La última mirada de Tàpies al mundo
Fundación Bancaja presenta hasta el 30 de agosto la exposición Tàpies. Última década (2002–2012), una muestra monográfica dedicada al periodo creativo final del autor, una de las figuras más relevantes y complejas del arte europeo del siglo XX y considerado uno de los grandes exponentes del Informalismo a nivel internacional.
La presentación a medios contó con la participación de Rafael Alcón, presidente de la Fundación Bancaja; Toni Tàpies, hijo del artista; el comisario Fernando Castro Flórez; y Dalia Padilla, directora de Vande (institución que ha prestado varios cuadros).
Tàpies, última década reúne una veintena de obras de gran formato, procedentes en su mayoría de la colección familiar del artista –algunas de ellas inéditas–, junto con una pieza perteneciente a los fondos de la Fundación Bancaja.
El conjunto propone una mirada concentrada en la producción tardía del artista catalán, realizada entre 2002 y 2012, en una etapa marcada por una expresión pictórica más libre, radical y depurada.
El recorrido permite observar cómo las ideas fundamentales que definieron el lenguaje de Tàpies –la exploración de la materia, el gesto espontáneo y la dimensión filosófica de la pintura– permanecen activas incluso en la madurez de su obra. Lejos de una etapa conclusiva, este periodo se presenta como un territorio de gran libertad creativa.
Uno de los aspectos más evidentes de esta última producción es el papel del azar dentro del proceso creativo. En la obra de Tàpies, la espontaneidad se convierte en un elemento esencial: manchas, incisiones y acumulaciones matéricas aparecen como gestos casi inmediatos, pero cargados de una densidad conceptual que el artista cultivó a lo largo de toda su trayectoria.
Las piezas aquí presentes, de imponentes proporciones, obligan al visitante a una atención sostenida. Frente a ellas, la escala deja de ser un simple recurso formal para convertirse en una experiencia física en un espacio expositivo pensado para la introspección, donde la pintura no solo se contempla sino que se habita.
El diseño de la sala ha sido concebido deliberadamente para evitar distracciones. Por eso la exposición se despliega como un espacio íntimo y silencioso, donde el visitante se encuentra rodeado no solo de las obras, sino también de fragmentos de reflexiones escritas por el propio artista en sus diarios.
Estos textos funcionan como un hilo narrativo que acompaña el recorrido. En ellos, Tàpies se muestra crítico con su propio trabajo, pero también liberado: reflexiona sobre el sentido de la creación, la materia y el paso del tiempo. De este modo, la exposición permite leer la obra desde la voz del propio artista, como si fuera él quien guiará al espectador a través de sus últimas investigaciones.
Los materiales empleados –muchos de ellos frágiles, efímeros o inestables– plantean incluso interrogantes sobre el futuro de las propias obras. La posibilidad de restaurarlas implica, inevitablemente, transformarlas. Y es que en cierto modo, cada intervención futura podría generar una pieza distinta de la concebida originalmente.
Este aspecto abre una reflexión sobre la naturaleza del legado artístico: ¿hasta qué punto una obra sigue siendo la misma cuando su materia cambia? La sensación es que Tàpies, plenamente consciente de esa fragilidad, aceptó ese destino como parte del propio proceso creativo.
La producción tardía del artista revela a un creador que, lejos de repetirse, intensifica su radicalidad formal. Las obras de esta etapa condensan décadas de investigación sobre gesto, signo y materialidad, mostrando a un autor que continúa interrogando el mundo a través de la pintura.



