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A subasta el retrato perdido de Olimpia Maidalchini de Velázquez

Sotheby’s sacará a la venta en Londres, el próximo 3 de julio de 2019, la famosa pintura de Velázquez, que hasta ahora se daba por perdida. Parte con un precio estimado de salida entre 2.000.000 y 3.000.000 de libras.


Una de las etapas más fascinantes de la carrera artística de Velázquez es la de su segundo viaje a Italia. Entre 1649 y 1651 y por orden de Felipe IV, el pintor de cámara viaja a la Península itálica con el fin de adquirir pinturas y vaciados de las esculturas más célebres de Roma. Con ellas culminará parte del proyecto de redecoración del Alcázar de Madrid, la residencia representativa de la monarquía hispánica. En la ciudad eterna contará con la ayuda del agente español Juan de Córdoba, personaje que recientemente se ha vinculado con el Caballero Marquand del Metropolitan Museum de Nueva York que Javier Portús estudió en Ars 42.

Este cuadro forma parte de la selecta nómina de retratos que Velázquez pintó durante su segunda estancia romana, con Inocencio X de la Galleria Doria Pamphilij (1650) a la cabeza. No descubrimos nada nuevo si nos referimos a ellos como obras capitales no sólo de su producción, sino también del género del retrato de todos los tiempos. A este elenco pertenecen, entre otros, Camillo Astalli de la Hispanic Society de Nueva York (1650-1651), Ferdinando Brandani del Museo del Prado (1650), o Camillo Massimi de Kingston Lacy (1649-1650. Ver aquí).

El artista tuvo la oportunidad de efigiar al pontífice y a su círculo más próximo. Entre estos personajes, ocupó un puesto de honor la cuñada de Inocencio X, Olimpia Maidalchini Pamphilij (1591-1657), conocida en los círculos romanos como la «Papessa» por la enorme influencia que ésta ejerció en el hermano de su difunto esposo, hasta el punto de que se la llegó a considerar su amante. Sea cierto o no, sabemos que el pintor la retrató en 1650. Esta célebre pintura, a la que se le perdió la pista en el siglo XVIII y sobre la que han corrido ríos de tinta, es la que subastará Sotheby’s el próximo 3 de julio en Londres (lote 28).

Gracias a una carta dirigida al duque de Módena con fecha de 13 de julio de 1650, sabemos que Velázquez había retratado dos días antes a Donna Olimpia. El cuadro quedó en su poder hasta su muerte en 1657 y posteriormente pasó a la colección de Camillo Massimi (1627-1677), al que Velázquez, como ya sabemos, también retrató. Es entonces cuando ambos retratos quedan emparejados, compartiendo unas dimensiones muy próximas y una estética común: efectivamente, ambos personajes descansan sobre una silla de brazos, formando un pendant perfecto.

Tras la muerte del cardenal Massimi en 1677, se hizo con ambos cuadros don Gaspar Méndez de Haro y Guzmán, VII Marqués del Carpio (1629-1687). Carpio, uno de los coleccionistas más importantes de su tiempo –recordemos que también poseyó la Venus del espejo del sevillano– había llegado a Roma en marzo de ese mismo año en calidad de embajador de Carlos II ante la Santa Sede, y no dudó en incorporarlos a su colección. Así lo atestiguan el número de inventario “429” y el anagrama del marqués pintados en el reverso del cuadro. Este dato aporta otra valiosa información: que el cuadro no ha sido reentelado desde que se pintó.

El retrato de Donna Olimpia figura en los inventarios de bienes de 1682/83 y 1687, siempre junto a su compañero Camillo Massimi. A la muerte de don Gaspar en Nápoles, ambas pinturas pasaron a manos de don Eugenio de los Ríos, caballero de la Orden de Santiago y Mayordomo Mayor del marqués. En la ciudad partenopea y en su posesión se mantendrían hasta 1692, momento en el que son adquiridas por Cesare Barbaro.

En el trascurrir del siglo XVIII serán trasladadas a Bolonia y a Roma, ya en poder del cardenal Pompeo Aldovrandi (1668-1752), manteniendo siempre su identificación y la atribución al sevillano como “Diego Valaschi”. A partir de 1752 los cuadros toman caminos distintos. Camillo Massimi acabará en Kingston Lacy, mientras que a su compañera se le pierde la pista, reapareciendo en una venta anónima en La Haya en 1896.

Ahora, tras más de dos siglos y medio de oscuridad, volvemos a contemplar uno de los retratos más enigmáticos pintados por Velázquez. El paso del tiempo ha dejado mella en la superficie pictórica, pero a pesar de ello, cuando tuvimos la ocasión de contemplarlo en directo, nos sobrecogió la inigualable captación psicológica de la “Papessa”, algo sólo al alcance de los pinceles del pintor sevillano, que supo dar lo mejor de sí durante su periplo romano. El fondo del cuadro atestigua también la presencia de una segunda mano, que bien pudo intervenir en él cuando se situó como pareja junto a retrato del cardenal Massimi.

En Velázquez, pájaro solitario (Barcelona, 1969), Ramón Gaya señalaba que “en la pintura de Velázquez no hay, propiamente, colores, pero no se trata de una carencia, sino de una… elevación, de una purificación. El color, en efecto, no está, o no está ya en el lienzo, pero no ha sido suprimido, evitado, sino transfigurado –no trocado ni confundido con otra cosa–; ha sido llevado a esa diáfana totalidad en que Velázquez desemboca siempre”. Estas palabras pueden aplicarse al rostro de Donna Olimpia, pues con una gama cromática reducida, el color carmesí, tan característico de ese momento,  con el que dibuja las facciones de la dama, es el gran protagonista.

Habrá que estar atentos a cuánto asciende el retrato en una subasta en la que, por cierto, también figura, en el lote 24, un conocidísimo cuadro de José de Ribera firmado y fechado en 1637 y que parte con una estimación, nada menos, que de 5 a 7 millones de libras.

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