En Actualidad

La luz de Olafur Eliasson en el Guggenheim Bilbao


 

En el arte actual como en muchas épocas hay creadores muy individualistas y otros que prefieren crear colaborativamente con otros de diferentes disciplinas. Es el caso del danés Olafur Eliasson (Copenhague, 1967), un artista integral que aúna la cultura científica con la humanística desde su taller de Berlín, en la que innova junto a otras personas desde disciplinas como la economía, la antropología, la sostenibilidad, la biología, la arquitectura y el urbanismo, la música o la educación, entre otras, que enriquecen los proyectos finales que crean en su estudio de la capital alemana.

Ahora el Museo Guggenheim Bilbao, en una coproducción con la Tate Modern de Londres, presenta desde hoy y hasta el 21 de junio la exposición Olafur Eliasson. En la vida real, que patrocina Iberdrola y reúne más de una treintena de proyectos, entre esculturas, fotografías, pinturas e instalaciones, de las tres últimas décadas, desde 1990 a 2020. Comisariada por Mark Godfrey, curator senior de arte internacional del museo inglés y por Lucía Agirre, curator del museo bilbaíno, es una ocasión para acercarnos a una de las propuestas estéticas más ambiciosas de los últimos años como la que ofrece el artista danés con su equipo.

Además de crear piezas artísticas para museos e instituciones culturales Eliasson ha realizado intervenciones públicas y a favor del activismo social, donde no deja de reflejar su preocupación por la naturaleza, muy influida por el tiempo que pasó en Islandia –uno de sus países de origen- pero también por la exploración de la geometría y su constante investigación sobre cómo percibimos y sentimos el mundo en el que vivimos.

Juan Ignacio Vidarte, director del Museo Guggenheim Bilbao, dijo que esta exposición revela la convicción de las posibilidades que tiene el arte para transformar el mundo, y el Museo junto a la Diputación de Vizcaya hemos querido colaborar en el proyecto Luces para Senegal para que con ese dispositivo, Litle Sun, diseñado por Olafur Eliasson con energía solar, se llegue a comunidades que no disponen de energía eléctrica en África.

Por su parte, Rafael Orbegozo, representante de Iberdrola, ahondó en lo mencionado por Vidarte porque el arte no es un mundo aparte y al igual que Iberdrola forma parte de la vida de las personas, en este caso a través del dividendo social.

Lucia Agirre, una de las comisarías de la muestra, cree que esta exposición reafirma la idea de un museo que invita a la participación de los visitantes. Y añadió que en todo en muchas de las piezas expuestas subyace la huella de la ecología porque la mirada del artista nos ayuda a nuestro modo de percibir el mundo pero apelando a que nos pongamos en marcha para hacer una sociedad más sostenible.

Olafur Eliasson, al repasar su evolución en las muestras de la Tate Modern y ahora en el Guggenheim se da cuenta que hace 20 años no era tan consciente de la rápida evolución del cambio climático y ahora es un tema candente y crítico. A él siempre le ha interesado la interacción entre el ser humano y la naturaleza y durante la presentación sostuvo que debemos ser más imaginativos para no trabajar solo con el pasado y mirar hacia el futuro. Respecto a los diferentes tipos de espacios manifestó que la realidad es un constructo y que eso tiene que ver con los sentidos y apostilló que las experiencias son fenómenos que definimos cada uno de nosotros.

Las obras que ocupan toda la planta segunda del Guggenheim Bilbao se suman a una cascada de más de 11 metros de altura, elaborada con un andamio y una serie de bombas que hacen que vierta sus aguas en el estanque situado detrás del Museo. La visión y los sonidos, tan similares, a una cascada en plena naturaleza se están convirtiendo en un rasgo de este creador de metáforas, desde que puso en marcha Cascada, un proyecto que comenzó en Sidney en 1998 y que ha recorrido varios países desde entonces.

En 2008 tuve la oportunidad de ver en el East River y en otros tres puntos entre Brooklin y Manhattan esta intervención pública, encargada por la administración de la Gran Manzana, que constaba de cuatro cascadas en los puentes neoyorquinos.

Recientemente colocó otra en Londres, junto al Támesis, con motivo de la exposición en la Tate Modern. La de Bilbao es de nuevo un ejemplo de cómo colocar un nuevo elemento de ‘naturaleza construida’ en un entorno urbano como la capital vizcaína, en esa interacción visual con el edificio de Gehry y el agua de la Ría, combinando tecnología y naturaleza.

El recorrido, que no es cronológico ni lineal, parte de la sala 205 donde encontramos obras que definen la poliédrica creatividad de Olafur Eliasson. Su Sala de maquetas (2003) contiene cerca de 450 modelos, prototipos y estudios de geometría de diferentes tamaños, y expresan la intensa colaboración entre su estudio y el arquitecto, matemático y amigo islandés Einar Thorsteinn; un período de ampliación de conocimientos de simetrías en las esculturas y pabellones ideados por el danés. En esa pieza ha usado cartón, hilo de cobre, fotocopias, piezas de Lego, madera o bolas de goma, y le ha servido durante años como mapa de referencia en su estudio de Berlín, aunque la obra actualmente es propiedad del Moderna Museet de Estocolmo, pero ellos siguen innovando a partir de dicha investigación.

En esa parte encontramos otras dos obras relevantes, una diseñada ocho años antes de la anterior, titulada Descripción de un reflejo o un agradable ejercicio sobre sus cualidades, que tiene un foco dirigido a un espejo circular que refleja la luz hacia un segundo espejo de superficie ondulada, que a su vez rota cada 30 segundos y así va proyectando una luz irregular en el reverso de una pantalla de proyección también de un modo circular; y la segunda Tu sombra incierta (color), creada en 2010, donde cinco focos situados en el suelo proyectan luz sobre una pared blanca donde los colores se mezclan y generan luz blanca. Es curioso observar que, cuando los visitantes se interponen en la proyección, sus sombras aparecen en la pared como conjuntos de siluetas de color que expanden sus movimientos y terminan revelando los colores que componen esa luz que parecía blanca.

En la sala siguiente, la 206, están las obras de comienzos de los 90: Proyección de ventana y Aspirante cuando todavía estaba en la Escuela de Arte. Ya comenzaba a emplear diferentes tipos de luz para alterar la experiencia espacial y arquitectónica. Era un concepto y un mecanismo simple pero que funcionaba. La naturaleza y el clima ha inspirado muchas de sus instalaciones como se ve en Máquina de olas (1995), o en Pared de liquen (1994), creada con liquen de los renos escandinavos, Son fenómenos de la naturaleza trasladados y que afectan a los sentidos de quien los contempla en el museo.

Más adelante, en la 209, abre una nueva línea con esa serie de obras donde los espejos y los reflejos ocupan un protagonismo: Tu visión espiral (2002), Tu ventana planetaria (2019), así como ese conjunto de obras colgantes, Esfera de viento frío (2012), Partícula de polvo de estrellas (2014), y En la vida real (2019).

Todas ellas constituyen otras maneras de percibir la realidad, si no controlamos el espacio se abre un territorio de incertidumbre. Hay una serie de principios geométricos, en especial la espiral, tan grata para el artista, porque genera constante energía dentro y fuera de los objetos, que a su vez proyectan luces y sombras en las paredes de la sala.

En la siguiente parte, el caminante se encuentra con Tu atlas atmosférico de color, una propuesta de 2009, que incluye una serie de bancos de niebla artificial y bañada en tres colores primarios: rojo, verde, azul, que proceden de cientos de tubos fluorescentes instalados en el techo de la sala a modo de cuadrícula hasta plasmar un atlas de color intuitivo para el espectador.

Y de ahí a la sala 203 con una sola obra: Habitación para un color (1997), con lámparas instaladas en el techo de una estancia en blanco que están emitiendo una longitud de onda de luz amarilla que consigue reducir en la percepción del visitante tres colores diferentes: amarillo, negro y grises, Y cuando se está marchando de la habitación le acompaña un reflejo azulado.

Eliasson ha utilizado en ocasiones hielo de glaciar, que no deja de ser una llamada para frenar el cambio climático porque la subida de las temperaturas hace que se estén perdiendo anualmente varios miles de millones de toneladas de hielo en Groenlandia. Por eso en Pabellón de la presencia de la ausencia, una obra del pasado año, el artista danés hizo un vaciado de bronce para visibilizar el espacio desocupado por un bloque de hielo de glaciar que se ha derretido por el calor ambiente.

En esa misma sala, la 202, encontramos una serie de piezas reivindicativas como Corrientes glaciares (2018), al situar trozos de hielo procedentes de glaciares sobre aguadas de pigmentos; Destello esférico glaciar (2019) está construido con vidrio de pequeños fragmentos de roca procedentes de la erosión glaciar; y una de las series fotográficas que documentan Islandia y sus fenómenos naturales, en este caso La balsa de río, tomada en el año 2000, y que plasma su recorrido personal en este tipo de embarcación.

En ese mismo país, debido a sus condiciones atmosféricas, Olafur Eliasson se ha interesado por el modo de los artistas para capturar la luz. Por ejemplo en Experimento de color nº 80 y en el nº 81 analiza la paleta de dos pinturas de Caspar D. Friedrich, que representan la naturaleza como son Monje a la orilla del mar y El árbol solitario del pintor romántico alemán; Eliasson hace una abstracción de los colores que contiene para luego distribuirlos alrededor de cada lienzo hasta formar un ciclo cromático alternativo. Y por último en ese largo espacio la obra Belleza, situada en un lugar donde la oscuridad lo impregna casi todo, para que una serie de conductos instalados en el techo emitan una fina neblina en dirección a un rayo de luz, procedente de un foco y permitir, desde ciertos ángulos, ver cómo se forma un arcoíris en la cortina de agua que va variando de intensidad.

Las dos salas finales vuelven a sorprender. Mientras la 204 muestra su pieza La Fuente Big Bang consta de una luz estroboscópica que ilumina una fuente de agua y que hace que el chorro parezca detenerse, a través de una secuencia diferente que define formas escultóricas en breves intervalos, en la sala 208 retorna a Islandia con una serie fotográfica titulada La serie de los glaciares, captada en 1999, y veinte años después regresó para tomar La serie del deshielo de los glaciares. Un conjunto de treinta parejas de fotos, con una distancia de 20 años, que revelan el impacto que el calentamiento global está teniendo sobre nuestro planeta. Y como epílogo, suspendido del techo, ese ventilador eléctrico moviéndose de forma errática e irregular, una especie de readymade duchampiano, Ventilador, que está impulsada por el aire que desplaza. Julián H. Miranda

Recommended Posts
0

Start typing and press Enter to search