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La fragilidad del ser humano en las formas de Rodin y Giacometti


La Fundación MAPFRE acoge en su sala de Madrid una singular exposición: Rodin-Giacometti, dos de los mejores escultores de la historia del arte moderno, que propone las afinidades y diferencias de estos grandes artistas y sobre todo su preocupación por aspectos formales del modelado y por el modo de representar la realidad en un diálogo fructífero para el observador contemporáneo. Comisariada por la directora del Museo Rodin, Catherine Chevillot, y por la directora de la Fundación Giacometti, Catherine Grenier, reúne más de doscientas obras, entre esculturas, dibujos y fotografías, para dibujar la travesía de estos dos titanes del arte, que supieron renovar esta técnica partiendo de un conocimiento de la estatuaria clásica pero incorporando matices nuevos a la modernidad, tanto en la expresión de los rostros como en ese modo de captar la fragmentación.

Nadia Arroyo, directora de Cultura de la Fundación MAPFRE, subrayó que es una satisfacción poder presentar esta interacción inédita en España entre estos dos creadores, un maestro del siglo XIX y uno de los grandes del siglo XX como el suizo. Y añadió que en esta muestra se pueden ver las afinidades y puntos de conexión de ambos artistas y la capacidad que tenían los dos para captar la fragilidad del ser humano y  la búsqueda de la verdad, quizá patente en ese modo de esculpir una y otra vez el mismo rostro, y en no dar nunca por acabada una escultura.

Esta muestra, organizada por la Fundación MAPFRE y abierta hasta el 10 de mayo, no hubiera sido posible sin la colaboración del Museo Rodin de París y la Fundación Giacometti, cedentes de la gran mayoría de las obras expuestas. Catherine Chevillot, directora del museo parisino dedicado a Auguste Rodin (París, 1840-Meudon, 1917), explicó que están difundiendo la figura de Rodin fuera de Francia y que una línea es ir enfrentando su obra con la de artistas como Matisse o con el fotógrafo Robert Mapplethorpe, y ahora Alberto Giacometti (Borgonovo, Suiza, 1901-Coira, Suiza, 1966), y la que están organizando para el año próximo que tendrá a Picasso como contraparte. Chevillot cree que este modelo no supone nada artificial sino que pretende ahondar en las raíces de la historia del arte, porque ellas dan las claves porque Giacometti ha sabido reactualizar a Rodin con nuevos enfoques en el lenguaje escultórico.

Por su parte Catherine Grenier, que dirige la Fundación Giacometti, ahondó en la misma idea de reformular a Rodin en el mundo contemporáneo con algunas preocupaciones similares como reinventar la plenitud a partir de la finitud y eso les hizo volver constantemente a las fuentes para plantear los temas fundamentales. Grenier resaltó que mientras que El hombre que camina, modelo grande (1907) de Rodin desprende un aire heroico y ancestral, El hombre que marcha II (1960) de Giacometti es el hombre ordinario y común de la segunda mitad del siglo XX.

La conversación entre estos dos creadores se articula en nueve secciones, con un hilo conductor común: sus modos de aproximarse a la figura humana y la representación de ella fue una visión nueva, muy personal, pero alineada con el tiempo que les tocó vivir. El de Rodin fue un período histórico finisecular y los primeros años del siglo XX, previos a la Gran Guerra, mientras que la singladura de Giacometti fue el período de entreguerras y los años posteriores de la Segunda Guerra Mundial, una época marcada por el existencialismo y la tristeza que dejó esa contienda en Europa. Cuando el artista suizo llego a París, procedente de un entorno artístico como el suyo, hijo de pintor, se encontró con un espacio vanguardista y entró en contacto con Bourdelle, discípulo de Rodin, que le dio clases en la Academia Grande Chaumière. Siempre se sintió atraído por la figura de Rodin, aunque con diferente intensidad,y en la década de 1940 a 1950 hay testimonios gráficos como esas fotografías de Giacometti junto a La Edad de Bronce y el Monumento a los Burgueses de Calais, ambas de Rodin.

El primer capítulo está dedicado a los Grupos, y ahí destacan ese imponente Monumento a los burgueses de Calais, 1889, cerca de tres esculturas de Giacometti de 1950: Cuatro mujeres sobre pedestal, El Claro y La plaza, que nos ayudan a fijar la soledad del individuo contemporáneo en medio de la multitud, gracias a esos conjuntos escultóricos más pequeños que inciden en la austeridad del suizo. Una de las mayores aportaciones de Rodin quizá fuera usar el Accidente como pretexto creativo y así vemos piezas como Hombre de la nariz rota (1864) y otras donde fue recuperando fragmentos. Eso confirió una expresividad a estas esculturas, algo evidente en Torso masculino inclinado hacia delante (1890) o bien en La Tierra, modelo pequeño (1893-1894). Esa fractura como a Rodin también se observa en obras de Giacometti como Cabeza de hombre (1936) y en Cabeza de Diego (1934-1941), porque también él fue consciente de que esos objetos ofrecían una belleza de algo incompleto pero que denotan verdad.

En Modelado y Materia están presentes las figuras alargadas de Giacometti, con ese tacto para modelar obras tan rotundas como Figura de pie, 1958, que desprende ese aire de fragilidad humana, algo que también caracterizaba a Rodin en Eustaquio de San Pedro, esculpida por Rodin entre 1885-1886. Y lo efímero se siente en ese Pequeño busto de Silvio, 1944-1955, casi del tamaño de un alfiler, y en Busto de Diego, su hermano,  en yeso y que el artista suizo modeló poco antes de morir. La cuarta sección, una de las más impactantes, se dedica a la Deformación, un ángulo buscado por ambos para acentuar la expresividad de sus esculturas. En el caso de Rodin a veces sus rostros tienden a la caricatura como en Cabeza de la Musa Trágica (1895) o en varias versiones de El grito. Sin embargo, tras la Segunda Guerra Mundial, Giacometti tendió a estilizar a sus figuras, que a veces son de pequeño tamaño, y crea personajes que a veces se transparentan y están en movimiento como La nariz (1947-1950) y Gran cabeza delgada (1954).

Ambos fueron coleccionistas y les atrajo estudiar y reunir obras de arte antiguo. Por ello, la sección Conexiones con el pasado, incluye no solo piezas de arte clásico, griego y romano, sino que podemos ver la influencia de esos escultores antiguos en el viaje que hizo Rodin por Italia. Algunos torsos de hombre como el estudio para san Bautista, llamado del hombre que camina, realizado hacia 1878-1879, y La Meditación sin brazos, 1904, son dos buenos ejemplos. Giacometti también conoció a los grandes pintores europeos, la estatuaria egipcia y el arte primitivo de África y Oceanía. Buena de ello fue esa escultura Mujer (plana V), hacia 1929, y una serie de dibujos que reflejan toda la influencia y conmoción causada por esos descubrimientos.

La séptima parte se dedica a las Series, algo común para ambos. Muchas veces la repetición les ayudó a profundizar en el modelo representado y también en la transformación de la obra. En numerosas ocasiones pensaron que sus trabajos nunca estaban acabados, algo que enlaza con algunos periodos del gran Miguel Ángel. Fue un continuo volver a empezar. Y así contemplamos los dibujos y estudios que hizo Rodin para los retratos de Balzac y Víctor Hugo o incluso en el retrato de la bailarina Hanako, a la que dedicó cerca de 60 esculturas. En la misma línea los retratos que Alberto Giacometti hizo de su hermano Diego o de la modelo Rita Gueyfier, dos personas que posaron diariamente en su estudio y donde él quiso captar la verdad, borrando y borrando hasta conseguir lo esencial.

En la última sala hay dos momentos álgidos, el primero en el capítulo dedicado al Pedestal, tal vez uno de los desafíos de la escultura moderna y a los que dieron respuesta. Rodin eliminó el pedestal en muchas de sus esculturas para situarla a la misma altura del espectador o incluso se atrevió a usar una serie de columnas en las que colocar sus piezas, mientras Giacometti optó por usar marcos o jaulas para establecer distancia con el que mira. Y cómo no las dos obras que cierran la exposición como un epílogo, El hombre que camina, concepto del que ambos hicieron numerosas versiones y que hoy son obras que definen como pocas a Rodin y Giacometti, En el del primero hay un aire sólido, que enlaza con los héroes clásicos, de esa figura sin cabeza, mientras que el de Giacometti es un ser delgado, desgastado y frágil, quizá una metáfora de la humanidad que nos plantea preguntas sobre el sentido de la existencia. Julián H. Miranda

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