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«Vivir con el corazón», primera novela de Javier Santiso con Van Gogh como hilo conductor


Vicent Van Gogh (Zundert, 1853-Auvers-sur-Oise, 1890) está considerado como uno de los maestros de la historia de la pintura y su influencia irradió tanto en el movimiento fauvista como en los expresionistas. Sus exposiciones desde que murió siempre han constituido un gran éxito de público porque de sus telas y dibujos emana la autenticidad del hecho creativo. Ahora, Javier Santiso (Saint Germain-en-Laye, 1969), poeta y fundador de la editorial La Cama Sol, publica su primera novela Vivir con el corazón, editada por La Huerta Grande. En esta novela de 122 páginas, Javier Santiso nos acerca a la vida del pintor de Los girasoles y de todas las personas que giraron en su universo vital durante 37 años. Un canto al arte y la literatura, pero sobre todo al amor.


Antes del comienzo de la novela se incluye una estrofa del poema Si el hombre pudiera decir lo que ama, que formaba parte del libro que publicó Luis Cernuda en 1931, Los placeres prohibidos,  que da una pista de por dónde irá el tono de la novela: «Tú justificas mi existencia: si no te conozco, no he vivido; si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido». En ese poema el poeta sevillano utilizó una técnica surrealista muy trabajada para  expresar que gracias al amor podía sentirse libre.

Santiso ha estructurado el libro en ocho capítulos en los que va recorriendo las diferentes etapas de las personas y lugares en los que transitó su vida y la obra del autor de La siesta y lo hace con una mirada caleidoscópica, gracias a una prosa poética desbordante que nos sitúa ante un personaje fascinante, que se bebía la vida a sorbos, que pintó alrededor de un millar de obras, entre pinturas y dibujos, gran parte de ellas en los últimos nueve años, y que apenas vendió dos o tres pinturas en vida, teniendo el reconocimiento posterior por el denodado esfuerzo de su cuñada Johanna Bonger por que se conociera su obra en los Países Bajos y en otros países posteriormente, después de enviudar de su querido hermano Theo, que sobrevivió a la muerte de Vincent Van Gogh solo seis meses después golpeado por el suicidio o accidente de su hermano.

En la primera parte Javier Santiso nos habla de la añoranza que tuvo Van Gogh de su hermano mayor, que murió al nacer y que también se llamaba Vincent, y también de su primera época en la que intentó ser galerista, minero, y tras intentar varias cosas más se dio cuenta de «lo que siempre había querido ser, pintor, de esos que llenan pedazos de tela con colores, de verdades como puños», pero también añade con una visión prospectiva las que quizás fueron las últimas obras que pintó: trigales con cuervos,  trigal bajo las nubes de la tormenta o las raíces de un árbol, que fue la tela que estaba en su caballete el día que se disparó, así como su capacidad para ofrecer decenas de matices del amarillo: cadmio, cromo, paja, azufre, limón y muchos otros tonos para pintar casas, girasoles o paisajes.

En ese acercamiento personalísimo que Santiso hace de Van Gogh nos adentra en sus comienzos como pintor en la Haya, en el taller de su primo, Anton Mauve, una persona generosa con los demás, una época en la Vincent no paró de dibujar a labradores, segadores, inspirándose en los dibujos de Millet y Holbein,y más tarde el proceso de la alquimia del color, donde llega a disfrutar del olor de los colores, sus primeros desnudos y cómo no sus deseos de pintar lo efímero para sentirse en ese taller «en lo más alto de lo más alto, un momento luciérnaga, un momento único y decisivo». En esos momentos «Vincent lo entiende todo, el arte y el universo, la mente y el alma, entiende que se pinta con el corazón de los ojos».

Continúa avanzando con su estancia en París, el viaje a Arlés, lugar donde Van Gogh encontrará un cielo luminoso y su paleta se nutrirá de nuevos cromatismos porque «el sol era de impaciencia tremenda, porque (Vicent) sabe mejor que nadie que la vida no espera». Todo el paisaje y el paisanaje le estimulan. Se fija en las muchachas en flor, en los trigales, en los girasoles , en las amapolas y recorre los senderos que luego volcará en sus telas y en ese ambiente reflexiona que «nadie muere por amor sino de soledad».

Dentro de las personas que allí viven se encontraba el cartero Josep Roulin y su familia, al que Van Gogh hizo varios retratos de todos ellos y al que el pintor leerá varios artículos sobre Monet porque como subraya Santiso: «Vincent amaba la vida por encima de todo, amar es la única de las riquezas que se multiplica cuánto más la ofreces» y lo hizo rodeándose de vidas minúsculas que él hizo crecer hasta volverlas inmortales.

En «La noche estrellada después de los bosques» menciona que la hermana de su amigo el poeta Eugène Bosch le compró un cuadro de un viñedo, uno de los tres que vendería en vida. Y ahí Santiso vierte una pregunta que atribuye a Éugène y que nos concierne a los que amamos el arte: «por qué una obra vale algo, todo o nada», observando la escasez material que tenía el pintor neerlandés, y el novelista remarca «¿qué vale una vida sin valor ni valores?» porque «los del pelirrojo eran infinitos» como dejó patente al pintar La noche estrellada de Arlés.

Uno de los capítulos más intensos de la novela, tras lecturas de cartas y libros por parte del autor, es el que aborda la vida amorosa de Van Gogh porque las mujeres pueden cambiar la vida de los hombres. En ese periplo encontramos a Margot Begemann, Kee, Sien, Agostina Segatoni (modelo de Corot, Manet y de Vincent) y, sobre todo, de Gabrielle Berlatier, una joven de 20 años, a la que Van Gogh entregó su oreja mutilada y sobre todo su alma, tras una discusión fuerte con su amigo Gauguin. Gabrielle fue muy probablemente el gran amor de su vida y con la que pasó algunos de sus días más felices. Porque como escribe el novelista «la eternidad no se mide en años sino en segundos» y añade más adelante que Van Gogh se quedó «sin patria fememina, sin claro de mujer, la vida también necesita esa alegría». Y al final es rotundo «pintar o escribir es esperar a que caigan las primeras gotas de oto, el silencio de un mundo que se llena poco a poco de sol».

En el penúltimo capítulo, Javier Santiso parafrasea a uno de sus autores predilectos Pascal Quignard, cuya novela Todas las mañanas del mundo se adaptó al cine con gran éxito de público y crítica y música de Marin Marais. En esta parte el autor menciona la especial comunión que mantuvieron durante su vida Vincent y Theo, su hermano menor, y que quedaron para la posteridad en los centenares de carta donde escribían todo lo que acontecía, una memoria de vivencias y pasiones. Todo lo que sentían. Y eso le da pie al autor del libro para reflexionar desde la contemporaneidad digital: «las cartas dejaron de enviarse, sólo escribimos por relámpagos, desde nuestras cuentas y redes sociales, ahí tapados en nuestras cuevas, enviando mensajes desde los buzones, escribimos desde nuestros móviles, desde un vacío más fino que un cabello o un peine sin dientes… pero seguimos con la nostalgia de ese idioma del amor que es a veces es el escribir».

Y en el «El color rubio del porvenir» Santiso vuelca su mirada de nuevo en las cartas y en el legado que debemos a Johanna Bonner, cuñada de Vincent y viuda de Theo porque ella «entiende que lo que tiene en sus manos es un himno» porque recogían palabras que perdurarían en el tiempo por su autenticidad  y porque su belleza conmueve. Y ella al releerlas y traducirlas para su edición descubre que Vincent era un gran pintor y un gran poeta. Y la comunión que tuvieron los dos hermanos le llevó a trasladar los restos de Theo, enterrado primeramente en Holanda, hasta Auvers en Francia. Johanna luchó para que el legado plástico de Van Gogh no cayera en el olvido promoviendo la venta y exhibición de sus obras por su país natal y otros países europeos. Santiso concluye la novela a modo de epitafio inspirador: «no le temas a la muerte, ella no es nada, porque lo único de verdad temible en este mundo es una vida sin amor». Julián H. Miranda

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