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Georgia O’Keeffe, pionera de la modernidad, en el Museo Thyssen


La retrospectiva de Georgia O’Keeffe (1887-1986), organizada por el Museo Thyssen-Bornemisza, que se abre hoy al público es un ambicioso proyecto anhelado por el museo madrileño desde hace casi dos décadas. Y resulta oportuno porque las 90 obras que conforman la muestra, comisariada por Marta Ruiz del Árbol, conservadora de la pinacoteca, son una ocasión única para aproximarnos a una artista que simboliza la modernidad en la plástica estadounidense del siglo XX. Cuenta con el patrocinio de la Terra Foundation for American Art y el apoyo de JTI.


En la presentación Evelio Acevedo, director gerente del Museo Thyssen-Bornemisza, agradeció al Museo Georgia O’Keeffe de Santa Fé su generosidad al ceder un tercio de las obras expuestas y compartir sus conocimientos sobre la figura de la pintora norteamericana, que se unen a las cinco que tiene el Thyssen, institución que posee la mayor colección fuera de los Estados Unidos, así como a la treintena de prestadores que han hecho posible esta retrospectiva.

Por su parte, y en video, el director del Museo Georgia O’Keeffe, Cody Harley, subrayó que es excepcional que esta muestra se presente en Europa, ya que tras la clausura en Madrid el 8 de agosto viajará al Centro Pompidou de París y la Fundación Beyeler. Y añadió que la trayectoria e O’Keeffe refleja su ruptura con la tradición, a través de unas originales formas, entre la abstracción y la figuración, persiguiendo la luz, el color y la forma.

Marta Ruiz del Árbol fue desgranando los principales hitos como artista de Georgia O’Keeffe, que expresan su particular visión del mundo. Y recordó que desde niña quería ser pintora cuando vivía en su Wisconsin natal y persistió en ello con libertad hasta llegar a ser una de las artistas más relevantes del siglo XX y poder vivir de su pintura, algo no tan común entre las pintoras de su época.

Y además la comisaria mencionó que esta muestra permite al espectador una visión completa sobre su evolución y conocer rasgos de su personalidad creadora: su impulso viajero, sus ansias de conocimiento y exploración y, sobre todo, su forma de observar la naturaleza porque como Georgia O’Keeffe escribió “hay algo inexplicable en la naturaleza que me hace sentir que el mundo es mucho más grande que mi capacidad de comprenderlo e intentar entenderlo tratando de plasmarlo. Encontrar la sensación de infinito en la línea del horizonte o simplemente en la próxima colina”.

El recorrido de la retrospectiva se articula en ocho salas, siguiendo un orden cronológico pero también temático de las principales preocupaciones estilísticas de Georgia O’ Keeffe y comienza con sus obras tempranas, realizadas entre 1915 y 1917, la mayoría acuarelas pero también un dibujo, una escultura y un óleo, casi todas mostradas en la galería 291 que dirigía Alfred Stieglitz. Muhas de ellas sorprendieron a la crítica neoyorquina por su original abstracción, su dominio del dibujo y la acuarela y ese colorido que impregnaba algunos de sus primeros paisajes de Carolina del Sur y las planicies texanas, así como varios desnudos.

En la segunda sala podemos admirar 13 abstracciones, fechadas entre 1918 y 1927, excepto una de la Colección del Museo Thyssen que firmó en 1954, Desde las llanuras II, un paisaje grandioso, probablemente de las llanuras de Texas con esos tonos naranjas encendidos. La mayoría de estos óleos son representaciones orgánicas en las que explora la interacción entre forma y color, donde también aparecen algunas composiciones florales. Fue un momento creativo relevante que provocó algunas lecturas psicoanalíticas entre los críticos de arte y sobre la importancia del género de la artista en su trabajo.

A finales de la década de 1910, la artista simultáneo su vida entre la gran ciudad, Nueva York, donde pasaba los inviernos y la primavera; y el campo, en el lago George, donde vivía en verano y otoño. Se instaló en el hotel Shelton de Manhattan y como buena caminante urbana reflejó una mirada urbana de sus rascacielos y del East River en la búsqueda de la naturaleza que toda urbe tiene, pero fue en la América rural donde nos dejaría esa mirada calma sobre los graneros y casas que nos remiten a su infancia en Wisconsin.

Sin embargo fue en las flores y en el mundo natural donde nos dejó una impronta para la posteridad, al compartir su modo alejado o cercano de descubrir una flor en su plenitud como en Extramonio, flor blanca nº 1, un óleo de 1932, donde el color blanco y verdoso contorneaba esas formas casi perfectas que muchas veces nos ofrece la naturaleza. Alternaba un enfoque nítido con uno más desenfocado para mostrarnos lirios, amapolas, junto a hojas y conchas, pero siempre lo hacía con el atrevimiento de una creadora libre.

En las salas quinta y sexta se incluyen 25 obras, fechadas entre 1929 y 1946, centradas en el descubrimiento de Nuevo México que sería para ella “mi tierra. Nunca había visto nada así, pero encajaba conmigo exactamente”. Supuso un cambio en su vida personal y artística porque allí el paisaje y su pasado hispano le inspiraron en una nueva dirección, ya que su orografía y los símbolos que allí encontró con los huesos abandonados le llevaron a plasmar el mundo rural americano. Allí, en su casa taller de adobe de Ghost, ubicada en pleno desierto,  contemplaba un paisaje árido, pero también halló dentro del territorio navajo la inspiración para la serie Black Place, con dos pinturas y un dibujo que sugiere la pendiente del terreno o bien la recreación de huesos de pelvis, de intensos azules.

Georgia O’Keeffe siempre viajó por numerosos estados pero reservó el último tercio de su vida para conocer otros países como España, donde estuvo en 1953 y 1954, Perú o Japón, entre otros, aunque en sus últimos veinte años pintó tanto el patio de su hacienda en Abiquiú como plasmó una serie de vistas aéreas de lo que contemplamos desde la ventana del avión, ya sea una era, un sendero, un río, una carretera en invierno, en una pintura gestual, y, sobre todo, una obra maestra como Cielo sobre nubes. Horizonte amarillo y nubes, 1976-1977, un óleo minimalista con planos de color y luz tamizada.

Y por último, el ambiente de su taller, lugar al que siempre regresaba tras sus viajes y paseos para trabajar en soledad y explorar nuevas posibilidades de su proceso creativo. Los objetos y su disposición revelan que O’Keeffe era una artista rigurosa, que se sentía concernida por las posibilidades del color y por conseguir texturas nuevas y por la conservación de sus obras, ya fueran óleos o sobre papel.

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