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Los vampiros en el imaginario popular y, ahora, en CaixaForum Madrid

La Fundación “la Caixa” continúa apostando para que el cine y la fotografía sean dos de los ejes de sus propuestas culturales en los CaixaForum. Desde hoy el de Madrid acoge la exposición Vampiros. La evolución del mito, comisariada por Matthieu Orléan, director de la Cinemateca Francesa, con la colaboración de Florence Tissot. En la presentación también estuvieron Elisa Durán, directora general adjunta de la Fundación “la Caixa”, e Isabel Fuentes, directora de CaixaForum Madrid.

Esta muestra, que incluye más de 360 obras, procedentes de más de 30 museos y colecciones privadas, entre fotografías, dibujos, vestuario de películas, libros, manuscritos, carteles, pinturas y grabados y otros objetos, explora sobre todo, pero no solo, la fascinación de los cineastas por esta figura, desde Murnau a la saga Crepúsculo pero también la mirada de Carl Theodor Dreyer en La bruja vampira (1932) a la serie True Blood.

Una travesía centenaria por la huella que han ido dejando tanto el hombre como la mujer vampiro en el imaginario popular. Procedente de París, tras su clausura en Madrid el próximo 7 de junio viajará a CaixaForum Barcelona, donde se expondrá en julio.

Esta exposición multidisciplinar y transversal en el tiempo gira en torno a la leyenda que los vampiros han suscitado y siguen suscitando en las nuevas generaciones. Aunque su origen es muy remoto, la popularización coincidió con la publicación a finales del siglo XIX de la novela de Bram Stocker, Drácula, pero su crecimiento exponencial para millones de personas fue con las películas que se hicieron a partir del siglo XX.

El mito fue ganando visibilidad en amplias capas de la población y se convirtió en un referente recurrente del séptimo arte, aunque también en otras disciplinas como la fotografía, los dibujos, el diseño de vestuario, los cómics, las pinturas y grabados, sin olvidar documentos y objetos diversos.

El devenir por el siglo XX y lo que llevamos del XXI han ido variando los adjetivos con los que les calificamos o describimos, desde el terror que suscitan a su capacidad de seducción y manipulación, su sadismo, su melancolía y ganas de reír, entre otras características.

Fueron aristas que les definieron como mitos populares.  Si hace un siglo fue el cine, ahora son las series de TV las que han logrado mayor penetración en los nuevos públicos por su potencia en las artes visuales.

En CaixaForum Madrid encontramos la máscara utilizada en el rodaje de Nosferatu de Werner Herzog; los trajes de la diseñadora Eiko Ishioka para el filme Drácula de Francis Ford Coppola; un manuscrito de Bram Stoker de la primera adaptación de Drácula al teatro, así como algunas de las estampas de Los Caprichos y Los Desastres de la guerra de Goya, y piezas de Andy Warhol, Niki de Saint Phalle o Mike Kelley, entre otras, junto a otras de Jean-Michel Basquiat o Cindy Sherman, de la colección “la Caixa” de Arte Contemporáneo.

Llaman la atención los 15 montajes audiovisuales temáticos con fragmentos de películas y series de televisión con aspectos vampíricos, que han contado con  directores de excelencia como Coppola y su Drácula; Herzog y su Nosferatu; y piezas de Olivier Assayas, Albert Serra y Bertrand Mandico.

El comisario articula la exposición en cinco epígrafes, desde los vampiros históricos, que se remontan a la Antigüedad pero fundamentalmente a la Edad Media y más adelante, en el siglo XVIII, cuando los filósofos de la Ilustración recogieron y discutieron la importancia de su significado, sin olvidar cómo Goya representaba monstruos con alas de murciélago en sus estampas y el arraigo de la literatura gótica.

Sin embargo, el punto de inflexión fue la publicación de la novela Drácula de Bram Stoker, la que fijó las bases del vampiro moderno en parajes de Transilvania. Hay varias ediciones del libro y el manuscrito de Stoker para la versión teatral de la obra, así como la reinterpretación que de ella hizo en su película Murnau (1922) y la posterior de Herzog en 1979.

El segundo ámbito se dedica a los vampiros poéticos, en el que encontramos fotos de Cindy Sherman en las que se retrata como una Judith vamp en una obra de 1990 que pertenece a la colección de ˝La Caixa”; la serigrafía The Kiss (1963) de Andy Warhol, que también produjo una película titulada Sangre para Drácula (1974), sin menoscabo de la dimensión poética y obsesiva del gran actor Bela Lugosi, que terminó siendo poseído por el personaje al que daba vida.

El ecuador nos aproxima a la realidad y a la lectura política de su papel, que fue cambiando según el período y la geografía porque no deja de ser una metáfora de los peligros que afectan a la sociedad, a veces sembrando el caos pero alertando de los abusos del poder y de quienes lo detentan con piezas de Mike Kelley, Marcel Dzama y Jean-Michel Basquiat, así como de Niki de Saint Phalle, y de películas de Abel Ferrara o de Jim Jarmusch.

La cuarta sección aborda la dimensión sexual del vampiro, que está obsesionado por reproducirse y que tiene un afán devorador para perpetuarse y muchas veces hace gala de una notable capacidad de seducción. Aquí pueden verse producciones cinematográficas de la factoría Hammer, donde a veces se confunden erotismo y parodia; y el Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola, muy fiel a la novela original, que incorporó también el erotismo, pero en este caso como consecuencia de la pasión amorosa a través del tiempo. Una buena continuación fue la película Entrevista para el vampiro (1994), de Neil Jordan, protagonizada por Tom Cruise y Kirsten Dunst.

Por último, la estética pop también tuvo a los vampiros tanto en los juegos de rol como en los cómics, videojuegos y en series de televisión como enTrue Blood. Esta figura se convirtió en heroica para millones de adolescentes gracias a las novelas y las películas de la saga Crepúsculo, teñídas de romanticismo y que terminan empatizando con los espectadores que siguen estas historias.

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