuso. Ambos modos de expresión pueden estar presentes cuando se concibe una pintura. Aunque ha plasmado numerosos temas en sus creaciones hay algunos que han sido más recurrentes  en su carrera plástica como el paisaje, la naturaleza, la historia, la familia y el sexo, entre otros, pero siempre expresando ese deseo de explorar nuevos caminos, fiel a un estilo inconfundible y alejado de las tendencias dominantes.

Los organizadores han articulado la retrospectiva en seis ámbitos temáticos, lo que permite una lectura cronológica y revela la evolución de su producción, junto a una sala dedicada exclusivamente a la obra sobre papel de Goenaga, que complementa los espacios anteriores, porque para él sus dibujos son algo autónomo y no necesariamente, como en el caso de otros creadores, un paso previo a la pintura. La primera parte, Inmersión en la naturaleza, parte de sus vivencias al instalarse en Alkiza. Expresa una naturaleza en buena medida salvaje, pero que no permanece ajena a la magia y a la historia como se puede ver en sus series Sombras (1972-1973); Hierbas (1973-1975) y Raíces (1974-1976), lo que fue dando paso a la figura humana entre su mundo vegetal.

Entre los años 70 y 80, Goenaga va introduciendo la figura sobre todo cuando se establece en la ciudad, San Sebastián, como una especie de revelación urbana. Esa mirada conecta con la vida en la urbe, influido por la sensualidad y crudeza que expresó en sus libros Henry Miller. Sus obras se llenan de color pero manteniendo el vigor y el dinamismo que había dominado su mundo vegetal. Aquí pueden observarse algunas series que oscilan entre el neoexpresionismo alemán y la transvanguardia italiana: Profidén (1978), Antropomorfos y Andróginos (1978-1979), Baile en el bosque (1979-1980) o Katástrofes (1980). Poco después se inclinó por obras oníricas y por fijar a parejas en espacios urbanos  durante el bienio 1981-1982.

El nacimiento de su hija Bárbara en 1983 trajo consigo algunos cambios como su regreso a Alkiza y una vuelta a un universo más íntimo que tuvo influencia en su obra. Es un período donde hizo varios autorretratos, escenas familiares y algunas naturalezas muertas con objetos cotidianos, sin dejar de representar a parejas en el medio urbano, pero en alguna medida de un modo más deshumanizado. Hay además en esta parte una serie de obras que tienden a la abstracción, algo en lo que ahondó cuando se instaló en París a finales de los ochenta, aunque añadiendo redes, mallas o plásticos.

La cuarta sección está dedicada a la inspiración rupestre porque a comienzos de los noventa regresó a lo arcaico, a través de series como Románico y Arqueologías, algo que le marcó durante esa década y aún más adelante. En ellas late una cierta identificación con las respuestas del hombre prehistórico a su relación con la naturaleza y el mundo mágico. Predominan las líneas, los círculos y las tramas en soportes que nos retrotraen a las paredes rupestres. Y de ahí partimos a Abstracción ‘versus’ figuración, característico del cambio de siglo, donde lo arqueológico continúa pero donde Goenaga fue incluyendo otros motivos, renovando el color con tonos más puros y luminosos al trabajar al aire libre, lo que termina constituyendo un motivo de gozo para el espectador que contempla sus piezas.

Durante las dos últimas décadas como se ve en la penúltima sala, De la cueva al paisaje, ahonda en esa apuesta por el color e insiste en sus temas más recurrentes: la naturaleza, los senderos, la vista de la ciudad, a veces desde al altura de los montes Igueldo y Urgull. Y por último, su obra sobre papel, donde cuelgan sus dibujos y grabados, que casi siempre surgen como consecuencia de la definición de las formas y de los temas que imperan en sus óleos, pero que son un trabajo espontáneo que tiene recorrido propio. La innovación en las técnicas del grabado y elección de diferentes soportes tienen mucha importancia como la elección del papel artesanal Esculan, que tanto le gusta a Goenaga.

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