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Gómez de Liaño, creador y mediador, dona su colección al Reina Sofía


La figura de Ignacio Gómez de Liaño (Madrid, 1946), escritor, filósofo y profesor universitario e impulsor de numerosas iniciativas, que han transcendido las fronteras de numerosas disciplinas creativas, no ha dejado de crecer desde finales de los años 60 hasta la actualidad. Su mirada, siempre animada por una curiosidad constante para ahondar en el saber universal, le han hecho transitar por la poesía, la filosofía, la mitología pero también por la creación más contemporánea en la creación plástica.

En la presentación de la muestra el autor de Extravíos rememoró la intención de un grupo de poetas y creadores plásticos al decir que su objetivo era «llevar la escritura a la vida, la que se inserta en el alma», influidos por la filosofía de Platón.

El Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía ha recibido la donación de un valioso archivo, que abarca desde mediados de los años 60 hasta finales de los 70, década en la que Gómez de Liaño entró en contacto por ese afán de transcender con artistas españoles e internacionales como Julio Plaza, Prada Poole, Elena Asins, Eusebio Sempere, Manolo Quejido, Soledad Sevilla, Julián Gil o el propio Gómez de Liaño y que también cuenta con importante documentación de ámbito poético, filosófico y académico de autores como Julien Blaine, Paul de Vree, Felipe Boso, Enrique Uribe, José-Miguel Ullán, Henri Chopin o Alain Arias-Misson, por citar algunos de ellos.

Ahora el Museo Reina Sofía ha organizado, partiendo de dicha donación, la exposición Ignacio Gómez de Liaño. Abandonar la escritura, comisariada por Lola Hinojosa y que reúne obras de arte pero también un fondo documental (cartas, escritos y textos) que ilustra un momento efervescente en la vida cultural de un país en los últimos años del franquismo y los primeros de la transición, que además constituye una ocasión única porque apenas se han visto muchas de esas obras desde que fueron creadas. A este conjunto de piezas se han añadido préstamos, adquisiciones recientes o nuevas producciones poéticas. Todo ello ayuda a conocer mejor su labor como impulsor de la modernidad cultural en nuestro país.

En la presentación de la muestra, el director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, destacó que su figura y el archivo que han recibido en donación resulta fundamental para entender un período artístico muy relevante con la poesía de acción, visual y expandida que traspasó las fronteras porque Gómez de Liaño fue «conector», algo muy habitual ahora pero no tanto hace cincuenta años y porque supo enlazar con cierto vanguardismo histórico como el que representaron antes Ramón Gómez de la Serna o Marcel Duchamp, entre otros. Y añadió que este creador «concibió la poesía como una máquina de conocimiento». Por su parte, Lola Hinojosa  dijo que la presentación del archivo planteaba un desafío: ¿Cómo acercar al público un corpus tan variado y vertebrar toda esa red de relaciones tan densas a una edad tan precoz en la década de los 60?. Y resaltó que como se puede ver en el recorrido, el autor de Extravíos, no solo ha sido un creador poético y plástico, sino también un autor teórico en esa serie de manifiestos radicales, lo que conllevó que fuera catalizador de numerosas iniciativas porque ha sido «una figura céntrica y excéntrica (periférico), lo que invita a que asistamos a un descubrimiento: «las obras viajan desde la levedad de la página hasta desbordar la misma».

Ignacio Gómez de Liaño complementó las palabras anteriores haciendo gala de una memoria emotiva por esos más de diez años fértiles, hace más de medio siglo, desde sus encuentros con Alain Arias-Misson o con Henri Chopin hasta los posteriores con creadores como Elena Asins, Julio Plaza, Herminio Molero, Eusebio Sempere y Lugán, entre otros.

A Ignacio Gómez de Liaño desde muy joven le atrajo la poesía experimental por lo que se unió en 1964 al movimiento Problemática 63, liderado por el uruguayo Julio Campal. Eso le acercó a la “Poesía Concreta” brasileña del grupo Noigandres o del “Espacialismo” francés teorizado por los poetas Ilse y Pierre Garnier, a quienes estudió en profundidad. Sus primeros poemas estuvieron en la órbita de la abstracción geométrica del lenguaje tipográfico, caracterizados por la objetividad y la reflexión.

Esos contactos y numerosos viajes por Europa le permitieron conocer a Françoise Bory, Julian Blaine, Arrigo Lora-Totino, Adriano Spatola o Max Bense, pero sobre todo publicar cinco años más tarde su primer manifiesto, Abandonner l’ecriture (1969), que da título a esta exposición, en la revista audiovisual OU, fundada por el poeta sonoro y editor independiente Henri Chopin. En esa publicación latía la vocación de romper con el orden establecido y apuntar nuevas formas de lenguaje, que no aspiran a tener un único significado sino a ir más allá para ocupar el espacio y llegar a la acción.

Esta inspiración le hizo transitar por un territorio estético en el que convergían los puntos de vista de poetas, músicos y artistas plásticos, porque estos últimos con Herminio Molero y Manolo Quejido, ente otros, le llevaron a fundar la Cooperativa de Producción Artística y Artesana (1966-69), por la que pasaron algunos miembros del grupo Castilla 63 (Elena Asins, LUGAN y Julio Plaza) o artistas extranjeros como Lily Greenham y Alain Arias-Misson, con la aspiración de la función social del arte, rechazando la mercantilización y el fetichismo del objeto artístico. No conviene olvidar que Gómez de Liaño estuvo marcado por el mayo francés de 1968 y pensaba que la calle era un lugar de encuentro y de teatro espontáneo en ese anhelo de “llevar la poesía a la vida”, trasladando la poesía a la calle, que en el caso español tenía por razones de contexto histórico una gran trascendencia crítica.

En 1972, Gómez de Liaño fue expulsado de la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid, donde era profesor de Estética, por no prohibir que uno de sus alumnos realizara una acción poética en el aula. Sin embargo los conocidos Encuentros de Pamplona, y su labor como coordinador del Seminario de Generación Automática de Formas Plásticas en el Centro de Cálculo de la Universidad de Madrid, le hicieron entrar en contacto con creadores como Soledad Sevilla y otros. Posteriormente se trasladaría a Ibiza, un período de aislamiento e introspección pero de gran actividad poética.

El recorrido por la muestra, que permanecerá abierta desde mañana y hasta el 18 de mayo, nos acerca a una figura poliédrica, agitador constante en su tiempo que con esa actividad incesante ayudó a tejer una red solidaria de artistas españoles e internacionales que no solo aportó a la poesía experimental sino que conectó con otras disciplinas como la pintura, la música porque la creación no es algo compartimentado sino que generalmente genera una serie de puentes en una red amplia de artistas que hoy ya forman parte del vanguardismo español de ese período.

A través de las salas en las que se estructura la exposición además de sus creaciones poéticas y plásticas encontramos una exquisita serigrafía sobre papel, sin título y sin fecha, de su amigo Eusebio Sempere, varias piezas de Manolo Quejido, la composición en varios rectángulos de Herminio Molero, titulada Tomate atardecer tomate, su espacio de Orografía poética, a base de cilindros y círculos y alguna obra geométrica de Elena Asins, entre otras piezas. Todo su relato está presente en sus libros, poemarios y en los numerosos documentos que conforman su archivo y que hoy constituyen  un valioso patrimonio cultural. Julián H. Miranda

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