Horacio Pérez-Hita, un raro genial
Horacio era un enmarcador. Era esa persona que pone a cada cuadro el marco que le conviene. Una tarea que aparentemente es fácil pero que todo el mundo sabe que no lo es. No me extrañó cuando el Museo del Prado le contrató para ir renovando los marcos de su galería; trabajo complicadísimo hoy, pues los marcos originales son muy codiciados y están carísimos. TEXTO: Fernando Rayón
Conocí a Horacio porque nos vino a ver a la revista. Quería proponernos un reportaje. Le ofrecimos algo mejor: un portfolio en el que repasara épocas y estilos, que explicara las razones para enmarcar. Enseguida me di cuenta de que era un sabio. Le conté uno de mis capítulos favoritos de Corazón tan blanco de Javier Marías en el que un coleccionista no puede ya soportar más el marco del XIX que tiene la Artemisia de Rembrandt del Prado y se pone en la sala a quemarlo con un mechero.
Me escuchó atentamente y me dijo que él había tenido esa tentación muchas veces. Que también sufría con los marcos modernos de algunos museos. “Son obras maestras que sufren, porque les ponen piezas de otra época que además no les convienen. ¿Y qué se puede hacer? Pues cambiarlo”.
Así empezó una relación curiosa en la que hablábamos de literatura, filosofía, cuadros, anticuarios y marcos… Era un grandísimo conversador, apasionado como pocos por su profesión, por sus descubrimientos, por sus certezas. Siempre buscaba una razón para no entregarme el portfolio que le había pedido, aunque de vez en cuando mandaba fotos para recordarnos que “seguía en ello”. Su gran trabajo en el Prado y su prematura enfermedad fueron también sus aliados.
Un día le conté que había estado en Barcelona en casa de la familia Casacuberta y que su colección tenía los mejores marcos que había visto hasta la fecha. Sabía que eran suyos, pero la vanidad no iba con él. Cambió enseguida de tema. Como sabía que iba en verano a Florencia, me dijo: “Cuando veas el Tondo Doni de Miguel Ángel en los Ufizzi, fíjate bien en el marco. Italia ha sabido conservar como nadie sus cornices. Así lucen mejor sus joyas. ¡Y eso que Savonarola quemó lo suyo… pero quedan tantas maravillas!”.
Ya no le pude contar nada de aquel viaje. Pero me queda el recuerdo de su maravilloso y original gusto. Un raro genial del que, afortunadamente, conservo un marco que él eligió para un cuadro. Eso me basta cuando lo miro. Porque recuerdo que, muchas veces, lo que parece secundario termina siendo definitivo y principal. Y que la belleza se esconde donde solo algunos privilegiados como Horacio decidieron retenerla.

