NUMERO 62, ABRIL-JUNIO 2024

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El Anatsui después de Londres; Tàpies, centenario en el Reina; el último secreto de Caravaggio; la colección Casacuberta Marsans, pintura veneciana en la Fundación Barrié; el Museo de la fe en Auckland; entrevista a Víctor Nieto; Centro de Exposiciones de la ciudad del te en Xantia (China); portfolio de Candida Höfer; el tesoro expoliado de Alberto J. Pani.

Descripción

UN NUEVO PRESUPUESTO

En su primera comparecencia parlamentaria en el Congreso de los Diputados el ministro de Cultura Ernest Urtasun pidió, entre otras muchas cosas, que el conjunto de las administraciones españolas aumentase su inversión en cultura. Y se puso como meta el 1% del gasto público total frente al 0,7% actual (según datos de Eurostat).

La cultura lleva mucho tiempo siendo la hermana pobre de todos los presupuestos, sean nacionales, autonómicos o locales. Resulta sorprendente, sobre todo si tenemos en cuenta que el turismo es, con mucho, la principal fuente de riqueza de nuestro país y que hoy no hay turismo sin cultura. La paradoja de todo este discurso es que, cuando llegan los Presupuestos Generales del Estado –por no hablar de los que elaboran las comunidades autónomas, diputaciones o los ayuntamientos– si hay que aumentar los de Defensa pues no se diga más. Y si hay que cuadrar el gasto municipal pues también sabemos por dónde se va a recortar. Al final, volvemos donde estábamos.

Este año hemos asistido a un incremento singular de las compras del Estado en lo que a obras de arte se refiere. Unos dicen que ha habido más oferta –y es posible–; otros que los museos y autonomías han presionado más. Bendita presión. Pero hay un hecho incontestable. Cuando se invierte en cultura: música, teatro, cine, museos… esas inversiones resultan siempre rentables, al menos en lo que al arte se refiere. Que se lo digan a Bilbao o Málaga.

Podemos o pueden enredarse con la «superación del marco colonial» pero la realidad es que están surgiendo oportunidades que probablemente no se van a repetir en el futuro. No hay más que mirar a otros países de Europa, incluidos los que tienen un gran patrimonio cultural, para comprobar el incremento de sus presupuestos culturales. También por eso no podemos ser una excepción.

Por Fernando Rayón

 

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