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Edward Hooper en la Fundación Beyeler


La Fundación Beyeler de Basilea acaba de presentar una exposición dedicada a los paisajes de Edward Hopper (1882–1967), un género pictórico que el pintor norteamericano cultivó pero que al que no se había dedicado una muestra tan especializada como la que ahora puede verse hasta el 17 de mayo en el cantón alemán de Suiza. A través de 65 obras, entre óleos, acuarelas y dibujos, que abarcan desde 1909 a 1965 y donde los aficionados al arte descubrirán la evolución integral y los toques innovadores que fue incluyendo en su modo de representar el paisaje transformado por la percepción del artista. La muestra cuenta con el apoyo de las fundaciones Wyss, BNP Paribas, LUMA y Terra, y con los préstamos excepcionales del Museo Whitney de Arte Americano, institución que cuenta con el mayor número de obras de Hooper.

La figura de Edward Hooper ha ido creciendo con el paso del tiempo y ha sido uno de los artistas más relevantes del siglo XX, sobre todo por ese modo de captar las escenas de la vida urbana, entre 1920 y 1960, y que hoy constituyen iconos muy populares para millones de personas. Hay que recordar que el artista estadounidense empezó como ilustrador y luego estudió pintura en la Escuela de Arte de Nueva York, pero fue nutriendo su acervo cultural con lecturas de los grandes novelistas alemanes, franceses y rusos, junto a pintores como Velázquez, Goya, Courbet y Manet, entre otros. Tanto en sus escenas urbanas como en sus paisajes Hooper demuestra su virtuosismo para fijar la luz y las sombras, tanto en sus óleos como en sus acuarelas. Y todo ello le llevo a desarrollar una estética personal que ha influido a pintores figurativos pero también a fotógrafos y cineastas.

El punto de partida de esta muestra surgió cuando se unió a la colección de la Fundación Beyeler un préstamo permanente del óleo titulado Cape Ann Granite, paisaje pintado en 1928, que había pertenecido a la famosa colección Rockefeller. Esa obra coincide con un momento en que su obra fue admirada por coleccionistas, críticos, curadores y el público en general. Un año después de pintar dicho óleo fue invitado a participar a la exposición organizada por el MoMA: Pinturas de 19 americanos vivos.

La pintura de paisajes siempre muestra el impacto del hombre en la naturaleza y las creaciones de Hopper saben reflejarlo sutilmente. Supo conferir un enfoque distintivamente moderno a un género clásico de la historia del arte occidental. A diferencia de la tradición académica, los paisajes de Hopper parecen ilimitados. La percepción del que mira es variable: para algunos resultan infinito y para otros ver detalles de un todo inmenso.

Sus composiciones paisajísticas son geométricamente claras. En ellas sus elementos principales son las casas, que simbolizan el asentamiento humano. Y así vamos observando cómo las vías del ferrocarril estructuran las imágenes horizontalmente y representan el esfuerzo del hombre por conquistar amplias extensiones de espacio; un cielo extenso, así como ambientes de iluminación específicos, desde un mediodía brillante con la luz del sol y ese tono del atardecer. Todo ello ilustra la inmensidad y la transformación constante de la naturaleza, incluso en una pintura de paisaje realmente estática. Un faro puede convertirse en un punto de referencia en la inmensidad del mar y la costa, pero también un anclaje para quien habita el interior de ese lugar.

Las pinturas de paisajes de Hopper parecen tratar con algo invisible, que ocurre fuera de la imagen, como lo ilustra, por ejemplo, Cape Cod Morning (1950). En esa composición una mujer mira desde una ventana panorámica; su rostro bañado por la luz del sol observa algo que el espectador no puede ver porque se encuentra más allá del espacio pictórico. Los paisajes visibles de Hopper siempre tienen una contraparte invisible y subjetiva que sugiere lecturas variadas para el espectador, muchas veces definidas por la melancolía y la soledad, algo común en sus escenas de la gran ciudad, unido a la inquietud y zozobra de esas imágenes estáticas.

Otra idea que recorre muchas de sus piezas quizá sea revelar la intrusión a veces brutal del hombre en la naturaleza al confrontar paisajes naturales y urbanos, donde cuestiona de algún modo los lados oscuros del progreso en espacios vastos e ilimitados de la Costa Este de Estados Unidos, que posteriormente tuvo desarrollo en el cine, tanto en algunas películas de Alfred Hitchcock, en París, Texas, de Wim Wenders, en Bailando con lobos de Kevin Costner, y en el color de Lejos del cielo de Todd Haynes. Precisamente Wim Wenders ha producido un cortometraje en 3D titulado Dos o tres cosas que sé sobre Edward Hopper, que se está proyectando en la Fundación Beyeler y que más allá de recrear poéticamente el espíritu de Hooper y su ruta, es capaz de sintetizar cómo el pintor ha influenciado a numerosos creadores cinematográficos y cómo algunas películas le influyeron a él para crear. Julián H. Miranda

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