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El canon de Zuloaga en el Museo de Bellas Artes de Bilbao


Ayer se presentó en el Museo de Bellas Artes de Bilbao la mayor exposición retrospectiva de Ignacio Zuloaga (Eibar, Guipúzcoa, 1870- Madrid, 1945), uno de los grandes pintores vascos y españoles desde los últimos años del siglo XIX y hasta su muerte acaecida en 1945. Patrocinada por la BBK y comisariada por Javier Novo, jefe del departamento de Colecciones del Museo de Bilbao, y por Mikel Lertxundi, historiador del arte y comisario de arte independiente, reúne casi un centenar de obras de más de cinco décadas de periplo plástico que definen perfectamente un canon estético de primer orden, de un autor singular en la escuela española de la primera mitad del siglo XX.

En la presentación de Zuloaga 1870-1945 el director del Museo de Bellas Artes de Bilbao, Miguel Zugaza, dijo que lo relevante no es sólo el tamaño y la calidad de las obras expuestas sino que casi el 60% de las mismas no se habían expuesto con anterioridad y recoge una trayectoria amplia no como en otras ocasiones que recogían aspectos parciales de su obra y valoró muy positivamente el esfuerzo y rigor de los dos comisarios que han dedicado cinco años al proyecto expositivo, debido a un encargo de Javier Viar cuando era director del Museo de Bilbao.

Para Mikel Lertxundi esta exposición ha sido una aventura duradera e intensa que partió de una pregunta que se hicieron los dos comisarios “¿cuál puede ser nuestra aportación?. Y lo primero que hicimos fue revisar todas las exposiciones organizadas en torno a Zuloaga después de su muerte y profundizar en el catálogo de Enrique Lafuente Ferrari que recogía 810 entradas para calibrar el éxito nacional e internacional que había tenido el pintor en todas sus etapas”. Y Javier Novo afirmó que “la genialidad del pintor era por ser un artista total. No dejaba ningún cabo suelto en la producción y venta de sus obras, así como indagar en las cartas que envió el pintor que nos ayudaron a ir completando su biografía artística y vital”.

La dimensión de una retrospectiva tan ambiciosa en torno a uno de los referentes de la pintura figurativa internacional en la primera parte del siglo XX como la que tuvo Zuloaga, con una obra dispersa en numerosos museos y colecciones particulares de numerosos países, que han cedido algunas de su obras maestras como el Hermitage de San Petersburgo, la Hispanic Society of America, el Museo Franz Mayer de México, el Museo d’Orsay de París, el Belevedere de Viena, las universidades de Oxford y Cambridge, Ca’ Pesaro de Venecia, el Museo Nacional de Arte de Cataluña o el Reina Sofía de Madrid, que junto a las atesoradas en el museo de Bilbao constituyen un corpus de primera magnitud para ver la evolución, la destreza pictórica y la trascendencia que tuvo en el panorama plástico de la escuela española del siglo XX.

La muestra se articula en 15 ámbitos temáticos y dentro de ellos con un criterio cronológico, que abarca tres grandes períodos: sus obras de juventud pintadas en París en la última década del siglo XIX cuando llegó a la capital francesa siguiendo la estela de Ramón Casas y Rusiñol, entre otros; una segunda en la que cosechó sus mejores éxitos nacionales e internacionales, entre 1898 y 1924; y una tercera que analiza las dos últimas décadas creativas del artista, entre 1925 y 1945.

Autodidacta, Zuloaga supo impregnarse en sus comienzos del naturalismo, del impresionismo y del simbolismo del fin de siglo que imperaba en Francia, y optó por un realismo social que, poco a poco, fue modelando por un soberbio dibujo y una paleta cromática en la que creaba atmósferas muy poéticas con figuras anónimas que encontraba en la periferia de París, aunque ya empezaba a destacar como el gran retrastista que llegaría a ser.

Luego llegaría a Sevilla, donde vivió de forma intermitente y le hizo replantear su obra, y sobre todo el descubrimiento de Segovia, con la relación con su tío ceramista Daniel Zuloaga, que le supuso un momento de inspiración que transformó con su paisaje y su paisanaje, a la hora de encarar la pintura, decantándose por un estética que tiene a los tipos que encontraba en el mundo rural, y entroncando esto en la tradición artística de la escuela española.

Además supo acercarse con delicadeza a la representación de la prostitución urbana y rural, al mundo taurino andaluz, al costumbrismo religioso de Castilla La Vieja y La Rioja, pero hay que resaltar su magisterio en el retrato, género que cultivó desde su inicios, y que le llevaron a componer elegantes obras que enlazan con otros pintores como Boldini. Whistler o Sargent, sin olvidar a maestros como Velázquez o Goya. Y por último se pueden admirar algunas obras de madurez de los últimos veinte años de su vida, en las que fue capaz de seguir componiendo bodegones, paisajes y seguir innovando con su paleta en un momento de cambio y en un contexto político afectado por la proclamación de la II República y el estallido posterior de la Guerra Civil, que terminaron de influir en su vida y obra, aunque no menoscabaron su rigor y precisión en la pincelada.

La primera parte del recorrido, que incluye nueve obras de juventud, reflejan su modo de abordar la pintura naturalista para representar la vida humilde de París con imágenes de una barrendero, de un vagabundo y mendigo, el lado de L’Oise, la portera de Rue Cortot, una visión de su patio o de un músico ambulante en Rouen o Frente al Moulin Rouge, con esa mujer en el interior de un café mirando a uno de los símbolos de Montmartre, en una serie de armonías frías, muy en la linea de composiciones similares de Casas o Rusiñol, cuando la atmósfera de Montmartre inundaba l as representaciones plásticas y musicales de los grandes pintores de momento.

En Retratos de juventud se exhiben 14 óleos, entre los que cabe destacar el que hizo de Erik Satie en 1893-1894, perteneciente a la Colección Milhaud, con esa atmósfera oscura, a lo Whistler, que va descubriendo las aristas de un músico enigmático que frecuentaba el nuevo polo artístico de París,  y que también desarrollará en Mi abuela, 1894, o incluso al captar a su padre Plácido, que contrasta con la luminosidad que refleja al fijar al conde de Campo Alegre, a José Orueta, a Alfred Morrison, a Émile Bernard y a su esposa Valentine Dethomas, una mujer cultivada, ya con ese paisaje figurado, en un período de autodefinición con todo lo aprendido en su estancia parisina.

El mundo de Sevilla, ciudad en la que residió intermitente entre 1894 y 1904, dejó una huella en el pintor que conecta con lo que se proyectaba en el extranjero de ”lo español”, fundamentalmente por los viajeros franceses del XIX, y que nos por parte de Zuloaga obras tan intensas como Víspera de los toros, pintada en 1898 y que marcó su notoriedad internacional, donde reflejó su amor al mundo taurino, algo en lo que coincidía con Goya y con Picasso; las mujeres de Alcalá de Guadaira o su retrato de cazador, en la que sobresale su facilidad para pintar perros.

Y Segovia, un hito decisivo en su carrera, cuando encontró temas nuevos para él, al llevarle a cambiar esa visión pintoresca de España por otro modo de mirar a personas que expresaban lo atávico, la mística y el dramatismo castellano. algo que entroniza con la visión pesimista de la Generación del 98. Son personajes que reflejan la dureza del espacio que habitan, de un pueblo que mira al pasado, y que dejaron obras maestras como Tipos segovianos, El alcalde de Río Moro y su mujer, El requiebro o El retrato del poeta don Miguel, sin olvidar una escena titulada Corrida de toros en Eibar, hoy propiedad de la Colección Carmen Thyssen.

El mundo femenino está muy presente en dos de las secciones de la exposición: Perdición urbana y La calle de las pasiones porque, al igual que los pintores franceses del siglo XIX, a Zuloaga también quería representar el comercio carnal y lo hacía con unos códigos estéticos sugerentes como en Parisienses (en Saint-Cloud) y La del abanico, el hedonismo en La niña del perro, sin dejar de lado La calle de las pasiones, una soberbia escena flamenca en un pueblo castellano. En todas ellas el pintor establece una interacción con el espectador de su obra, al modo de Manet en esos paseos por parques y almuerzos con fuerte componente narrativo.

Hay en Zuloaga empatía en su forma de acercarse al universo de lo humilde y él lo hacía aproximándose a los pobladores de Castilla y la Rioja, también expresando sus modos de diversión como en Preparativos para la corrida, un óleo de 1902, procedente del Hermitage de San Petersburgo, o bien cuando representa a los aldeanos vascos almorzando o a los registros del mundo taurino, y cómo no su modo de reflejar la arrogancia del torero y el modo de acicalarse de dos muchachas jóvenes.

El universo de sus primas, Esperanza, Cándida y Teodora, fue para el pintor un núcleo temático de gran fuerza por su singularidad a la hora de representarlas porque con ellas expresó el mundo de la seducción, con un modo no exento de exotismo que puso el foco en los ojos y en los ropajes con que posaron para él, subrayando su interés por la moda: Cándida con mantón chinesco, Busto de Esperanza y Empolvada, constituyen buenos ejemplos de su forma de articular ese universo femenino pero cercano.

El paisaje es otro eje temático relevante, tanto en muchos de sus retratos para conferir un mayor simbolismo al modelo como cuando los realizó de modo independiente, ya sea por la modernidad de El castillo de Turégano, 1909; las calles de Nájera, Paisaje de Alquézar y la Casa del obispo de Tarazona, una composición de los años 30, con ese coche de caballos que desprende una profunda huella humana, pero donde la sobriedad caracterizaba a sus paisajes. Como muchos pintores franceses e ingleses de principios de siglo se apoyaba en la fotografía del natural y luego reintepretaba el motivo elegido.

El décimo ámbito está dedicado a la escuela española y es uno de los más vibrantes de la muestra, porque en él quizá estén contenidos casi todos sus registros estéticos, desde su autodidactismo siempre lúcido, que enlaza con la mejor escuela pictórica española, simbolizada por El Greco, Velázquez, Ribera y Goya, entre otros, en los que supo encontrar la sobriedad, elegancia, a veces lo grotesco en los personajes marginados, como se desprende en El enano Gregorio el botero, 1907; La enaña doña Mercedes, 1899; El anacoreta, 1904; o la honda religiosidad visible en Monje en éxtasis, 1907; y en El cardenal, 1912, propiedad del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

Tanto en los retratos masculinos como en los femeninos, Zuloaga desarrolló un talento en las composiciones al mostrar sus dotes de buen observador y fijar imágenes introspectivas de los personajes. En los masculinos solía situar a los modelos frente a un paisaje como el que hizo al hispanista Maurice Barrès o bien en espacios interiores, con fondo abstracto y siempre colores neutros como cuando se pintó a sí mismo o a Buffalo, cantor de Montmartre, lo que confería cierta teatralidad muy del gusto del momento. En los femeninos, con una tipología similar, supo poner el énfasis en la ropa y complementos que portaban las modelos, junto a una gestualidad más pronunciada de los que hacía a los hombres, para que parecieran más resueltas y definir un  determinado carácter como el de la poetisa Mathieu de Noailles o en los retratos con paisaje al fondo de Madeline Picard o Mrs. Fearing, Jr o en la actitud de ponerse unos guantes. Todos ellos de una gran elegancia compositiva.

Y de ahí llegamos a los retratos de madurez, en los que fijó la imagen de algunos de los grandes intelectuales y artistas de la España contemporánea de su momento, desde el novelista Ramón Pérez de Ayala, a Manuel de Falla, pasando por José de Azorín y José Ortega y Gasset, que posaban bien con fondo neutro o con un paisaje expresivo. Y en este conjunto conviene destacar Retrato de la familia del pintor, un cuadro de meditada y lenta elaboración, que evidencia la trascendencia de la inspiración velazqueña en una composición deudora de Las meninas, pero donde también se observa la mirada de Goya en el retrato de la familia de Carlos IV.

La exposición culmina con óleos de su última época, ya con la Guerra Civil en marcha, y donde podemos contemplar los retratos de sus amigos Julio Beobide y José María Huarte, historiador pero reconvertido en militar del Ejercito Nacional, junto a algunas naturalezas muertas, un género que dominaba y que estaba presente de un modo fragmentario en escenas y retratos anteriores pero ahora dotándolas de todo el protagonismo. Y como epílogo sentir esas ansias constantes por renovar el estilo, cuando se inclinó por dotar a sus paisajes y retratos de un nuevo tratamiento cromático, a base de violetas o azules armonizados en blanco y con una pincelada muy suelta. Todo ese planteamiento se corrobora en piezas como Aldeano vasco merendando, Viejo de Pancorbo y El Alcázar en llamas, 1932-1938. No dejen de visitar la exposición de Zuloaga, que define un canon pictórico muy relevante de la primera mitad del siglo pasado, que permanecerá abierta hasta el 20 de octubre. Julián H. Miranda

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