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Un nuevo goya para el Museo de Zaragoza 

La restauración del Éxtasis de san Antonio Abad, llevada a cabo en el Prado, ha permitido a Manuela Mena estudiar la obra en profundidad y atribuirla al maestro de Fuendetodos. La pintura se exhibe desde hoy en las salas del museo zaragozano con la nueva cartela. 

Entró en 2016 en los talleres del Museo del Prado como atribuida a Francisco Bayeu y ha salido como un goya. El Éxtasis de san Antonio Abad regresa al hogar –el Museo de Zaragoza– con colores nuevos, pero también estrenando autoría. La restauración, estudio técnico y análisis a los que ha sido sometida la tela durante el último año en la primera pinacoteca española han permitido identificar la mano del maestro aragonés, especialmente en los pliegues de los ropajes que visten al santo y en las pinceladas que dibujan las piernas del ángel que le acompaña. Así lo anunciaron ayer la jefa del área de Conservación del Museo del Prado Manuela Mena y la restauradora Almudena Sánchez.

Las labores de limpieza del cuadro, oscurecido por el paso del tiempo, han revelado unos tonos ocres y azulados que hasta ahora permanecían ocultos bajo capas de barnices. Asimismo, también han sacado a la luz el libro y la calavera de la zona inferior derecha, apenas imperceptibles. Precisamente el trazo del libro es uno de los elementos que le han servido a la especialista en el pintor para reconocer “la forma de trabajar de Goya, porque sus pinceladas son como su firma”, explica Mena.

Mena vio el lienzo en los almacenes del museo zaragozano en 2016. «Estaba muy sucio e inicialmente se podía atribuir a Francisco Bayeu». Sin embargo, la conservadora pudo intuir en esa primera mirada «determinadas cosas que podrían ser de una escala superior”; por eso propuso a los responsables del centro que el cuadro se restaurase en los talleres del Prado, para poder estudiarlo con detalle.

Meses después, esa intuición inicial parece haberse convertido en realidad. De modo que El Éxtasis de san Antonio Abad, que fue adquirido por el Museo de Zaragoza en 1925, se exhibe ahora como Francisco de Goya y se suma así a las otras 33 obras que la colección atesora del maestro.

La restauradora Almudena Sánchez considera que la obra no presentaba graves problemas que pusieran en riesgo su conservación, a pesar de la costura que posee en la parte inferior derecha. Sí reconoce, no obstante, que la composición «se había degradado intensamente» debido al envejecimiento de los barnices. Afortunadamente esos esmaltes han desaparecido y han dejado al descubierto una escena concebida con «una cabeza intelectual, matemática casi», en palabras de Manuela Mena, que remite directamente  Goya. Basta fijarse en detalles como la expresión de arrobamiento del santo, la forma como su mano se agarra al pecho o el vuelo del ángel.

Mena fecha el cuadro de 77 x 55,5 cm entre 1777 y 1781. Era un poco más grande y estaba enmarcado con una banda negra que se conserva en la parte inferior. Se trata de una pintura de devoción basada en una composición de Corrado Giaquinto para la iglesia de San Giovani Cabilita en Roma. En ella el santo aparece sentado en una roca y en éxtasis, momentos antes de su muerte. Es «muy posible» que fuese un encargo o incluso un regalo para alguno de los amigos o familiares del pintor. Sol G. Moreno

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