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PSIQUE Y VANGUARDIA EN LA OBRA DE GIORGIO DE CHIRICO


Al ver la retrospectiva de Giorgio de Chirico (Volos, Grecia, 1888-Roma,1978) que se ha presentado en CaixaForum Madrid, tras su éxito en Barcelona, he recordado algunas exposiciones del pintor italiano en Roma y París, pero creo que El mundo de Giorgio de Chirico. Sueño o realidad, quizá sea una de las mayores antológicas dedicadas a su genio creador y desde luego en España la que mejor recorre la evolución de su obra. Comisariada por Mariastella Margozzi y Katherine Robinson, y organizada por la Obra Social «la Caixa» en colaboración con la Fundación Giorgio e Isa de Chirico, la muestra reúne más de 140 obras, entre pinturas, dibujos, litografías y esculturas, que abarcan el período 1913 y 1976, repasando toda faceta creativa y todos los géneros y temas que abordó en su larga trayectoria como artista.

En la presentación de la exposición estuvieron presentes Isabel Durán, directora de CaixaForum Madrid; Isabel Salgado, directora de exposiciones de la Fundación La Caixa, quien destacó que las atmósferas metafísicas del pintor italiano se han convertido en referencias visuales de nuestro tiempo;y y Fabio Benzi, miembro del Consejo Científico de la Fundación Giorgio e Isa de Chirico, que resaltó su cosmopolitismo y cómo poco a poco se convirtió en uno de los grandes maestros del arte moderno indagando en el mundo de la psique.

En el universo del pintor italiano, alguien muy autodidacta, latía una sed de curiosidad infinita por el arte clásico, el arte primitivo, el renacimiento, y en general muchos períodos del arte antiguo y de los nuevos caminos del arte moderno, también influido en su caso por la visión nihilista de Nietzsche y profundización en la psique humana. Todo ello configuró una visión enigmática de la realidad, con referencias al sueño y a la capacidad narrativa de la memoria, plasmando un surrealismo muy singular. Todo ese mundo visionario de Giorgio de Chirico está muy presente en las piezas que vamos encontrando en la antológica, que permanecerá abierta hasta el 18 de febrero.

El recorrido se estructura en seis ámbitos temáticos y se inicia con una colección de retratos y autorretratos que plantean una pregunta a los que contemplan sus obras, en torno a la identidad del yo y los otros. Para De Chirico el retrato es el género por excelencia y lo cultivó a lo largo de su larga vida, con los cambios derivados de sus vaivenes estilísticos. Hay en muchos de ellos un punto de ironía, una mirada escrutadora amable con los personajes que fija en el lienzo e incluso consigo mismo porque quiere captar emociones íntimas. Por ejemplo, en los autorretratos fue evolucionando por el clasicismo del primer período hasta el intimismo de las décadas de los 20 y 30 o la ambigüedad posterior, donde supo hacer un guiño a los grandes retratistas como Hals, Rembrandt o Van Dyck.  Sobresalen además de sus autorretratos lo que hizo de su mujer Isa con vestido rosa y negro, el de un arquetipo de la mujer española o el de la bella italiana, entre otros.

Los interiores metafísicos-segundo bloque de obras- fueron un tema recurrente que comenzó en la I Guerra Mundial, ya en Italia, lo que implicaba los elementos arquitectónicos de una estancia, en cuyo centro siempre encontramos un grupo de instrumentos de dibujo y otros objetos. A veces recurre al punto de fuga de una ventana, al cuadro dentro del cuadro. Hay todo un diálogo en esas visiones para el binomio interior-exterior, que simulan como en los pensamientos de Pascal las habitaciones del pensamiento, uno de los temas más enigmáticos que abordó durante su quehacer plástico, siempre apoyado en el color.

Sin embargo, quizá sea Plaza de Italia y maniquíes, el eje central sobre el que gravita la exposición y el mejor representante del arte metáfisico, que nació en Florencia en 1910, como resultado de una especie de revelación que tuvo Giorgio de Chirico y que plasmó en un óleo titulado El enigma de una tarde otoño, hacia 1910, un tema que desarrolló más tarde en París, desde 1911 a 1915. En esta serie de pinturas los pórticos de las ciudades italianas del Renacimiento, las torres de esas mismas ciudades, las esculturas que presiden las plazas, y ese curioso tren que va recorriendo la línea del horizonte. No hay personas en esos espacios sino proyecciones humanas en esas estatuas.

En esos años también nació el maniquí, un ser sin rostro de cabeza ovoide y un cuerpo geométrico, que es una síntesis de todo el conjunto, pero al que supo conferir una luminosidad en el rostro. Buen conocedor de los personajes y mitos antiguos como Héctor y Andrómaca, el guiño a los trovadores medievales y a las musas inquietantes. Todo este conjunto de potentes imágenes fueron retomados en el período neometafísico de la década de los años 60 y comienzos de los 70, pero donde ya desprenden un aura de inquietud. La plaza italiana va dejando paso a objetos multicolores, hay una cierta humanización en los últimos maniquíes.

Hay otro enigma temático en los baños misteriosos de Giorgio de Chirico, que nacieron con unas litografías y algunos dibujos que hizo para acompañar los textos de Mitología de Jean Cocteau. Fue un capítulo que retomó también entre 1968 y 1976, con esas piscinas donde el agua se representa en forma de zigzag, en casetas de playa que parecen surgir de un sueño.

El quinto eje gira en torno a Historia y naturaleza, enlazando con los grandes artistas del Renacimiento y el Barroco, con clara influencia de Rubens. Hay mucha luminosidad y se pone a prueba cuando imita a los maestros de ese período histórico. No en vano De Chirico era un frecuente visitante de los grandes museos y de ahí incorporaba temas y formas. Además  supo plasmar la narrativa en imágenes que desprenden poemas como Orlando furioso de Ariosto. Sus naturalezas muertas son un homenaje a la opulencia del barroco, con el trasfondo de paisajes naturalistas pero irreales, También incorpora caballeros errantes y castillos lejanos en esa búsqueda por la historia infinita y misteriosa del ser humano.

Por último, su mirada al mundo clásico y los gladiadores, tema que surgió a finales de los años 20, que como otros volvió a retomarlo en su último período metafísico. Hay mucha teatralidad en las escenas representadas por De Chirico, en ese juego entre realidad y ficción, que llega a plantear un juego visual al espectador de estas obras, que probablemente no dejen de ser un claro exponente de esa nostalgia por la cultura clásica y mediterránea visualizada en los caballos y en las ruinas clásicas que evocan la épica del mundo clásico. Julián H. Miranda

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