Un río corre bajo el Thyssen
La institución acoge por primera vez una exposición protagonizada por una artista latinoamericana, Seba Calfuqueo. La muestra, titulada Cautín, se articula como un recorrido por el río del mismo nombre, que recorre el territorio de los mapuches: la Araucanía, en Chile.
El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza se ha convertido en uno de los lugares donde el arte más contemporáneo encuentra su hogar (y su contexto). La apuesta conjunta con la Fundación TBA21 –a través de un programa de exposiciones que ha desembocado en la donación y cesión de la colección creada por Francesca Thyssen-Bornemisza, ampliación mediante– está transformando la institución en un laboratorio de ideas que no reacciona ni sigue tendencias, sino que abre camino.
Esta posición la afianza Cautín, la primera muestra del Thyssen dedicada a una artista latinoamericana, Seba Calfuqueo (solo unas semanas después del anuncio de la ampliación que ocupará el Palacio del Hielo y del Automóvil, donde la creadora estará representada por su pieza Ko ta mapungey ka (Agua también es territorio), que forma parte de las obras de la colección TBA21 incluidas en la donación al Estado español). Durante su presentación, Guillermo Solana, director artístico del museo, declaró que «esta es la primera exposición de la nueva era».
Se trata de un momento particularmente simbólico para la institución, que ha cedido la palabra a una artista procedente de una comunidad históricamente reprimida y, además, de identidad no normativa: Calfuqueo es una mujer trans mapuche.
Los mapuches son el pueblo indígena más numeroso en Chile, con más de un millón y medio de integrantes cuyo hogar ancestral es la región de la Araucanía. La discriminación racial que aún hoy sufren tiene su recuerdo más amargo en la llamada Pacificación de la Araucanía, una campaña militar de limpieza étnica que dirigió el Estado chileno a finales del siglo XIX (en un proceso de sometimiento similar al padecido por las tribus norteamericanas, diezmadas y recluidas en reservas). La herida se prolonga en el siglo XX con la privatización del agua durante la dictadura de Pinochet, que la convirtió en un recurso comercializable, algo difícil de encajar en una cosmovisión donde el agua y la tierra son inseparables.
Cautín es el nombre de uno de los ríos más importantes de la región, uno que la artista ha recreado en las salas del museo, que ha teñido de un azul intenso. La muestra, fruto de más de dos años de investigación, reúne más de 25 obras de nueva producción entre videoanimación 3D, videoperformance, pintura acrílica bordada a mano, cerámica, fotografía y un mural a gran escala. Todas componen un relato circular que transita a contracorriente: arranca en el océano Pacífico, adonde las ballenas Trempulkawe llevan a los difuntos para convertirlos en espíritus, y termina en el volcán Lonquimay, donde nace el cauce.
Las salas se tiñen de kalfü, el azul sagrado mapuche, que vertebra tanto las obras como la museografía de Andrea Muniáin, concebida como un puente para recorrer los meandros del río. El azul es, además, parte del apellido de la artista: Calfuqueo significa «pedernal azul» en mapudungún.
Ese transcurso geográfico permite a Calfuqueo transportar al espectador a un entorno concebido «como un lugar de reunión», en palabras de la comisaria, Marina Avia. En Cautín se funden el paisaje, los humanos y los seres míticos en un relato de coexistencia y reciprocidad, aunque sin idealizarlo: lo sucio y lo turbio también tienen su lugar, y la artista trabaja con lo que llama «materiales travestis», que mezclan lo natural y lo artificial. Doce grandes cerámicas zoomórficas hibridan el metawe, la vasija tradicional mapuche, con especies autóctonas del río, algunas amenazadas, como la ranita de Darwin o el huillín. Un mural retrata, además, a participantes reales del Cautinazo, uno de los episodios más importantes de restitución de tierras al pueblo mapuche, entre 1968 y 1973.
Además de los elementos iconográficos que se refieren a la tradición material mapuche, la exposición incluye el cabello como representación simbólica de la identidad individual y del disciplinamiento cultural: el pelo remite al control que las misiones evangelizadoras ejercieron sobre las poblaciones indígenas.
Para Calfuqueo, el pelo tiene además una capa extra de significado: su propia melena ha sido un campo de batalla, una extensión de su identidad de género que chocó con los convencionalismos de la sociedad en la que se crio y que trataba de suprimirla. El motivo ya había llamado la atención en el pasado ARCO, donde Yacente serpiente, una escultura yacente cubierta de tupido pelo negro, convirtió a la artista en una de las revelaciones para el público y la crítica españoles. Ahora la exposición cierra con una instalación de cerámica de la que brota una cascada de pelo sintético, a modo de arroyo: el nacimiento del Cautín.
Cautín y las experiencias que narra nos llevan a pensar que quizá las instituciones europeas hayan madurado lo suficiente como para poder dar una respuesta más satisfactoria a la pregunta que se hizo Gayatri Spivak hace 40 años en ¿Puede hablar el subalterno?
Y si bien es imposible, por definición, resolver la cuestión del todo –la de si alguien de la periferia política, afectiva, geográfica o de género tiene la posibilidad de compartir sus experiencias por completo sin que sean asimiladas por lo hegemónico–, sí se puede apuntar en la dirección correcta, una de escucha y empatía.



