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Entre legados y herencias millonarias

La última semana hemos visto cómo un par de bienes inmuebles relacionados con el mundo de la cultura salían a la venta. Dos casos que representan maneras muy diferentes de enfrentarse a la riqueza patrimonial del coleccionista, sea de la talla que sea. En España, Juan José Luna donó parte de sus posesiones y su vivienda al Museo del Prado; mientras que en Italia, los herederos del príncipe Boncompagni se han visto obligados a sacar a subasta el palacio de Villa Aurora por no poder mantenerlo.



Ocurre a menudo entre coleccionistas, que se preocupan por el futuro de sus tesoros artísticos. Algunos piensan en repartirlos entre sus herederos, con la esperanza de que estos mantengan esa ilusión y esfuerzo por salvaguardar la riqueza patrimonial, mientras que otros optan por legarlo a museos o instituciones.

En el fondo, todos desean que el conjunto perdure unido y que alguien recoja su testigo, aunque la realidad es que esto no siempre se cumple. Porque el destino de esos patrimonios es tan diverso como la naturaleza de los mismos y, aunque todas las opciones son válidas, llevan consigo diferentes consecuencias (prácticamente contrapuestas). Unas contribuyen a engrosar esa riqueza cultural reunida en el pasado, mientras que otras la destruyen.

Precisamente la semana pasada nos ha proporcionado dos casos dignos de atención que, quizá por su coincidencia en el tiempo y disparidad de motivos, permiten una lectura comparativa. Se trata de dos subastas de sendos bienes inmuebles –una realizada en Madrid y otra anunciada en Roma– que bien podrían representar las dos caras de una misma moneda. Contaremos los hechos, antes de sacar conclusiones.

El pasado 27 de octubre, el auditorio del Museo del Prado fue testigo de un evento inédito: la subasta de la vivienda particular de Juan José Luna. El historiador del arte y coleccionista, fallecido el año pasado, había designado como heredero universal de todos sus bienes a la pinacoteca, donde trabajó durante décadas. Fue conservador de Pintura Francesa, Inglesa y Alemana antes de ocupar el cargo de jefe de Departamento de Pintura del siglo XVIII. Su pasión por el Prado fue tal, que ya en el testamento de 25 de mayo de 1995 dejó escrita su intención de legarle todas sus posesiones.

El piso, de más de 300 metros cuadrados y vistas al parque del Retiro, salía con un precio inicial de 1,8 millones, pero finalmente fue adquirido por un matrimonio de la misma finca en 3,23 millones de euros. El dinero recaudado la semana pasada se destinará a la compra de obras, tal y como estipuló Luna. No es la primera vez que el museo se beneficia de un acto tan generoso. Hace cuatro años que la profesora Carmen Sánchez legó su casa de Toledo y 758.648 euros para nuevas adquisiciones. Mucho antes Manuel Villaescusa Ferrero ya hizo un regalo semejante con el mismo objetivo, si bien en su caso manifestó el deseo de que fuese una única pieza, preferiblemente que saliera a la venta en el extranjero (gracias a sus fondos se compró La condesa de Chinchón en el año 2000).

Fuera de España y un día antes de la subasta pública celebrada en el Prado, el 26 de octubre se hizo pública la decisión de los hijos del príncipe Boncompagni de vender uno de los palacios más bonitos y exclusivos de Roma: Villa Aurora.

Su riqueza de salones decorados por Domenichino, Guercino o Zuccari condensa más de 400 años de historia y posee además una joya extraordinaria: Júpiter, Neptuno y Plutón de Caravaggio, única pintura mural conservada en el mundo del maestro lombardo. Pintado hacia 1597, probablemente fue un diseño del promotor del encargo, el cardenal Del Monte (el palacio y los tesoros de su colección se publicaron en el número ARS16, cuando Gaetana Enders entrevistó al matrimonio aristocrático).

Nicoló Boncompagni Ludovisi falleció en 2018, desde entonces las peleas entre sus hijos y la tercera mujer de este –Rita Jenrette– han sido constantes. Eso, unido al alto coste de mantenimiento y conservación de Villa Aurora, la han convertido en una carga. Por eso la familia ha decidido poner el palacio a la venta. Será el próximo 18 de enero y saldrá con un precio estimado de 471 millones de euros, cifra que acapara sobre todo el techo pintado de Caravaggio (valorado en más de 300 millones).

¿Lo comprará el Gobierno italiano? ¿Conseguirá el palacio pasar de unas manos a otras con todo su patrimonio íntegro? ¿Se terminarán ofreciendo las piezas por separado? Todos estos interrogantes plantean una hipótesis que quizá sea la peor de todas, y es la posible dispersión de una incalculable riqueza patrimonial.

La actitud de los herederos de Boncompagni contrasta con el altruismo de Luna. Una visión reduccionista diría que son una metáfora del desapego frente al compromiso. En cualquier caso, la venta de ambas viviendas –la modesta española y el lujoso palacio romano– representa dos maneras de entender el patrimonio y muestra dos motivaciones diferentes a la hora de enfrentarse al futuro de la riqueza patrimonial. Sol G. Moreno

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