Notre-Dame, Viollet-le-Duc y la invención de lo auténtico
Félix de Azúa recorre en su libro Un fraude monumental 1.000 años de arquitectura gótica y neogótica para reflexionar sobre la restauración, la copia y la idea de autenticidad del patrimonio. El incendio de la catedral parisina le sirve como detonante para elaborar un ensayo que combina historia del arte, teoría estética y memoria cultural.
El 15 de abril de 2019, las imágenes de Notre Dame en llamas devolvieron al patrimonio una dimensión emocional que rara vez se manifiesta con tanta intensidad. La aguja derrumbándose sobre el crucero, retransmitida en directo a escala global, convirtió un accidente en un acontecimiento simbólico.
Precisamente una de esas imágenes se recoge en Un fraude monumental. Mil años góticos, el nuevo ensayo de Félix de Azúa publicado por Debate. Doctor en Filosofía, catedrático de Estética y miembro de la Real Academia Española, el autor ha desarrollado una trayectoria que abarca poesía, novela, ensayo y crítica cultural.
En este caso, De Azúa toma el fatídico incendio que todos vimos con el aliento contenido como punto de partida de un volumen que abre una serie de interrogantes sobre una cuestión más amplia: ¿qué sobrevive realmente cuando un monumento es restaurado, rehecho o reconstruido?
La estructura puede levantarse de nuevo y los materiales se sustituyen por otros en perfecto estado. Pero, ¿qué pasa con el valor simbólico de este tipo de edificios? ¿Puede recuperarse del mismo modo que aquello que es físico, o se pierde para siempre? Y, yendo más allá, ¿en qué se cimenta ese carácter simbólico? ¿Tiene que ver con que sus muros permanezcan intactos, al menos en apariencia?
Siguiendo este mismo hilo, el autor plantea un recorrido por el Gótico no como un estilo histórico cerrado y reemplazado por el Renacimiento, sino como una persistencia cultural que atraviesa casi un milenio. Por eso reflexiona sobre Saint-Denis y el abad Suger, pero también sobre las intervenciones contemporáneas en Notre-Dame, pasando por el romanticismo, el gothic revival inglés, el castillo insignia de Disney y las grandes restauraciones del siglo XIX.
Para ello, Azúa analiza el movimiento artístico desde su mismo nacimiento, como una transformación técnica y perceptiva. Con la reforma de Saint-Denis, la arquitectura europea comienza a concebir el espacio de otro modo: la bóveda ojival, la verticalidad y la entrada de la luz alteran no solo la construcción, sino también la experiencia del tiempo y del movimiento dentro del edificio. El Gótico aparece así como una arquitectura urbana y colectiva, concebida para la multitud, vinculada a una nueva idea de ciudadanía y de espiritualidad.
Avanzando en el tiempo desde aquellos lejanos comienzos, el ensayo se detiene especialmente en el siglo XIX y en ese retorno a lo medieval que se produce entonces. Aunque el surgimiento del Neogótico, según el autor, no fue una simple recuperación arqueológica, sino una reinvención sentimental del pasado.
La fascinación por ruinas, castillos y catedrales coincidió con una pérdida progresiva de la memoria histórica del propio Gótico. En este sentido, arquitectos como Augustus Welby Pugin o Eugène Viollet-le-Duc aparecen como figuras centrales de esa reconstrucción imaginaria de la Edad Media, en un contexto en el que el revival se convirtió además en lenguaje político, diseñado para alimentar el espíritu nacional de los diferentes países europeos.
Viollet-le-Duc, en concreto, ocupa una posición especialmente decisiva en el libro. De hecho, Azúa recupera su célebre definición de restaurar como «el acto de restablecer un estado completo que quizá nunca existió». Ese punto de vista es, precisamente, desde el que se examina la restauración, como una forma de creación y no como una mera operación de conservación.
Las intervenciones del arquitecto francés sobre Notre-Dame y todas las otras labores posteriores practicadas a la catedral parisina sirven para plantear la cuestión que atraviesa todo el ensayo: si un edificio ha sido modificado innumerables veces a lo largo de los siglos, ¿en qué consiste exactamente su autenticidad?
Muchas de las decisiones que tuvieron que tomarse durante la reconstrucción reciente del edificio planean sobre esta cuestión, como ocurrió con el debate sobre la restitución de la aguja, el uso de plomo o la posible sustitución de las vidrieras originales por diseños contemporáneos. Azúa describe además la experiencia de visitar la catedral ya restaurada: un espacio limpio y rehecho que, sin embargo, le produce la sensación de haber perdido parte de su densidad histórica. Siguiendo su estela de pensamiento, cabe preguntarse: ¿ocurrió quizá lo mismo con la restauración de Le-Duc?
Tal vez la falta de contexto o el desconocimiento pudieran confundir al visitante –antes del incendio– y hacerle pensar que estaba viendo el edificio tal y como se concibió en origen. Pero ahora ese encanto se ha perdido, puesto que es imposible de creer. Todos asistimos en directo, gracias a la televisión, al catastrófico incendio y sabemos que lo que contemplamos es una reconstrucción reciente.
El ensayo propone una reflexión sobre la continuidad material de los monumentos. Azúa recurre a la metáfora clásica de la nave Argo —cuyas piezas eran sustituidas una a una hasta no conservar ningún elemento original— para concebir la arquitectura histórica como una sucesión de transformaciones. Lo que permanece no es necesariamente la materia, sino el nombre, la memoria, el reconocimiento colectivo.
Además, propone leer el término «fraude» –que introduce de forma intencional desde el título del libro– como una categoría ligada a la copia o la reinterpretación, elementos que forman parte indisoluble de la historia de la arquitectura monumental. Desde esa perspectiva, el patrimonio es entendido como un organismo cambiante, sometido continuamente a pérdidas, restauraciones y reinvenciones que forman parte de su identidad. Sofía Guardiola



