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Doce miradas lúcidas inspiradas en el Prado


La Fundación de Amigos del Museo del Prado continúa con una serie de exposiciones iniciada en 1991, El Museo del Prado visto por 12 artistas contemporáneos, continuada en 2007 con Doce artistas en el Museo del Prado. Desde hoy y hasta el 13 de enero de 2019 en la Galería baja norte del edificio Villanueva se exhibe la tercera entrega: Doce fotógrafos en el Museo del Prado. Comisariada por Francisco Calvo Serraller, y con el apoyo de Japan Tobacco International, la muestra reúne 24 instantáneas de 12 fotógrafos para seguir reflexionando sobre el diálogo entre los creadores contemporáneos con el arte del pasado, inspirándose en las colecciones , el edificio como contenedor y los aficionados al arte en general que visitan la pinacoteca, así como el espíritu que desprende el museo como eje de la cultura universal.

En el acto de presentación estuvieron el director del Museo del Prado, Miguel Falomir; el profesor Francisco Calvo Serraller y el vicepresidente de JT International Iberia, Miguel Luengo, junto a ocho de los 12 fotógrafos representados en la muestra, que se inscribe como uno de los actos que forman parte de la programación del bicentenario del Museo del Prado. En el recorrido se observan estilos y técnicas muy diferenciados, pero siempre innovadores por lo que sus propuestas plantean nuevas perspectivas para adentrarse bien en las obras maestras del Museo, bien en los espacios que las cobijan porque siguen ejerciendo dos siglos después de su apertura una extraordinaria capacidad de sugestión para renovar nuestra mirada.

Si seguimos el orden alfabético de este grupo de fotógrafos, encontramos la evocación de José Manuel Ballester (Madrid, 1960) en la sala de Las meninas, donde vacía la sala dejando solo la obra maestra de Velázquez sin personajes en el corazón del edificio Villanueva, y la confronta con una vista del Salón de Reinos, futura ampliación del Prado. Una mirada con intención a un espacio y un cuadro tan simbólico del Museo. Mientras María Bleda (Castellón, 1969) y José María Rosa (Albacete, 1970) crean una imagen palaciega del Museo al encuadrar, mediante sendas puertas, los retratos ecuestres del emperador Carlos V, de Tiziano, y del cardenal infante Fernando de Austria, de Rubens, continuando su guiño singular a la historia y su labor documental sostenida en el tiempo por los espacios donde acontecieron dichas victorias militares.

Por su parte Javier Campano realiza dos bodegones de pescado y caza a la manera antigua, con ecos de Sánchez Cotán y de Bartolomé Montalvo, como una reflexión íntima, no exenta de melancolía de quizás apela a sus recuerdos familiares de su infancia. Joan Fontcuberta fotografía dos fragmentos de la vista panorámica continua de la Galería Central del Museo del Prado que realizó Jean Laurent entre 1882 y 1883, y de ese modo reivindica los vestigios de esa imagen todavía material en el mundo digital para evidenciar el paso del tiempo y la recuperación de la memoria.

Alberto García-Alix (León, 1956) se apoya en la fotografía analógica y gracias a dobles exposiciones de partes de una misma pintura, construye nuevos mundos dentro del propio cuadro. La cuidada elección de encuadres y las superposiciones confiere esencialidad y un estilo personal que caracteriza a sus dos composiciones. Por su lado, Pierre Gonnord (Cholet, Francia, 1963) presenta dos retratos confrontados: el primero una corneja disecada del Museo de Ciencias Naturales; y el segundo el de un joven visitante del Prado que contempla ensimismado los cuadros del Museo, que apela a lo que nos queda tras una fotografía o una observación atenta.

Chema Madoz (Madrid, 1958) reflexiona poéticamente sobre el concepto de museo como contenedor de la obra de arte. Ya sea de los marcos que sirven como metáfora de pinturas y se convierten en parte del edificio, o bien en esa escuadra y cartabón donde plantea una meditación sobre lo que supone el Prado como canon.

Las superposiciones de retratos de miembros de una misma dinastía que realiza Cristina de Midell (Alicante, 1975) dan como resultado una especie de monstruo, una especie de imagen abstracta que resalta los rasgos característicos de esta familia real, en una alusión a la endogamia y también a la perpetuación del poder en las mismas manos a lo largo del tiempo.

Isabel Muñoz (Barcelona, 1951) se ha sumergido para captar debajo del agua a sendos bailarines que, en su movimiento detenido, en vez de hundirse parecen elevarse ingrávidos en el vacío. Sus posturas y la ondulación de las telas nos recuerdan a las ascensiones a los cielos de estos santos contemporáneos y las rupturas de gloria de la pintura barroca. Algo que contrasta con las dos imágenes de Aitor Ortiz (Bilbao, 1971) que revelan el espacio prefabricado como contenedor de la obra de arte y la reminiscencia de lo expuesto desde su ausencia, pero también una pregunta sobre la atemporalidad de lo efímero. La luz y las proporciones definen la calidad del espacio, y la arquitectura se presenta descontextualizada y sin servicio, carente de atributos y ornamentos.

Pilar Pequeño (Madrid, 1944), inspirándose en las composiciones de Van der Hamen, Meléndez y Zurbarán, ha sabido escoger con tacto los elementos que forman parte de sus bodegones y exhibir  una maestría a la hora de crear relaciones entre ellos, pero, sobre todo, con su modo de iluminarlos consigue que la luz transforme la escena.

Por último, Javier Vallhonrat (Madrid, 1953) sitúa la cámara a ras de suelo, donde inserta fragmentos de paisajes del Prado con huellas de Goya y Patinir. Los elementos vegetales generan una serie de interferencias y de planos en profundidad en los que se integran los elementos pictóricos, creando un nuevo espacio entretejido que forma un todo orgánico.

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