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El sueño americano sobre papel en CaixaForum Madrid


La exposición El sueño americano, Del pop a la actualidad, fruto del acuerdo de colaboración que tiene la Fundación “la Caixa” con el British Museum, acaba de abrir sus puertas en CaixaForum Madrid. Comisariada por Catherine Daunt la muestra reúne un importante conjunto de obras sobre papel de los principales artistas norteamericanos que cultivaron con pasión el grabado desde los años 60 del pasado siglo hasta la actualidad, la mayoría procedentes del British Museum pero también de colecciones y museos como el Victoria & Albert Museum, la Tate Modern de Londres, la Helen Frankenthaler Foundation y del taller del artista Ed Ruscha, estos dos últimos procedentes de los Estados Unidos.


La comisaria Catherine Daunt por streaming, el director corporativo del  Área de Cultura y Ciencia de la Fundación ”la Caixa”, Ignasi Miró; y la directora de CaixaForum Madrid, Isabel Fuentes, presentaron esta muestra que reúne 218 obras de 63 artistas, entre los que podríamos destacar a Roy Lichtenstein, Andy Warhol, Sol LeWitt, Robert Rauschenberg, Robert Motherwell, Donald Judd, Ed Ruscha, Louise Bourgeois, Robert Longo, James Rosenquist, Chris Burden y Richard Estes. La selección parte del pop pero se prolonga con la abstracción, el minimalismo, el arte conceptual, la figuración y el fotorrealismo, entre otros movimientos.

El montaje parte de una introducción y luego se estructura en 11 ámbitos. Un  recorrido temático y cronológico por una época brillante del arte gráfico estadounidense que también refleja la historia reciente del país, con aspectos  todavía candentes en la actualidad, como el conflicto racial, el sida y el feminismo. Este período y las formas de trabajo permiten observar la complicidad que hubo entre artistas y los talleres colectivos donde se elaboraban estas piezas, así como las diferentes técnicas utilizadas: litografía, serigrafía, aguafuerte, punta seca o los fotograbados.

Una característica que desprende el diseño expositivo quizá sea subrayar el colorido y la energía que trajo consigo esta revolución gráfica, a través de una museografía de estética pop y gestual. Se pueden ver las serigrafías de Liz Taylor, Marilyn Monroe o las de Jacqueline Kennedy en el funeral de su marido asesinado, todas ellas de Andy Warhol; las coloristas banderas de Jasper Johns de 1973; las obras punteadas de Roy Lichtenstein, influenciadas por las viñetas de cómic; dos grabados de gran formato de Robert Rauschenberg: Booster (1967), que representa su propio esqueleto y mide 1,8 metros de altura, y Sky Garden (1969), que refleja el momento del lanzamiento del cohete Saturno V y que, con su altura de 2,2 metros, superó el récord de la litografía más grande estampada a mano, que el propio artista había alcanzado, dos años antes, con Booster; uno de los grabados del colectivo General Idea en su campaña contra el sida, de 1990, o el célebre cartel de las Guerrilla Girls ¿Deben ir desnudas las mujeres para entrar en el Metropolitan Museum (1989), obra que proviene del Victoria & Albert Museum.

Contemplar todo ese elenco de obras de autores tan prestigiosos también constituye una reivindicación de esta técnica, que en la segunda mitad del siglo XX dejó de ser marginal para convertirse en el centro de atención de las bellas artes. Además permitió que muchos aficionados se acercaran de otro modo al arte, a través de la obra seriada, e hizo que los  artistas exploraran con nuevas técnicas y materiales a la vez que incidían críticamente en la sociedad de la época.

El inicio está protagonizado por el surgimiento del arte pop en Nueva York y la Costa Oeste americana. Muchos de esos creadores habían trabajado en publicidad e incluso pintado vallas en Times Square, y por lo tanto conocían las estrategias  de marketing para atraer el interés de los ciudadanos: colores primarios  e imaginería potente. Y en eso el pop ofrecía claras ventajas al no establecer límites entre el arte culto y el comercial y los artistas prestaban mucha atención a los medios de comunicación y la publicidad. La serigrafía y las técnicas asociadas a la impresión masiva fueron utilizadas por ellos para llegar a  las clases medias que podían permitirse acceder a coleccionar obra gráfica y libros de artista de pequeño formato.

Los miembros del pop se inspiraron en objetos cotidianos y los supieron elevar a la categoría de arte. Andy Warhol quizá fue uno de los artistas que mejor supo elegir esos iconos de la cultura popular. Después de la muerte de Marilyn Monroe, el fundador de La Fábrica usó el rostro que aparecía en el cartel de la película Niágara para sus famosas serigrafías de la actriz. Claes Oldenburg  creó una pieza partiendo de un enchufe flotando en el agua: Ladrón triple flotante, 1976; y Jasper Johns, que había pintado la bandera americana por primera vez en 1954, la convirtió en un símbolo pop con sus series de grabados empleando múltiples capas de tintas transparentes. Junto a Johns,  Rauschenberg y Jim Dine ocupan también un ámbito en la muestra.

Como mencionaba antes, los talleres de impresión tuvieron un gran protagonismo porque la innovación y la complicidad se dio entre los creadores y los técnicos. Talleres como Universal Limited Art Editions, en Nueva York, y Gemini G.E.L., en Los Ángeles, hicieron que muchos de ellos pudieran  experimentar como se ve en la litografía Accidente, 1963, en la que Rauschenberg aprovechó la rotura total de una gran piedra para imprimir a partir de la piedra rota y el resultado lógicamente fue innovador.

Otra sección de la exposición está dedicada a los artistas del grabado de la Costa Oeste, que reflejaban un estilo de vida más tranquilo como el de Los Ángeles. El sol, el mar y los paisajes desde el coche cobran protagonismo. Ed Ruscha fue uno de los artistas que mejor reflejó esa atmósfera vital en series como Twentysix Gasoline Stations (1966) y Made in California (1971). La obra de Ruscha contrasta con los grabados en blanco y negro de Bruce Nauman que representan palabras. Precisamente, en la muestra hay un libro de artista de Ed Ruscha, procedente de la Tate Modern, que incluye veintiséis gasolineras, con fotos y estampaciones de los paisajes que veía camino del taller.

Además de los artistas pop, los pintores expresionistas abstractos supieron utilizar el grabado, y sobre todo la litografía al ajustarse bien a la gestualidad de su estilo. Willem de Kooning eligió el gran formato, y dedicó una serie a la aproximación libre de Minnie Mouse, el célebre personaje creado por Disney, en la que el artista experimentó aplicando con pincel líquidos grasos directamente sobre la plancha litográfica. Otros como Robert Motherwell y Philip Guston usaron el grabado para expresar su abstracción gestual, mientras que Ellsworth Kelly y Frank Stella se inclinaron por formas geométricas.

En los años setenta, los minimalistas y conceptuales recurrieron a la obra gráfica como reacción al pop. Minimalistas como Donald Judd y un  conceptualista como Sol LeWitt se centraron en  la estructura y las propiedades de los materiales. El color, la forma, la textura y el material son reducidos a la esencia, y aparecen líneas simplificadas. Un estilo como el fotorrealismo, con a imágenes muy detalladas a partir de fotografías, presenta una intención muy distinta. Chuck Close y Alex Katz realizan retratos monumentales mientras que el hiperrealista Richard Estes representa escenas y paisajes estáticos sin gente, que parecen distanciados de la realidad.

A finales de los setenta, un abstracto como Philip Guston retornó a la figuración. Se alejó de repente del estilo gestual y empezó a crear imágenes caricaturescas de figuras encapuchadas, extremidades desmembradas, botas claveteadas y otras formas figurativas. Otros motivos figurativos fueron abordados por Richard Diebenkorn —que recupera géneros clásicos como la figura humana, la naturaleza muerta y el paisaje—, Philip Pearlstein, Robert Longo y Susan Rothenberg, entre otros.

Desde su invención en el siglo XV, la imprenta ha sido un medio de expresión para ejercer la crítica política y social. La segunda mitad del siglo XX y sobre todo hechos históricos como el magnicidio de John F. Kennedy en 1963, la guerra del Vietnam y otros acontecimientos como las crisis económicas, el terrorismo y enfermedades como el sida por citar solo algunos supusieron un estímulo para que los creadores plásticos norteamericanos difundieran mensajes sociales y políticos relacionados con ellos.

En una de las obras expuestas observamos como Warhol hizo campaña a favor del senador demócrata George McGovern con una serigrafía en la que aparece su oponente republicano, Nixon, con la cara verde y los labios amarillos. En 1967, William N. Copley creó una serigrafía con la bandera americana en blanco y negro y la palabra think (‘piensa’), que fue incluida en una carpeta con obras de otros 16 artistas para protestar contra la guerra de Vietnam. Roy Lichtenstein realizó obra gráfica como forma de recaudación de fondos para causas políticas y sociales durante toda su carrera. Así, la serigrafía I love Liberty (1982) fue creada para un acto organizado por el grupo de presión progresista People for the American Way, que defendía los derechos de las minorías y los grupos oprimidos, entre ellos los homosexuales, las mujeres, los afroamericanos, los hispanos y los nativos americanos. Y Eric Avery denunció los errores del gobierno de Reagan para combatir el sida.

Otro de los temas representados es el feminismo. Mujeres como Louise Bourgeois  denunciaban las estructuras tradicionales del poder masculino, en concreto de cómo afectaba la maternidad en su obra hecha con punta seca, Santa Sebastiana (1992); y Kiki Smith alertó de cómo se trataba a las niñas y a las mujeres en los cuentos infantiles en un grabado de 2002 sobre Caperucita Roja, en el que nace una niña del vientre del lobo.

En la misma línea, los artistas no blancos denunciaron abusos policiales y  violencia racista -ahora tan de actualidad en Estados Unidos- en algunos casos en plena segregación, que fue legal en los estados del Sur hasta 1964. Artistas afroamericanos como Emma Amos, Kara Walker y Willie Cole visualizaron en sus piezas la historia casi silenciada de la esclavitud.

  • Hasta el 31 de enero en CaixaForum Madrid. Luego viajará a los CaixaForum de Barcelona y Zaragoza
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