La belleza y la fealdad, protagonistas en el Palacio Bozar
Esta muestra ahonda en dos conceptos fundamentales del arte, a través de 90 obras de los siglos XV y XVI. Un recorrido que abarca desde los modelos más idealizados hasta criaturas grotescas y satirizadas, pasando por puntos intermedios en los que el cariño por el retratado provocaba que los pintores fuesen indulgentes con sus defectos.
En el mundo en el que vivimos, regido por los cánones occidentales y la tradición judeocristiana, tendemos a ordenar la realidad mediante conceptos opuestos y contrarios a los que damos, a su vez, una serie de valores. Así, solemos pensar que las cosas solo pueden ser buenas o malas, difíciles o sencillas y, por supuesto, bonitas o feas. A la belleza le damos, además, una connotación positiva; mientras que la fealdad la asociamos con lo negativo, incluso con la maldad.
Un ejemplo de esto lo encontramos en el libro de Rosa Montero La ridícula idea de no volver a verte. La autora muestra la fotografía de un hombre en apariencia atractivo y pregunta al lector qué opina de él. Sabe que, como es guapo, la gente tenderá a creer que es alguien amable y bondadoso. Sin embargo, la instantánea esconde retrato de Jeffrey Dahmer, uno de los asesinos en serie más famosos de Estados Unidos.
Aunque esto sucede hoy en día continuamente, lo hace de forma más sutil o encubierta que en otras épocas, en las que el arte no se andaba con tantos remilgos. Retrataba a los villanos con rostros grotescos y a los héroes atractivos.
La belleza y la fealdad han servido históricamente para que los artistas contasen sus historias o hiciesen que el espectador sacase conclusiones moralizantes. De hecho, el arte no solo ha sido receptor y transmisor de estas ideas, sino que las ha fabricado, estableciendo cánones (sobre todo de belleza).
Esto se hizo especialmente patente durante los siglos XV y XVI, cuando el tema se volvió tan central en el pensamiento de la época que proliferaron numerosos escritos que trataban de definir ambos conceptos. Precisamente por eso, la muestra bruselense del Palacio Bozar ahonda especialmente en ese periodo.
Bellezza e Brutezza, el ideal, lo real y la caricatura en el Renacimiento, que podrá visitarse hasta el 14 de junio, se compone de más de 90 obras de artistas tanto italianos como del norte de Europa. Se trata de piezas poco prestadas que proceden de museos como el Louvre o la galería de los Uffizi. Aunque la mayoría son pinturas, también hay escultura, e incluso un volumen de Alberto Durero titulado Cuatro libros sobre la Proporción Humana, prueba de que el arte ha sido el encargado de impartir el canon (y no solo de hacerse eco de él).
En las obras aquí presentes puede apreciarse, por un lado, esa búsqueda de la perfección que, según Platón, solo existe en el Mundo de las Ideas, y que, según Camus, resulta insoportable al ser humano; precisamente porque sabe que nunca logrará retratar lo bello en todo su esplendor. Por otro lado, se muestra la fealdad como sátira, como caricatura moralizante. También se aprecia una voluntad de entender ese concepto como antítesis de la belleza ya que, en palabras de Leonardo Da Vinci, «ambos se necesitan mutuamente, porque se potencian. Si no existiera una de ellas, la otra perdería su significado y su relevancia».
Otro de los temas que aborda la muestra es el modo en que ambas estéticas se han plasmado mediante la representación del cuerpo femenino. Así, vemos en los muros del Bozar numerosas imágenes de Simonetta Vespucci, la musa de Botticelli, que la convirtió en ejemplo vivo del ideal renacentista.
Junto a ella, aparecen retratos de mujeres con problemas o dolencias que se manifiestan físicamente, como el retrato de Madeleine Gonzales de autor anónimo, una mujer conocida en las cortes de Francia e Italia por la cantidad de bello que cubría su cuerpo. Este es el ejemplo perfecto de cómo la fealdad no solo se asocia tradicionalmente con facciones duras o poco simétricas, sino también con lo atípico, lo extraño o lo poco frecuente.
En este cuadro vemos cómo la protagonista lleva ropajes bellos y un gesto dulce. No hay intención de satirizarla, tampoco voluntad grotesca. Porque muchos de los artistas de la época retrataban de este modo a personajes cercanos a la corte, como los bufones, a los que se tenía cariño y estima, a pesar de sus rasgos físicos extraños, demostrando una evolución en estos conceptos estéticos.
Por supuesto, otro de los aspectos que incluso hoy –quizá más que nunca– se asocia con la fealdad o la perdida de belleza es la vejez, también presente en el recorrido gracias a obras como Pareja desigual, de Lucas Cranach el Viejo o Retrato de una mujer mayor de Quentin Matsys.
Como afirma la directora artística del museo, Zoë Gray, la exposición invita a reflexionar sobre una cuestión de actualidad utilizando el arte y la historia como herramientas. En una época en la que los consejos en redes sociales para mejorar tu aspecto, las operaciones estéticas y los productos adelgazantes proliferan, es interesante cuestionarnos cómo entendemos ambos conceptos y cómo nos relacionamos con ellos.
Quizá sea necesario echar la vista atrás para ver que la belleza y la fealdad siempre conviven, que no hay juicios de valor intrínsecos y que las definiciones cambian con la época. Al fin y al cabo, puede que haya algo valioso en buscar belleza en lo que, a primera vista, no lo tiene, como dice la comisaria Chiara Rabbi-Bernard que hacían los artistas al retratar a los bufones de la corte, generando así la paradoja de la «bella fealdad». Sofía Guardiola



