Antonio López inédito y otras joyas de Iberdrola brillan en Bilbao
El Museo de Bellas Artes presenta una exposición compuesta por 138 piezas de la Colección Iberdrola, entidad que este año cumple su 125 aniversario. Para celebrarlo, la compañía eléctrica ha repatriado decenas de obras de Hockney, Warhol, Vasconcelos o Kiefer repartidas por sus sedes mundiales, a las que se suma el trabajo inacabado del pintor de Tomelloso.
Era un secreto a voces que por fin se ha confirmado: Antonio López está pintando la ría de Bilbao. Ha cambiado su querida Gran Vía madrileña por el piso 29 de la Torre Iberdrola de la plaza Euskadi, desde donde está captando con su mirada hiperrealista la esencia de la ciudad.
Prueba de ello es el díptico inacabado que da la bienvenida al visitante en la muestra Paralelos y meridianos. Colección Iberdrola que se presentó ayer en el Museo de Bellas Artes de Bilbao.
Los dos óleos sobre lienzo que forman este trabajo apenas están perfilados –el artista aún lo está pintando–, pero ya se adivina la luz otoñal que riega el puente de La Salve, Zorrotza o la calle de Mazarredo.
Una recentísima panorámica que curiosamente se exhibe junto a la Vista de Bilbao más antigua conservada en el museo, adquirida hace unos meses y fechada hacia el 1700.
Esta es la primera sorpresa que nos espera durante el recorrido por la exposición, pero hay muchas más. Porque es la primera vez que la compañía eléctrica reúne tal cantidad de obras propias en un mismo espacio; desde piezas inéditas que nunca antes habían salido de sus oficinas hasta adquisiciones recientes que ni siquiera han tenido ocasión de llegar a su destino final.
Una de estas últimas es de Robert Motherwell. Ha venido directamente al museo desde la subasta donde se compró; lo mismo que el paisaje de Antonio de Guezala. Ambos trabajos demuestran hasta qué punto la Colección Iberdrola sigue creciendo, con la vista especialmente puesta en el siglo XXI.
Nombres internacionales como Warhol, Baldessari, Kiefer o Hockney se mezclan con otros patrios como Gerardo Rueda, Regoyos o Tàpies, sin olvidar la presencia vasca representada gracias a Chillida, Oteiza o Zamacois, que para algo la empresa tiene raíces bilbaínas.
Desde luego, la nómina de autores es apabullante e increíble. Porque no falta prácticamente ninguno de los que deberían de estar para dibujar un completo panorama de los últimos 150 años: vanguardias europeas, modernistas catalanes, informalismo español, paisajistas vascos, expresionistas americanos, Young British Artists, referencias de la Performance…
Parece como si esta colección corporativa se hubiese gestado a golpe de talonario y nombre propio, pero no es así. Hay un criterio detrás. Un hilo conductor –más bien dos– que da sentido al conjunto: las obras forman una conjunción de “paralelos y meridianos”, en palabras de Rafael Orbegozo –responsable de la colección– que dibujan la cartografía tanto de la historia del arte reciente como de la propia entidad. Porque cada pieza aquí presente no solo encarna un hito del panorama cultural, sino también un momento relevante de Iberdrola.
Así, escenas como Salida de la fábrica de Darío de Regoyos recuerdan el Bilbao pujante de principios del XX, justo cuando nació Hidroeléctrica Ibérica (el germen de la entidad). Mientras que los trabajos de Oteiza, Saura o Palazuelo de mediados de siglo dejan constancia del auge del Informalismo en España, así como de las fusiones empresariales que hicieron crecer a la marca.
El salto al extranjero llevó consigo apertura de oficinas nuevas y con ello la incorporación de obras de creadores locales. Por ejemplo, las fotografías de la Escuela de Düsseldorf, con Gursky a la cabeza, se compraron cuando la empresa inició su expansión por Alemania.
Ya como multinacional llegaron Reino Unido –con Tracey Emin o Kapoor–, los países eslavos –ahí está Marina Abramovic para dejar constancia de ello– y Portugal (imprescindible Vasconcelos). Y como últimamente se están expandiendo por Asia, le ha llegado el turno a Weiwei.
En la muestra no están todos los que son, pero sí los imprescindibles. Porque apenas representan una tercera parte de la Colección Iberdrola, integrada por unas 400 obras en total. Alex Katz, Olafur Eliasson, Bil Viola, Donald Judd, Gerhard Richter, Tomas Ruff, Carmen Calvo, Michael Craig, Calder, Marlene Dumas, Sergio Prego… Alegra ver que la presencia femenina funciona como algo más que un cupo en el interminable listado de artistas.
“Es una oportunidad magnífica para mostrar una colección corporativa en la que historia del arte se entrelaza con el desarrollo de la empresa”, insiste Miguel Zugaza, director del museo que hasta el 30 de agosto acoge la muestra que “ha colonizado” el edificio.
Para ser honestos, no es la primera vez que Iberdrola exhibe parte de sus tesoros, pues ya en 2014 desveló algunos de ellos en La piel traslúcida. Sin embargo, la política de adquisiciones ha sido tan activa durante las dos últimas décadas, que los fondos se han incrementado considerablemente.
Y si en aquella ocasión se mostraron 85 obras, ahora suman un total de 138 entre pinturas, esculturas, dibujos, fotografías y vídeos, que se reparten por la planta baja y el primer piso del centro bilbaíno. Ocho apartados estructuran el recorrido, comisariado por Guillermo Zuaznabar con una idea clara: “escalar la colección y conseguir que, dentro de un espacio museográfico, mantuviese su espíritu”.
Aunque no ha sido fácil –reconoce– montar “una sinfonía coral con tanto solista”. Como Kiefer, que difícilmente consigue conectar con Saura –dos gallos en el mismo corral se pegan–; o Warhol, cuyas poinsettias sí encuentran acomodo junto a las flores de Cy Twombly. Por supuesto, no falta un capítulo especial dedicado a la luz, que es la razón de ser de la compañía. Aquí encontramos los trabajos con luces fluorescentes de Dan Flavin, además del holograma de James Turrell (hay que moverse por la sala para apreciarlo bien).
Una de las piezas más complicadas de traer ha sido la de Anish Kapoor, Space as an Objetc: más de 600 kilos de una caja que nunca habían salido de Glasgow. Pero la ocasión lo merecía, porque se trataba de celebrar los 125 años de Iberdrola.
Quizá por eso, el imponente cuadro de Barceló que cuelga habitualmente de la sala de presidencia también ha abandonado su lugar de honor para trasladarse los escasos metros que le separan del museo y colgar junto a Julian Opie o Soledad Sevilla.
José Manuel Ballester y sus vistas 360 del Bilbao nocturno hechas desde lo alto de la icónica torre concebida por César Pelli culminan el recorrido de la exposición, ya en la primera planta. Pero no es el final definitivo, al menos los sábados y domingos, cuando el itinerario se extiende excepcionalmente hasta la propia sede de Iberdrola.
En su interior se descubren las fotografías pintadas de David Urzay –flanqueando el acceso a los ascensores–, los paneles flotantes de Cristina Iglesias –en el lobby– y la pintura curva de seis metros de Jesús Mari Lazcano, hecha ex profeso para el espacio que ocupa. Sol G. Moreno






