Las anécdotas que moldean la colección Studiolo
El Centro de Arte de Alcobendas se convierte en “un templo a lo eterno” que encapsula 169 piezas procedentes del Studiolo, fundado por Candela Álvarez Soldevilla. La muestra no se interesa tanto por las creaciones en sí, sino por los recuerdos y las anécdotas entre los artistas y la coleccionista.
“Cada una de estas piezas de arte es una cápsula, con una historia dentro y un tiempo interrumpido”, reza el primer texto de sala que nos encontramos en la exposición titulada Sin la amenaza del tiempo. Una cara de la colección Studiolo. No hay cita mejor para resumir lo que veremos: un templo que encapsula el relato personal de Candela Álvarez Soldevilla.
De las más de 700 obras que ha reunido a lo largo de los años, se ha hecho una selección de 169 piezas que contienen una historia de amor dentro de sí. “Son parte de mi familia. Las tengo en mi casa y las disfruto todos los días”, manifiesta Soldevilla.
Por eso, más que como una colección, el comisario de la muestra, Jorge de la Cruz, prefiere referirse a ella como una familia que comparte “una alegría, un recuerdo, una anécdota, una pena, una esperanza o un deseo”.
Dentro del recorrido encontramos una escultura de Christian Fuchs que define a la perfección esta cercanía en la dicotomía entre la obra y su dueña.
Cada mañana, al levantarse, Candela pasa por delante de ella y acaricia su rostro marmolado con la mano derecha. “Con el tiempo, ese gesto se ha convertido en una tradición íntima […] La obra ya no es solo una pieza dentro de la colección; es parte de un pequeño ritual doméstico, una presencia que participa del comienzo de cada jornada”, cuenta el comisario.
Como esta escultura, la exhibición está llena de retratos y cabezas que siguen al visitante con la mirada. Las testas de Jaume Plensa, Martín Chirino, Ana Laura Aláez, Eduardo Arroyo, Mark Manders, Carmen Calvo o Esther Ferrer, entre muchas otras, desfilan por el espacio de Alcobendas y dan una idea del protagonismo que tiene este elemento en la colección Studiolo.
Atendiendo a unas palabras de Antonio Pau, que inspiraron al comisario a la hora de estructurar la exposición, todas estas creaciones “piden otro mundo donde pueden darse la plenitud y sin la amenaza del tiempo”.
Por este motivo, De la Cruz ha convertido el Centro de Arte de Alcobendas en un “templo a lo eterno” donde el tiempo se divide en seis tipologías: la vida (Vanitas), el instante (Noch-Nicht), la juventud (Aión), el erotismo (Ukiyo), la rebelión (Jetztzeit) y la calma (Verweilen).
Estos seis bloques sobre la atemporalidad hablan de lo que no acaba, “del don de ser por siempre”, como lo define el comisario, y del único lugar donde esto es posible: la memoria. En ese rincón de la mente se pueden superponer temporalidades, interrumpir el ahora con el pasado, atrapar el tiempo y retenerlo con desesperación sabiendo que, antes o después, desaparecerá.
Quizá eso es lo que intenta evitar John Smalley cuando aprisiona un rostro en A safe Place (2023), logrando que el tiempo no pase por él. Pese al vértigo que parece producir pensar en el tiempo y la memoria, en esta última también hay espacio para la anécdota ligera, como la que evoca la obra Sandalies (1988) de Miquel Barceló.
En una cafetería de Palma de Mallorca, Soldevilla confundió al artista balear con un mendigo por la ropa que llevaba y, en especial, por un detalle que se le quedó grabado: sus pies y sus chanclas. El malentendido terminó convirtiéndose en una anécdota, pero un mes después se topó con un marchante que disponía de algunos Barceló.
Aunque la coleccionista no estaba interesada, decidió echar un vistazo al dosier. Para su sorpresa, entre las páginas se encontraban las sandalias del artista. Así que lo tuvo claro: ¡La compro! Para ella, este cuadro es una materialización de su memoria; un autorretrato de Barceló a través de su característico calzado.
Este es solo uno de los episodios que se narran en la exposición, pero la coleccionista ofrece más píldoras vitales que ilustran por qué decidió comprar determinadas obras y qué relación tiene con ellas.
Para descubrirlas, animo al lector o lectora a que interrumpa su flujo vital —que en estos tiempos parece más un acto de rebelión, que un ejercicio cotidiano— y se permita la monstruosa pausa que propone Sin la amenaza del tiempo, disponible hasta el 3 de mayo. Nerea Méndez Pérez






