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DELACROIX, “LE PREMIER DES MODERNES”

La pintura expresiva y arrebatada del autor francés ocupa las salas temporales de la National Gallery, en una exposición que recorre parte de sus obras más conocidas y continúa con la huella que dejó en las generaciones posteriores.

“Todos pintamos con el lenguaje de Delacroix”. Así de convencido se mostraba Paul Cézanne, considerado históricamente como uno de los padres de la pintura moderna. Sin embargo, ese título se lo había adjudicado ya, años atrás, el poeta Baudelaire a su amigo y coetáneo Eugène Delacroix. A él precisamente, al “premier des modernes”, le dedica la National Gallery una retrospectiva que recorre su pintura expresiva y arrebatada, a través de 60 préstamos procedentes de una treintena de colecciones públicas y privadas.

En realidad, Delacroix and the Rise of Modern Art muestra solo una veintena de lienzos del pintor romántico, el resto pertenece a sus seguidores, admiradores o simplemente aquellos pintores que crearon bajo su estela y se dejaron seducir por su espíritu rebelde, su paleta rica en matices cromáticos y su pincelada impetuosa.

Hacía más de medio siglo que la capital inglesa no acogía una exposición tan señalada en torno al pintor francés. Un evento que se ha visto remarcado, además, por la presencia del príncipe Carlos de Inglaterra, que el pasado lunes recorrió las salas de la National Gallery como miembro del Patronato, del que vuelve a formar parte (tras abandonarlo en 1993).

Delacroix fue uno de los autores más destacados de la primera mitad del siglo XIX, también el más controvertido y uno de los más ambiciosos. “Aborrezco la pintura razonable”, afirmó en una ocasión. Se propuso revolucionar la pintura académica sin dejar de mirar a los clásicos, y puso los cimientos del arte posterior –Manet, Renoir, Cézanne o Van Gogh–, que acabaría por replantearse incluso la figuración.

El comisario de la muestra, Christopher Riopelle, recupera ahora gran parte de sus obras más representativas, como La muerte de Sardanápalo (1846), un suicida que parece asesinado a golpe de brochazo y manchas de color, o La caza del león (1881), donde la furia de su pincelada se contagia con la violencia de la escena. También se exhiben su célebre Autorretrato (hacia 1837) y Los convulsionados de Tánger (1838).

Pero Delacroix no está solo; le acompañan otros pintores que siguieron la senda revolucionaria marcada por él, como Teodoro Chassériau –cuya obra no podría entenderse sin la del maestro–, Vincent Van Gogh, que copió su Piedad –adoraba al francés porque “tenía un huracán en el corazón”–, o Cézanne, del que se expone Apoteosis de Delacroix. Cierra el recorrido Kandinsky, con una obra que muestra ya una incipiente abstracción en Estudio de Improvisación V (1910).

Delacroix and the Rise of Modern Art está organizada en colaboración con el Minneapolis Institute of Art y podrá visitarse en el museo londinense hasta el 22 de mayo. SGM  

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