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Obras maestras de la Kunsthalle de Bremen en el Guggenheim Bilbao


El fecundo diálogo entre la escuela francesa y alemana en el siglo XIX y primeras décadas del XX es una buena ocasión para viajar al Museo Guggenheim Bilbao, que abre mañana la exposición Obras maestras de la Kunsthalle Bremen: de Delacroix a Beckmann, patrocinada por Iberdrola, que incluye una selección de primer nivel que parte del Neoclasicismo, y pasa por el Romanticismo, el Impresionismo, el Posimpresionismo, la colonia de artistas de Worpswede, el Expresionismo alemán y concluir en Picasso.

Los comisarios Christoph Grunenberg, director del museo alemán, y Petra Joos, del Museo Guggenheim Bilbao han seleccionado 130 obras, la mayoría pinturas, pero también alguna escultura de Rodin y obra sobre papel, y nos permiten observar los vínculos y afinidades de dos escuelas paralelas en el tiempo, cada una con su peculiaridad, pero que estuvieron muy atentas a valorar y definir los nuevos lenguajes del arte moderno. El recorrido por las salas 305, 306 y 307 del museo bilbaíno, que podrá hacerse hasta el 16 de febrero, es una ocasión para disfrutar de las estéticas alemana y francesa.

En la presentación Juan Ignacio Vidarte, director del Guggenheim Bilbao, dijo que esta muestra nos ayuda a contextualizar las obras de arte moderno con otras de artistas del siglo XIX y primeras décadas del XX y a seguir desarrollando nuestro programa de Fundamentos del arte actual. Fernando García, presidente de la Fundación Iberdrola España, manifestó que para su entidad es un orgullo colaborar porque creen que la protección y difusión del arte une a los pueblos.

Por su parte, Christoph Grunenberg, director de la pinacoteca alemana y comisario, puso el énfasis en cómo se fundó hace casi 200 años la Kunsthalle, gracias a la participación ciudadana y a su amor por el arte. El número de miembros no ha parado de crecer desde sus inicios y actualmente cuenta con más de 10.000 miembros, siendo la tercera institución cultural que cuenta con más socios en Alemania. La otra comisaría Petra Joos destacó que el diseño y montaje de estas pinturas, esculturas y obras gráficas en un edificio vanguardista como el de Gehry permite ofrecer a los aficionados al arte una nueva mirada sobre las mismas, fuera de su enclave habitual, construido en 1902.

La sala 305 del Guggenheim alberga 45 piezas, entre pinturas y dibujos, que abarca desde el Neoclasicismo tardío hasta el Romanticismo y los postulados que reflejaban en sus lienzos y papeles los vehementes pintores franceses en contraste con la observación reflexiva de los creadores alemanes. Roma, a comienzos del siglo XIX, continuaba siendo un polo de atracción para los artistas alemanes y franceses y en esos años años los primeros buscaban recuperar los ideales clasicistas, inspirándose en los episodios bíblicos al estilo de Rafael como vemos en el Retrato de Vittoria Caldoni, un óleo de Rehbenitz, mientras que la pintura del francés Chassériau, Mujer joven, 1833-35, también observamos líneas delicadas de los principios clasicistas.

La misma sala exhibe buenos ejemplos del romanticismo francés como los de la Escuela de Barbizon, un pueblo cercano al bosque de Fontainebleau, que sirvió a Corot para brindarnos una evocación de ese bosque cercano a París, el paisaje de Daubigny o la costa normanda fijada por Paul Huet. Un artista como Eugène Delacroix es uno de los mejor representados en la colección de la Kunsthalle de Bremen. De la media docena de obras de Delacroix podemos destacar La muerte de Valentín, 1847; Paisaje marroquí, 1850-1860; Cristo en la cruz, 1853-1856; y dos sanguinas que tienen como protagonistas a dos leones. Todas ellas revelan el magisterio del  pintor francés.

Los pintores germanos centraron su interés en la relación entre la ciencia y el paisaje. Carus, Clausen Dahl, Friedrich y Nerly fueron buenos ejemplos de esa prioridad, pero entre ellos hubo diferencias estilísticas y temáticas. Carus viajó varias veces por Italia y dejó para las futuras generaciones un original Atardecer junto al mar, pintado hacia 1820-1825, donde quedó subrayada la pincelada vibrante en esas escarpadas rocas del golfo de Nápoles, con una simbología entre lo terrenal y el más allá. Por su parte Caspar David Friedrich, el gran romántico alemán, apela a las emociones y al enigma en La puerta del cementerio, hacia 1825-1830; o en su dibujo Estudios de árboles, confiriendo todo el protagonismo a la naturaleza. Por su parte, Clausen Dahl en Estudio del Elba, 1833,  y en Abedul, 1835, hizo gala de una fina observación.

La siguiente parte de la exposición gira en torno al Impresionismo, un movimiento que introdujo un cambio radical en el modo de pintar, alejándose de la pintura académica imperante y anhelando ser los ojos y las manos de la transformación de la ciudad moderna y del modo de captar la naturaleza, a base de colores puros y disolviendo las formas de la realidad representada. Ahí cuelgan una obras de Cézanne, Degas, Eva Gonzalès, Monet, Van Gogh, Renoir y del escultor Rodin, pero también las de sus coetáneos alemanes: Corinth, Liebermann y Slevogt, que revelan los intercambios que se dieron en esos años.

En esa zona hay obras maestras de Paul Cézanne, Pueblo entre los árboles (Marines), pintado en 1898, con ese dominio del color y de la línea; de Van Gogh en Campo de amapolas, 1889 –adquirido por 30.000 marcos, todo un capital en aquel momento–; de Renoir con Naturaleza muerta con frutas (higos y grosellas), pintado hacia 1870-1872, y Mujer joven con los brazos levantados, 1895; dos paisajes de Pisarro cerca de Pontoise; las Barcas de Monet, y la delicadeza que desprende el óleo de Eva Gonzalès, Muchacha al despertar, 1877-78.

Junto a ellas vemos cómo los impresionistas alemanes utilizaban una paleta de colores tenues y más apagados que los franceses, e introducían tonalidades grises y marrones, con una gran dominio del dibujo como en el Autorretrato en el caballete, 1916, o en los estudios que hizo del tiempo libre en el Orfanato de Ámsterdam, ambos de Liebermann; en Desnudo tendido, 1899, de Lovis Corinth, que tomó como modelo a La maja desnuda de Goya, pero con una fuerte expresividad, junto a su autorretrato con siete estudios de expresiones faciales, hecho con lápiz sobre papel once años después. Por último, Max Slevogt, que alternó el autorretrato con la vista de una casa de campo en Godramstein.

La Kunsthalle de Bremen atesora varias esculturas de Auguste Rodin, y ahora el Guggenheim puede exhibir seis bronces, algunos más realistas como La edad de bronce y San Juan Bautista a otros menos figurativos como El escultor y su musa o los grupos de los burgueses de Calais, esculpidos en el último lustro del siglo XIX. Unos años antes, el encuentro entre Gauguin y Émile Bernard en la ciudad bretona de Pont-Aven dio lugar al nacimiento de esa escuela artística con el nombre de dicha ciudad, a la que luego se sumó Maurice Denis, representante de los Nabis, del que se exhibe La Cafetera azul, 1888, y Hoguera de San Juan de Loctudy, 1894, cuya concepción del hecho plástico iba a anticipar  de algún modo el arte abstracto.

En la sala 307, última de la exposición, se exhiben obras de colectivos de artistas en Worpswede, una localidad cercana a Bremen, del grupo Die Brücke (El Puente) , del Expresionismo, del Surrealismo y de Picasso. En ese grupo de pintores de la colonia de artistas de Worpswede encontramos paisajes, autorretratos y retratos de Paula Modersohn-Becker, que sintetizan la conexión de Bremen con París y que fue considerada años después una pionera de la modernidad. Además podemos citar algún paisaje notable de Otto Modersohn, Otoño en el pantano, pintado en 1895, y un retrato de su mujer Paula en el jardín.

De Karl Schmidt-Rottluff, uno de los creadores junto a Heckel y Kirchner, entre otros del Grupo El Puente cuelgan dos obras: La casa roja, y Naturaleza muerta, dos óleos de 1913, que junto a los dibujos de Kirchner, las acuarelas de Emil Nolde y las de Heckel supusieron una ruptura con el arte anterior con ese impulso rebelde que caracterizó a los primeros expresionistas.

Ese movimiento tuvo continuidad con creadores como Otto Dix, capaz de alternar diferentes estilos como podemos ver en ese Retrato del pintor Franz Schulze, 1921; junto a la fuerza de los retratos psicológicos de Oskar Kokoschka al captar al poeta Ernst Blass, cinco años más tarde. Y sobre todo los variados registros de Max Beckmann en los cuatro óleos expuestos, junto a una escultura. Su Autorretrato con saxofón, pintado en 1930, en el que encontramos a un actor de teatro en el mundo del cabaret, cargado de simbolismo; esa Naturaleza muerta con manzana y pera, de 1928 o Dama con capucha, de 1944, sin dejar de mencionar el bronce Hombre en la oscuridad, de 1934.

La última parte de la exposición incluye algunas piezas surrealistas de Richard Oelze, de los años 50 y 60, junto a Tras la ejecución, un óleo de André Masson de 1937.  Y concluye con tres piezas de Pablo Picasso, dos grabados en linóleo de 1959 en los que representa a Jacqueline y a una mujer apoyada sobre los codos, y esa composición en escorzo de Sylvette David, hija de un conocido galerista de Vallauris, y a la que el genio malagueño llegó a pintar o dibujar casi 40 veces porque le impresionó su belleza. En este cuadro Picasso fija a la modelo con su larga cabellera rubia, recogida en forma de cola de caballo, en un encuadre que recuerda a las fotografías de las revistas de moda de la época como Harper’s Bazaar o Vogue, con esa cadencia de grises luminosos que definió varios períodos del autor de Las señoritas de Aviñón. Julián H. Miranda

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