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Las experiencias profundas de Balthus en el Thyssen


El universo secreto de Baltasar Klossowski de Rola, conocido como Balthus ( París, 1908- Rossinière, 2001), un pintor francés que está considerado como uno los grandes maestros del arte del siglo pasado y cuyas obras son singulares y ambiguas, pero con la intención siempre de seguir su propio camino, alejado de las vanguardias, aunque en ocasiones haya ecos de un mundo surreal y sobre todo heredero de la gran tradición histórico-artística de la pintura italiana, más en concreto de Piero dell Francesca, Caravaggio, pero también de la escuela francesa representado por Poussin, Gericault, Courbet o incluso Ingres, sin olvidar la Nueva Objetividad del siglo XX. Ahora el Museo Thyssen-Bormenisza de Madrid, con el patrocinio de la Comunidad de Madrid y en colaboración con la Fundación Beyeler de Basilea, donde se ha exhibido hasta el pasado mes de enero, presenta una ambiciosa exposición con medio centenar de obras, desde los años 20 hasta sus obras finales, muchas de ellas pinturas de gran formato y algunas de ellas será la primera vez que se exhiban en España. Hace poco más de dos décadas el Museo Reina Sofía dedicó en 1996 una retrospectiva con un centenar de obras a Balthus, por lo que resulta muy pertinente volver la mirada a un clásico del siglo XX. La exposición del Thyssen permanecerá abierta hasta el 26 de mayo.

Los comisarios de la exposición, Raphaël Bouivier, Michiko Kono y Juan Ángel López-Manzanares han contado con el apoyo de la familia del pintor y de su segunda esposa, Setsuko Klossowska de Rola, que estuvo casada con el artista desde 1967 a 2001, lo que también ha permitido contar con préstamos de museos como el MoMA, el Metropolitan de Nueva York, el Centre Pompidou de París, el Hirshhhorn Museum and Sculpture Garden de Washington y de numerosas colecciones privadas, junto a la única obra presente en nuestro país, Partida de naipes, 1948-1950, de la colección del Museo Thyssen-Bornemisza.

Balthus nació en el seno de una familia aristocrática de origen polaco. Su padre era el historiador del arte y pintor Erich Klossowski y de una artista, Elisabeth Dorothea Spiro. Tras la Primera Guerra Mundial sus padres se separaron y su madre se convirtió en musa y compañera del poeta Rainer Maria Rilke, por lo que el poeta se convirtió en mentor y ya en 1920 publicó una serie de dibujos a tinta del joven Balthus en el libro Mitsou: guarante images par Baltusz, lo que supuso la adopción de su nombre artístico.

A los 16 años, tras su paso por Suiza, regresó a París para dedicarse a pintar, y en ese primer período le orientó Bonnard, cultivando un cierto postimpresionismo, pero a él le interesaban los grandes maestros de la pintura como Poussin. En 1926 viajó a la Toscana y entró en contacto  con los frescos de Piero della Francesca y Masaccio y más tarde se relacionó con Derain y Giacometti. En 1934 se celebró su primera exposición individual, en la que no vendería ninguna obra. Dos años después lo haría en Londres y Estados Unidos. Poco a poco, su calidad y prestigio se iría valorando en los diferentes cenáculos artísticos de América, gracias a la Galería de Pierre Matisse y más tarde en Europa. Los primeros años de la década de los 60 sería decisiva, por un lado André Malraux le nombró en 1961 director de la Academia de Francia en Roma y dedicó varios años a renovar Villa Médicis, sede de la Academia; y por otro lado un año más tarde conoció a Setsuko Ideta durante un viaje a Japón, con la que se casaría cinco años más tarde y con la que compartió su vida hasta 2001, viviendo desde 1977 en el Grand Chalet de Rossinière, junto a los hijos de la pareja.

Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza, destacó en la presentación que Balthus le sirvió a la posmodernidad para hacer una nueva lectura del la historia del arte y añadió que el pintor francés nos interpela con su sentido del tiempo y la narración, en esa interrelación entre la pintura y lo temporal. María Pardo, directora de Promoción Cultural de la Comunidad de Madrid, tras hacer una breve semblanza de Balthus señaló que nunca renunció a la figuración y fue a contracorriente para inquietar y conmover a los aficionados al arte. Por su parte, Juan Ángel López, uno de los comisarios de la muestra, desgranó las claves del recorrido intelectual del artista y aludió a que más que una mirada melancólica lo que llama la atención es su modo de pintar el secreto del alma y el tránsito que va de la infancia a la juventud, tan visible en muchos de sus cuadros. Y por último, Setsuko Klossowska de Rola, que recordó lo importante que fue para Balthus que Picasso, alineado con las vanguardias de las primeras décadas del siglo XX y tan alejado del estilo de su marido le comprara un cuadro a Balthus, Los hermanos Blanchard, óleo de 1937, y explicó cómo a partir de los años 50 comenzó a conseguir nuevas texturas con un cierto eco de los pintores al fresco italianos.

Como otros grandes artistas Balthus durante muchos años fue un pintor discreto, incluso minoritario, pero dotado de una gran intensidad en sus creaciones, que siempre quiso optar por un camino propio dentro de la figuración. Fue a la vez clásico pero muy poco académico porque en él siempre alentó el deseo de trascender y mostrar un mundo muy personal, a través de un lenguaje pictórico con formas contundentes pero con contornos muy delimitados. Hombre de gran cultura supo plasmar en sus obras paradojas y contradicciones: a veces sugiere tranquilidad y en otras late la tensión en los personajes de sus obras, alterna el sueño y la realidad, no exenta de misterio; y también revela cómo el erotismo puede desprenderse de la inocencia de sus jóvenes nínfulas. Siempre hay una atmósfera teatral, incluso en sus escenas callejeras, porque es un modo de hacer partícipes a los que contemplamos sus obras.

El recorrido de la exposición, en un montaje sobrio y clásico, sigue un orden bastante cronológico y las obras cuelgan de siete salas, desde sus obras de juventud donde ya apunta a un lenguaje visual propio con esa mirada al Jardín de Luxemburgo, la plaza del Odeón y el muelle de Malaquais, todas ellas de finales de los años 20, antes de pasar a la sala de provocación y transgresión, con algunas de las obras expuestas en su primera individual en la Galería Pierre, donde pueden verse dos de las obras maestras de la exposición: El aseo de Cathy, un lienzo propiedad del Pompidou pintado en 1933, con esa escenografía de un interior doméstico; y La calle, del mismo año, y que hoy forma parte de la Colección del MoMA de Nueva York, una mirada exterior donde parece detenerse el tiempo. La tercera sala define la representación y la intimidad en esa serie de elegantes retratos de los años treinta entre los  que cabría destacar el Retrato de mujer (Madame Hilaire), el cuadro que compró Picasso, Los hermanos Blanchard, y El rey de los gatos, un autorretrato del propio artista cuando tenía 28 años, que posa junto a un felino como si fuera un dandy romántico al estilo de Lord Byron.

En la cuarta sala cuelgan los cuadros pintados en Champrovent, Friburgo y Ginebra, durante la primera mitad de los años cuarenta, con esos paisajes que recuerdan la influencia de Poussin o esos cerezos en flor; escenas familiares de Louis de Chollet con sus hijos; esa serie de desnudos durmiendo o con gato; la bella composición de El salón, que revela ensimismamiento de un tiempo suspendido; y las dos imágenes de Thérèse pintados en 1938, en uno de ellos soñando y en otro sentada de forma informal y mirando a la derecha, ambos bañados por una luz levemente amarillenta.

Ya en la segunda mitad de los años cuarenta pueden contemplarse esa serie de estudios para La Bañista, La habitación, El aseo de Georgette o Muchacha ante el espejo, junto a una serie de bodegones, bien solos como una naturaleza muerta clásica o con figura como en el caso de Muchacha verde y rojo, Bodegón con figura, o la obra del Museo Thyssen-Bornemisza, recién restaurada, Partida de naipes, pintada en 1948-1950, en los que las dos figuras lanzan una mirada enigmática al espectador por lo que quizá no estén solo dirimiendo una partida de cartas sino con un concepto esquemático, casi cubista, parecen intentar desvelar algo sobre su destino.

Y en la sala seis encontramos una serie de pinturas de los años cincuenta, del estudio de París al castillo de Chassy, con esa vista del valle del Yonne; una granja de Chassy; algunos desnudos y escenas domésticas en Colette sentada y sobre todo El sueño IIMuchacha adormecida, un óleo abocetado de excelente factura, antes de pasar a la última sala, que reúne obras tardías hechas en Roma o en Rossinière, desde algunos desnudos como La habitación turca, 1965-1966, que recuerda a composiciones de Bonnard y Matisse; otros de mujeres desnudas recostadas o levantándose; o dos pinturas del mismo título, Las tres hermanas, la primera de mediados de los cincuenta, con influencia de los maestros italianos y su técnica al fresco; o la que pintó ocho años más tarde, de luz más tamizada. Y concluye con el óleo El gato en el espejo III, 1989-1994, cuando Balthus ya tenía problemas de visión, pero donde regresa a su universo de experiencias profundas con ese enigma del felino reflejado en el espejo, enésima muestra de la transgresión y misterio del pintor francés. Julián H. Miranda

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