El Prado desempolva sus colecciones del siglo XVIII
Aunque quizá la noticia más destacada sea la reapertura de las salas de los cartones para tapices de Goya (estancias 85 y 90-94 de la segunda planta sur del edificio Villanueva) la gran novedad es la instalación museográfica de la colección del siglo XVIII. Pinturas, esculturas y artes decorativas protagonizan un discurso singular que hace justicia a unas obras de primera calidad que han permanecido muchos años en los almacenes. TEXTO: Fernando Rayón
Efectivamente, la nueva instalación permite ver de forma casi completa las siete series pintadas por Goya entre 1775 y 1794/95 destinadas a la decoración de los aposentos de los príncipes de Asturias, los futuros Carlos IV y María Luisa de Parma, y su familia en El Pardo y El Escorial.
En el Prado se conservan 50 de los 57 cartones realizados por el artista. De los restantes, cuatro han pasado a colecciones públicas y privadas, mientras que tres se han perdido, lo que convierte estas salas en una oportunidad única para comprender el conjunto.
Como complemento a esta instalación, el museo presenta en el pasillo que comunica con las salas del XVIII, una pequeña muestra que cuenta la historia de 31 relieves procedentes del Palacio Real de Madrid, y que actualmente están repartidos entre el Prado y la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.
El museo del Paseo del Prado exhibe siete y, aunque el montaje es correcto, creo que lucirían mucho mejor todos en el Palacio Real, aprovechando uno de estos “depósitos cruzados” que ha empezado a poner en práctica con acierto Patrimonio Nacional.
El Hombre con conejo de Cecco del Caravaggio podría volver al Prado y exponerse junto a su pareja, la Mujer con paloma. Sentido común, ahora que empieza a haberlo. Se me ocurren algunas ideas más, pero no quiero desmontar más salas de las recientemente inauguradas.
Pues bien, por este pasillo –donde hay que destacar la calidad de las cartelas explicativas– se accede a las nuevas estancias 86 a 89, que ofrecen un novedoso recorrido por el arte del siglo XVIII: pintura, escultura, consolas, cuadros y mesas de piedras duras, además de piezas de taracea.
El conjunto evoca los interiores palaciegos para los que se concibieron muchas de estas obras. Destacan los lienzos de pintores que trabajaron en España al servicio de la monarquía como Corrado Giaquinto, Anton Raphael Mengs o Giambattista Tiepolo; también su influencia en los artistas españoles de la época: Francisco Bayeu, Mariano Salvador Maella y el propio Goya.
Y aunque los cuadros cuelgan en varias alturas, el montaje resulta adecuado para la mayoría de ellos. Las pinturas se alternan con piezas del Real Laboratorio de Piedras Duras del Buen Retiro, lo que da prestancia y contexto a las salas.
De los artistas extranjeros destacan obras de Louis-Michel Van Loo, Watteau, Boucher –incluidas las dos recientes compras de la Historia de Adonis– o Vernet. E incluso hay una pequeña sala dedicada –¡Ya era hora!– a los retratistas británicos: Reynolds, Gainsborough, Romney o Lawrence. Quizá no sean sus mejores creaciones, pero sirven para completar una visión europea del momento.
Tiene interés, hablando de Europa y de las relaciones artísticas entre los diferentes países, la referencia al Grand Tour y al interés de la época por los modelos clásicos.
Al margen de algunas piezas bien conocidas, sobresalen por su novedad las taraceas en maderas finas del piamontés Ignazio Ravelli y las manufacturas napolitanas del Real Laboratorio delle Pietre Dure. Otro acierto del montaje. El Prado sigue ganando espacios y calidad expositiva.



