En Actualidad

El misterio de las obras de arte perdidas


Desde hace miles de años han ido desapareciendo joyas artísticas como El Coloso de Rodas, que era la estatua del dios griego Helios, que daba paso a la isla de Rodas, o los frescos pompeyanos de la Villa de los Misterios, por citar dos ejemplos de la Antigüedad entre otros miles de objetos pictóricos y escultóricos de gran transcendencia en la historia del arte son entre un centenar de ejemplos el eje del nuevo libro del historiador del arte Noah Charney (New Haven, 1979), editado por Phaidon, y titulado El Museo del Arte Perdido. Si se hubieran conservado esos millones de piezas estaríamos hablando del mayor museo del mundo. El escritor norteamericano va ahondando en algunas de las obras que se han perdido, robado o destruido a lo largo de los últimos milenios como lo fueron la antigua biblioteca de Alejandría, las piezas maestras escondidas en el Vaticano, el arte religioso que desapareció o se salvó durante la Reforma y Contrarreforma en Europa, la misteriosa desaparición de varias obras maestras del Museo Isabella Stewart Gardner en Boston o un caso no abordado en el libro por haberse producida hace poco más de una semana como fue la desaparición y recuperación de las cuatro tallas de la Roldana, sin olvidar obras de Leonardo, Velázquez y tantos maestros del arte universal.

El libro de Charney, que creó hace diez años ARCA (Asociación para la investigación de Crímenes contra el Arte),  nos recuerda que quizá la fragilidad de los tesoros del mundo no sean más que un reflejo de la fragilidad de la vida,  y por ello se ha empeñado en preservar la memoria de lo perdido. Y lo hace de un modo ameno, a veces con la dosis del buen investigador que indaga en obras que desaparecieron en robos, guerras, accidentes, vandalismo, actos de fe, obras temporales o destruidas por los propios creadores,  quemadas y muchas perdidas, algunas encontradas y la mayoría, casi el 90% nunca halladas, y otras que solo existen en la imaginación de millones de personas.

En ese recorrido innovador por una gran parte de la historia del arte, el autor documenta casos como una de las obras maestras en gran formato de Roger van der Weyden, dedicada a la Justicia y datada en 1439 que fue detruida a finales del siglo XVII en Bruselas durante la Guerra de los Nueve Años pero cuyo recuerdo fue citado por Durero y otros artistas del siglo XVI; el magnífico Salvador Mundi de Leonardo da Vinci, perdido y encontrado, obra maestra del genio italiano que  perteneció a Carlos I de Inglaterra y reencontrada en la primera década del siglo XXI; el retrato de la duquesa de Devonshire, pintado por Gainsborough, que fue adquirida por el banquero norteamericano Junior Morgan para su hijo John Pierpont Morgant y que tras diversos avatares hoy forma parte de la Chatsworth House de Yorkshire; y el robo de uno de los autorretratos de Rembrandt del Museo de Estocolmo, robado en el año 2000 y recuperado cinco años después.

Una parte importante de estas desapariciones lo constituyen los miles de saqueos perpetrados por los nazis en varios países europeos durante la Segunda Guerra Mundial, cuya mayoría no ha sido restituida a sus dueños o herederos; el misterioso robo en el Museo Gardner de Boston en 1990, llevado a cabo por dos ladrones que se hicieron pasar por policías para llevarse en tiempo récord joyas de Rembrandt como La tormenta en el mar de Galilea; El Concierto de Vermeer; Chez Tortoni de Manet, obras sobre papel de Degas, entre otras 13 obras maestras, con un valor económico que hoy en el mercado superaría fácilmente los 500 millones de dólares y que todavía se considera casi tres décadas el mayor desvalijo artístico en la historia de Estados Unidos; las recientes destrucciones del Estado Islámico en Palmira y otras áreas de Siria e Irak; La Cámara Ámbar del palacio de Catalina en Tsárkoye Seló, cercano a San Petersburgo y que sobrevivió a la Revolución Rusa pero no al expolio de los nazis, que ha sido reconstruida hace muy poco tiempo; el arte hecho para ser efímero con ejemplos de Tinguely y de Christo; o de una artista más desconocida como la canadiense Heather Benning que reconstruyó en 2005 una granja abandonada a finales de los años 60 y que fue destruida en 2013, con el título de Casa de Muñecas.

Charney concluye el libro con una visión más bien optimista porque lo perdido es solo una palabra para ser encontrada: Y se hace y nos hace preguntas: ¿puede el arte perdido ser replicado gracias a los avances tecnológicos?. Un buen ejemplo quizá sea el Arco del Triunfo de Palmira, que destruyó el Estado Islámico en 2015 y que ha sido reconstruido en Londres la primavera pasada; o cómo fue posible que las obras maestras de la Galería de Maestros Antiguos de Dresde no fueran destruidas cuando la ciudad quedó devastada por los bombardeos aéreos en 1945, y por qué la gente a lo largo del tiempo intenta rescatar y preservar para generaciones futuras las composiciones de Velázquez y de otros creadores singulares de la historia del arte universal. Julián H. Miranda

The Museum of Lost Art. Noah Charney, Publicado por Phaidon. 296 páginas. Tapa dura. 24,95 euros.

Recommended Posts
0

Start typing and press Enter to search