Poner en valor a Carracci
El Museo Nacional del Prado recupera en la sala 4 del Edificio Villanueva la disposición original de la Capilla Herrera, del pintor barroco italiano. TEXTO: Fernando Rayón
En 2022 el Museo del Prado hizo un esfuerzo especial para el montaje de una exposición singular. Recrear la capilla que Annibale Carracci (1560-1609) y su colaborador Francesco Albani habían pintado al fresco en la iglesia de Santiago de los Españoles de Roma. La decoración había sido encargada por el banquero palentino Juan Enríquez de Herrera (h. 1539-1610) como agradecimiento a san Diego de Alcalá por haber curado a su hijo.
La capilla –llamada Herrera por su comitente– fue desmantelada en 1833 ante el peligro de ruina del templo, procediéndose al arranque de los frescos y a su traspaso a lienzo: un total de 19 fragmentos. En 1851 fueron enviados a Barcelona –salvo tres, que se perdieron–, donde se conservan nueve pinturas (hoy en el Museu Nacional d’Art de Catalunya), pasando las siete restantes a Madrid.
El altar de la capilla lo presidía una tabla de San Diego de Alcalá intercediendo por Diego Enríquez de Herrera, pintada por Carracci y hoy en la iglesia de Santa María de Montserrat de Roma.
De los siete cuadros que conserva el Prado, cuatro tienen forma trapezoidal y decoraban la bóveda, mientras los otros tres se concibieron como óvalos y adornaban las pechinas. Pues bien, tres años después, el museo ha recuperado aquel montaje de su exposición temporal para exhibir, en la sala 4, una propuesta que evoca la disposición original.
Carracci y sus colaboradores trabajaron unificando su lenguaje hasta el punto de que apenas hoy es posible distinguir las diversas manos en las escenas del conjunto. No son las obras maestras del Annibale, ni tampoco las de sus discípulos, pero el conjunto tiene un atractivo especial por tratarse de uno de los últimos trabajos de Carracci; también porque permiten conocer cómo fue secundado por sus colaboradores boloñeses del primer tercio del siglo XVII.
La recuperación de la Capilla Herrera ha sido posible gracias al diseño que ya hizo el arquitecto Francisco Bocanegra para la exposición de 2022, y que ahora repite con mayor impacto, al permitir contemplar los frescos tal como fueron concebidos e instalados en altura. El patrocinio de OHLA ha sido decisivo para un montaje que respeta la escala y el espíritu del conjunto original.
La parte baja de la capilla ha permitido exponer pinturas de algunos de los discípulos de Annibale Carracci como Ludovico Carracci, Guido Reni y Domenichino. Entre ellos destaca una recientemente restaurada, Aparición de los ángeles a san Jerónimo, que ha pasado de atribuirse a Domenichino a situarse en la órbita de Francesco Albani.
Solo hubiera faltado que los fragmentos barceloneses de la capilla se exhibieran juntos. O que el Padre Eterno que coronaba su cúpula –en el Prado se muestra una copia fotográfica– lo prestara igualmente el MNAC. Pero tal como están las cosas entre museos, parece que es mucho pedir. Si Patrimonio Nacional no es capaz de prestar algunos de sus Mengs para la próxima exposición del Prado, cualquiera les pide juntar la pareja de Ceccos del Caravaggio –Mujer con paloma, Hombre con conejo– injustamente separados en algún momento por un descabezado funcionario. Seguiremos esperando al sentido común. Mientras tanto, el Prado ya tiene su capilla.




