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La excentricidad de un artista único, H.C. Westermann


Mañana se abre al público en el Museo de Arte Reina Sofía la exposición H.C. Westermann: Volver a Casa, la mayor retrospectiva en Europa del escultor Horace Clifford Westermann (Los Ángeles, 1922 – Danbury, EE.UU, 1981), gracias al apoyo de Terra Foundation for American Art, que permitirá al público español repasar la trayectoria de un artista plástico no fácil de clasificar, que además de sus esculturas transitó por el grabado, el dibujo e incluso dejó huella en su correspondencia hasta crear un corpus que irradió gran influencia en otros creadores de las tres primeras décadas de la segunda mitad del siglo XX, debido a su innovación constante en búsqueda de nuevos lenguajes visuales y su perfeccionismo a la hora de terminar sus esculturas como un excelso artesano y ebanista. Esta gran muestra se podrá ver hasta el 6 de mayo.

Los comisarios Beatriz Velázquez y Manuel Borja-Villel han seleccionado alrededor de 130 obras, muchas de ellas procedentes del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago pero también de otros museos, fundaciones y colecciones particulares, de piezas creadas por Westermann desde finales de los años 50 y hasta 1981 fecha de su fallecimiento. El director del Museo Reina Sofía durante la presentación de la exposición destacó tres características de Westermann: excentricidad, artesanía y su sentido de “habitar”. Por su parte Beatriz Velázquez señaló que las piezas del artista norteamericano son muy enigmáticas porque él trabajaba y hacía objetos específicos para reflejar  trozos de realidad y añadió que el creador californiano no terminó de encajar en ningún movimiento concreto aunque conocía perfectamente lo que se hacía en Estados Unidos durante esos años y los precedentes.

H.C. Westermann estudió Bellas Artes en la Escuela del Art Institute de Chicago, cuando el joven californiano se empapaba de las corrientes vanguardistas europeas en una clara investigación por el color y por ese gusto de ebanista a la hora de trabajar la madera, material muy usado por el artista para dar forma a muchas de sus esculturas. Aunque estuvo muy atento a las corrientes que surgieron durante sus años de formación y primeros tiempos como artista (el minimalismo, el arte pop o el expresionismo abstracto, a Westermann le interesaba fijarse en plantear reflexiones en torno a la condición humana  y las preocupaciones de la sociedad norteamericana y occidental a mediados del siglo XX: la Guerra Fría, el consumo y la cultura de masas, no en vano el fue marine de la Segunda Guerra Mundial y eso le llevó a cuestionar los conflictos bélicos, la soledad del hombre contemporáneo en las grandes urbes y la fuerza que la publicidad y la televisión comenzaban a tener en la década de los años 50 y 60 del pasado siglo. Según recorres la retrospectiva en la tercera planta del Reina Sofía se observan huellas surrealistas de Miró, Magritte y De Chirico, pero ningún movimiento o tendencia permeó suficientemente su habitat plástico.

La exposición se articula en nueve apartados temáticos que abarcan desde sus obras tempranas hasta sus naturalezas muertas, pasando por los barcos de la muerte; Cajas, casas y cuerpos; la Guerra Fría y la sociedad de consumo; el contexto artístico de su país; su correspondencia que documenta muy bien lo que aconteció en su época; la crítica en sus grabados al viaje por América, visible en su serie de litografías Primero conozca América, 1968; y el absurdo de una serie de herramientas inservibles, que traslucen su preocupación por la muerte, el trabajo y esa búsqueda constante por el regreso a casa, al hogar. Hay en esa intención una pulsión al mito de Sísifo en esa constante construcción y obrar de Westermann.

Entre las piezas de su primera etapa vemos ese gusto por trabajar la madera en Dos acróbatas y un hombre huyendo, una obra de 1957 en la que tres personajes parecen desconectados del paisaje urbano en el que se encuentran, vaticinando un cierto aislamiento del ser humano en el espacio habitado y también la angustia del confinamiento. Y de ahí pasamos a una sala que tiene como eje los barcos de la muerte, algo repetido durante el paseo por la muestra en esculturas y otro tipo de disciplinas. Los barcos, veleros, vapores, mercantes o de guerra, construidos por Westermann casi siempre presagian un fatal destino, bien sea por tempestad, calma, hundimiento o los peligros que el mar supone para los navegantes con el miedo a los tiburones, quizá derivado de su experiencia como marine, aunque siempre refleja un ánimo en la derrota del marinero hacia su hogar.

Poco a poco, Westermann comenzó a fabricar cajas como si fueran una morada para el hombre, una casa como cobijo, como en su obra de 1958 Monumento a la idea de hombre si él fuera una idea, una estatua-armario, cíclope en cuya boca asoma una figura diminuta pidiendo ayuda. Su interior hueco aloja un barco que se hunde, un acróbata sin brazos y un personaje descabezado que trata en vano de jugar al béisbol. En Casa loca, del mismo año, y en Mujeriego, de un año antes, el cuerpo ya no desprende sosiego, sino pesimismo y una pulsión angustiosa de la humanización de la posguerra.

Antes de la década de los años 60, Westermann se fija en la cultura de masas como se observa en Estrategia de temeridad, 1958-1959), porque alude a la amenaza del belicismo y el desastre atómico que podría acontecer por una guerra nuclear. Un paisaje inhóspito que confronta con el confort de la sociedad norteamericana en este período. Y eso con un contexto artístico caracterizado por la cultura popular y el nuevo realismo encarnado por el arte pop pero también por el arte minimalista que tenía al objeto como centro. Esa objetualidad está presente con una obra de 1963 titulada Un árbol de soga, un objeto específico según Donald Judd.

Hay una pasión por el texto como se observa en sus cartas, escritas a diario para comunicarse con sus amigos y familiares y en las que incluía palabras junto a dibujos para ilustrar sobre las piezas en las que estaba trabajando. En esas misivas-dibujos se ven paisajes, comentarios sobre la actualidad , su preocupación por las casas, la muerte e incluso relata un suicidio que le impresionó cuando vivía en San Francisco a mediados de la década de los 60. Y de ahí adentrarnos en la serie de 18 grabados Primero conozca América, parafraseando  un eslogan de una campaña turística de principios del siglo XX para animar a conocer ese vasto país antes de viajar a otros destinos. Late una cierta abstracción del paisaje, una mirada irónica de la cultura popular heredera del cómic que ya preludiaba la estética underground y ese humor que le acompañó en muchos de sus trabajos.

En la última parte encontramos como progresivamente Westermann fue creando paradojas visuales, reduciendo sus creaciones a contradicciones que le llevan al absurdo, en ese diálogo de objetos inservibles que terminan siendo obras de arte, bien sea Antimóvil, 1966 y ocho años después en Me voy a casa en el tren de medianoche, que contiene un martillo inoperante de dos cabezas y que quizá como apuntó Beatriz Velázquez fuera una recreación visual y autobiográfica de su tránsito hacia la muerte. Y no conviene olvidar esas naturalezas muertas que le llevaron a investigar y replicar formas arquitectónicas de túmulos y monumentos funerarios o incluso sondear la condición mortal del ser humano. En Torre de suicidio, 1965, invita a recrear con sus muchos tramos de escalera el tiempo previo a un salto letal, próximo al sentido de la muerte como continuum que separa nuestro camino entre la vida y el destino final a la laguna Estigia. No se pierdan una exposición donde hay grandes dosis de humor negro, intención, reflexión sobre el concepto y desarrollo de una obra de arte y sobre todo la capacidad de absorber influencias e interpretarlas para ser  artista único. Julián H. Miranda

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